JOSEP M. FÀBREGAS

Silencio. Este país ha estado y sigue estando en silencio ante la masacre de París. No es que se haya quedado mudo, es que no sabe que decir. Es el silencio de los corderos. O más exactamente, el silencio de los borregos. En Barcelona, la ciudad que bate todos los Guinnes en manifestaciones contra Bush y contra el Tribunal Constitucional, nadie ha organizado o convocado ni una sola concentración pública de rechazo. No ya una V o una cadenita, es que ni siquiera una de esas tantas caceroladas ‘espontáneas’ a las que somos tan aficionados. Apenas, como recuerda Arcadi Espada, una simbólica concentración de diez o doce musulmanes en el barrio del Raval. Y eso ha sido todo.

Aunque el caso de Barcelona es de una desvergüenza sin par, en el resto de España la reacción en la calle ha brillado también por su raquitismo e inanidad. Algunas fugaces concentraciones para cubrir el expediente o el compromiso institucional y poca cosa más. Realmente sorprendente, incluso para un país en dónde ya no nos sorprende nada.

Sorprendente que el PP, que perdió el gobierno por el atentado islamista del 11-M, haya sido incapaz de movilizar el rechazo y rehabilitar su política de compromiso internacional contra el terror. Sorprendente que, tras las duras críticas a la Ley Mordaza, la oposición socialista y de izquierda unida no haya salido a la calle en tromba en defensa de la libertad de expresión. Sorprendente que esos chavales que tantas manifestaciones, ocupaciones y escraches han montado y que pretenden llegar al gobierno en las próximas elecciones generales, no hayan movido un dedo ni dicho ni mú. Sólo dos tristes twits, uno de Errejón y otro de Echenique, el día de los atentados. Tal vez es que estaban muy ocupados preparando la revolución en el bar del Parlamento Europeo y no pudieron… ¡y eso que las víctimas de Charlie Hebdo eran sus primos hermanos políticos!

La muerte de Voltaire en París ha movilizado a Europa, que ha alzado la voz en defensa de la libertad y de la civilización democrática. Un grito que contrasta con nuestro silencio. Un silencio autista, como el silencio de los corderos. Con piel de lobo, pero corderos.

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