La moda acaba de perder a uno de sus más dignos representantes, Manolo Pertegaz, para quien ese elusivo concepto de la elegancia, lo mismo que para Petronio y Lord Brumell, nunca le supuso ningún problema porque lo tenía muy claro.

Un cuerpo pequeño que albergaba un talento y una sensibilidad inconmensurablemente grandes; su maestría con el diseño, su sentido del color y la proporción le permitían construir esas obras de arte que son cada una de sus creaciones. Un genio capaz de convertir unos metros de tela en el más sofisticado traje de noche, en chaquetas perfectamente aplomadas; un camisero en el más favorecedor de los vestidos y las blusas de lino, minimalistas y geométricas, en el acompañante idóneo para sus escuetos sastres de purísima línea. Su estilo sobrio, sin estridencias, guiños folclóricos o vulgares barroquismos, haciendo suya la máxima del arquitecto vienes Adolfo Loos “Menos es más”, acuñada en su famoso artículo “Ornamento y delito”, es el exponente de una personalidad para la que la compostura en todos los aspectos de la vida era su lema.

Sabía intuitivamente lo que convenía a cada tipo de mujer. A sus maniquís las vestía de acuerdo con su manera de ser, potenciando con sus trajes sus rasgos más destacables. Los accesorios que escogía para sus modelos eran elegidos con un criterio tan selectivo para que acentuasen, sin desvirtuar, la prenda que acompañaban, que parecían nacidos de ella.

La euritmia era su objetivo. Cuando enseñaba a andar a sus maniquís, se encargaba él mismo de la tarea; lo sé porque me tocó muchas veces oírle decir que como yo no era un pato, tenía que aprender a dejar aflorar el cisne que llevaba dentro. Insistía una y otra vez en que era imprescindible moverse armoniosamente en la pasarela y que de la misma manera había que andar por la vida. Hizo de la belleza su religión.

Era un hombre con mucho sentido del humor, caustico, irónico, capaz de decir la mayor impertinencia con suma elegancia. Imperturbable, sólo perdía los nervios cuando una manga no estaba bien colocada o un frunce era pesado… espeso…. En más de una ocasión el sastre, Ramón en mi época, salía del probador avergonzado y furibundo porque el señor Pertegaz había arrancado la manga de un abrigo que estaba dos milímetros descuadrada; o sus modistas Elisa y ¿Paquita? llorosas porque un bies colgaba en un ángulo incorrecto… Tampoco le gustaba que le pidiésemos aumento de sueldo. A mí me llamaba comunista porque me atrevía a solicitarlo. Y el disgusto le obliga a tomar un terrón de azúcar con agua del Carmen.

Yo llegue a trabajar para él por casualidad. Acaba de terminar Periodismo y hacía prácticas en un periódico. Un día, yendo hacia mi casa, subiendo por Rambla de Cataluña a la altura de la calle Córcega, se me acercó una pareja (él era el administrador de la firma y ella una de las dependientas) que me preguntaron si me gustaría ser maniquí. Yo no tenía la menor idea de lo que ello implicaba, pero la curiosidad ha sido siempre mi talón de Aquiles. Me invitaron a acompañarles a la casa de modas que estaba a la vuelta de la esquina, en la Diagonal.

Lo recordaré mientras viva; yo llevaba un vestido de muselina blanco estampado de ramos de violetas, con mucho vuelo, un can-can almidonado debajo, un cinturón verde de ante en la cintura que me encantaba y una cola de caballo larguísima con flequillo. Cuando llegué a su presencia me miro de arriba abajo con cara de horror y dijo “Quítenmela de la vista, que se ponga una bata (el uniforme de las maniquís era una especie de quimono sin mangas de algodón blanco) que se recoja el cabello en un moño… fuera ese flequillo y después que venga a verme). A mí me molestó bastante su comportamiento, pero ya que estaba allí… En honor de las que serían mis compañeras, tengo que decir que me trataron muy bien y me tranquilizaron mucho; me ayudaron a peinarme, me prestaron un poco de fijador y me dieron ánimos. Cuando volví a entrar en el despacho del, para mí entonces, señor Pertegaz, (con los años y después de dejar el trabajo me gané poder llamarle Manolo, aunque siempre recaía en el tratamiento porque ha sido una persona por la que he sentido mucho respeto, unido a una gran admiración y afecto) me escudriño desde todos los puntos de vista posibles, dando vueltas a mi alrededor y me dijo que si quería podía empezar a trabajar el lunes siguiente; que los detalles del sueldo los hablase con su administrador quien me pondría al corriente de mis obligaciones. 2000 pesetas al mes, cuando yo recibía 600, me parecieron acicate suficiente para decir que sí, salió victoriosa la fenicia que llevo dentro; una decisión de la que nunca me he arrepentido, aunque no les gustó demasiado a mis padres y nada a mi novio.

