Antes de la elección de Sergio Mattarella muchos protagonistas de la política italiana comentaron que el nuevo Presidente de la República debía ser una personalidad internacionalmente reconocida. Tras las presidencias de Carlo Azeglio Ciampi y de Giorgio Napolitano, se había consolidado la convicción de que el nombramiento del Presidente de la República italiana era un asunto no solo italiano, sino europeo.
    Sergio Mattarella, nacido en Palermo el 23 de julio de 1941, juez del Tribunal Constitucional y político democristiano, respondía perfectamente a esa necesidad. Viudo desde 2012 y con tres hijos, el político siciliano fue ministro de Defensa en 1999, cuando apoyó la misión de la OTAN en Kosovo y comentó: “Es necesario parar la masacre de una absurda limpieza étnica y la comunidad internacional no puede quedarse inerme frente a manifiestas y gravísimas violaciones de los derechos humanos”.
    Quien lo conoce asegura que es un europeísta convencido, un digno sucesor de Pertini, Scalfaro, Ciampi y Napolitano, presidentes que actuaron en momentos delicados de la política italiana y europea. Tras ser nombrado Presidente, su primer acto fue visitar las Fosas Ardeatinas en Roma, donde 335 italianos fueron asesinados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y éstas fueron sus primeras palabras: “Europa y el mundo deben hacer un frente común contra quien nos quiere arrastrar a una nueva era de terror”.
    Hijo de Bernardo, dirigente democristiano y padre de la Constitución italiana, Sergio Mattarella, o “sergiuzzo” para los amigos, entró en política en 1983 después de que la mafia matara a su hermano Piersanti cuando era presidente de Sicilia y luchaba contra la Cosa Nostra. En los círculos de la política italiana es conocido como el “ultimo dei morotei”, los que formaban la corriente de izquierda de la Democracia Cristiana liderada por Aldo Moro (de aquí, los moroteos), el político asesinado por las Brigadas Rojas en 1978 porque quería incluir a los comunistas italianos en el gobierno.
    Sobrio y reservado, Mattarella es sobre todo una persona firme. Fue uno de los cuatro que redactaron el documento fundacional del Partido Democrático, amigo de Romano Prodi y apreciado por el excomunista Massimo D’Alema, quien lo nombró vicepresidente del gobierno en 1998. A finales de los ochenta, cuando fue ministro de Educación, dimitió por una discordia con el gobierno de Giulio Andreotti sobre la aprobación de la llamada “ley Mammì” que legitimaba el monopolio televisivo de las empresas de Silvio Berlusconi.
    Dimitir en Italia no es cosa habitual y la decisión de Mattarella fue considerado por la izquierda como un acto de nobleza política. En realidad, más que un acto político contra Berlusconi, Mattarella dejó el cargo porque consideraba “inadmisible” que el gobierno italiano transgrediera una normativa europea, (“Considero que un voto de confianza [del Parlamento, sobre la ley Mammì] para violar una directiva comunitaria es, por una cuestión de principios, inadmisible”, dijo). Una decisión que a día de hoy, con el caso griego en el trasfondo, asume aun más relevancia.
    Católico y conservador, Mattarella fue el promotor de la ley electoral en sentido mayoritario que entró en vigor en 1994 y que pronto Berlusconi cambiaría en sentido puramente proporcional, para consolidar la inestabilidad y con ella su consenso. De su nombramiento, escribió el fundador del periódico La Repubblica Eugenio Scalfari, sale ganando Matteo Renzi, que por primera vez se perfila seriamente para liderar una cultura política social-liberal necesaria tanto en Italia como en Europa. Mattarella es en este sentido una suerte de icono de un pasado glorioso de la política italiana, del compromiso histórico entre el conservadurismo católico pero moderado y progresista y la izquierda democrática y europeísta.
    La Europa del día de mañana, insiste Scalfari, dependerá del entendimiento de estas dos culturas políticas para que se pueda avanzar en la integración política y fiscal, “indispensable meta en una sociedad global donde las partes que se confrontan ya no son los Estados-nación, sino continentes”. A día de hoy dos son los obstáculos para este nuevo compromiso histórico europeo: el primero es “el resurgir del nacionalismo” y el segundo la tentación de los gobernantes de recuperar soberanía en lugar de cederla a las instituciones comunitarias.
    Mattarella, “l’ultimo dei morotei”, el hombre firme y derecho, es para Italia una garantía contra las amenazas antidemocráticas. Tenemos esperanza de que pueda trasladar su pasión, rigor y sobriedad a Europa, donde queda patente que se necesitan hombres ejemplares que recuerden que la unión se funda sobre el respeto a las reglas y las normas. El nombramiento del Presidente de la República italiana es, en efecto, un asunto europeo.

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