Aprendí muchísimo con Pertegaz. Fue no sólo mi jefe, sino mi mentor, el hombre que me enseñó la diferencia entre el buen gusto y el oropel, que las mujeres no somos árboles de navidad para llenarnos el cuerpo de adornos; la importancia de la cortesía y las buenas maneras frente a la zafiedad; la virtud de la discreción y a no tomarme demasiado en serio; a realizar cualquier trabajo con la mejor disposición y a ser perfeccionista; la importancia de los detalles por nimios que parezcan es donde reside la diferencia entre lo correcto y lo adocenado. A ser moderada en público, la pasión es algo íntimo y absolutamente privado. Todas estas perlas las desgranaba mientras construía sobre nuestros cuerpos los trajes que harían las delicias de sus clientas más exigentes. Era partidario de la comida sana, de los frutos secos y las verduras crudas antes de todos los inventos adelgazantes y cuando las horas de prueba rebasaban las del horario laboral, nos invitaba a comer o cenar con él: zanahorias y apio crudo y un puñado de nueces con yogurt. Tengo que confesar que en épocas de colección, cuando sospechábamos que no saldríamos a la hora, a sus espaldas comíamos bocadillos de jamón y chorizo encerradas dentro de los armarios de nuestra sala de maniquís; una amplia habitación con sillas muy cómodas y enormes espejos donde ensayábamos distintas maneras de maquillarnos, siempre que no fuesen aparatosas y contribuyeran a resaltar ojos y boca.

Fue una de las etapas más felices de mi vida.

Muchos años después, cuando le concedieron la Medalla de Oro de la Ciudad de Barcelona mi hija, Carmen Amorós, cubrió la noticia para el diario “EL Observador” y el director, al enterarse de que yo había trabajado para Pertegaz y que era periodista, le preguntó si les enviaría un artículo hablando de mis experiencias cuando fui una de sus maniquís. Y lo escribí y lo publicaron y a Manolo le gustó tanto que se puso en contacto conmigo; su frase preferida fue que “gracias a él entrabamos patos y salíamos convertidas en cisnes”. Desde entonces, esporádicamente, ha habido alguna visita, hemos intercambiado felicitaciones de Navidad, alguna llamada y sus ayudantes siempre me han tenido al corriente de los eventos en los que figuraba, invitándome a todos ellos… A raíz de la publicación y presentación del libro de Isabel de Vilallonga, quien en su prólogo utilizo un párrafo de mi artículo, me desplacé desde Madrid expresamente a Barcelona para asistir al acto, me lo agradeció e incluso se emocionó un poco; me citó para hablar con más calma al día siguiente. Acudía la cita con mi hija y fue un reencuentro entrañable .

Recuerdo que cuando vino a Madrid, para la exposición que hizo el Reina Sofía de algunos de sus trajes, se empeñó en tenerme a su lado y les preguntaba a clientas fieles de toda la vida, que habían viajado a la capital para acompañarle en el evento, si se acordaban de mí. Tuve que decirle “Manolo, por favor, que todas están operadas para quitarse años de encima, y como yo no, no te van a reconocer que saben quién soy… las envejecería”. Se río mucho del comentario. Estaba confeccionando el traje de boda de la entonces doña Leticia a secas y hoy reina de España; le pregunté que qué tal era y, discreto como siempre, me contestó muy serio que “tenía un tipo estupendo y era muy demócrata”.

A menudo he seguido preguntando por él, si continuaba trabajando, si estaba bien de salud… La última vez, hará cosa de cuatro meses, me dijeron que yo no iba por el taller, que se estaba prejubilando…
Bien, estoy segura de que cuando llegue al cielo hará peña con su admirado Balenciaga y juntos se dedicarán a convencer a quien haga falta de que hay que cambiar la imagen de los ángeles, que en los tiempos que corren no pueden presentar un aspecto tan anticuado; no hay que olvidar que Manolo Pertegaz jamás se estancó en su visión de lo que la moda debería ser según las necesidades del momento y sin apearse del gusto exquisito que siempre le caracterizó dio un paso adelante; con la llegada del prêt à porter preparó su primera colección boutique que fue todo un éxito; no le arredró ni la crisis del petróleo para seguir trabajando.

Señor Pertegaz, querido y admirado Manolo, muchas gracias por haberme concedido el honor de trabajar para ti. La dedicatoria que me escribiste me llena de orgullo. Y me alegra saber que lo que pensaba sobre ti y lo mucho que influiste en mi vida te lo comenté en vida personalmente y por medio de aquel artículo que volvió a ponernos en contacto. A estos elogios, todos absolutamente merecidos, no podrás hacerles ningún comentario directo, pero estés donde estés, cuando los leas, espero recuerdes con cariño a quien siempre te ha considerado no sólo un modisto excepcional, sino una persona fascinante.

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