Porque en última instancia, el don de la empatía confundía la frontera que separa el cazador de su presa, al vencedor del vencido. Y en la fusión de Mercer, todos ascendían juntos.– ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968)

El último libro de Michael Shermer, The moral arc, pertenece a una saga reciente de apologías ilustradas escritas por ateos anglosajones blancos. El optimista racional, de Matt Ridley, Los mejores ángeles de nuestra naturaleza, de Steven Pinker o The moral landscape, de Sam Harris son los que más ruido han hecho hasta el momento.

A grandes rasgos, estos autores defienden que el mundo se está pacificando y democratizando a nivel global, que los “valores ilustrados” están detrás de este imparable progreso moral, e incluso que la “ciencia en el sentido más amplio” puede determinar los “valores morales”.

Dos supuestos generales parecen sustentar estos planteamientos: la unidad ideológica de la Ilustración y una visión fuertemente moralizante de la ciencia.

El mito de la unidad de la Ilustración

No deberíamos dejarnos llevar por los intentos de responder positivamente a la pregunta que es la ilustración (la respuesta más famosa es la de Kant, de 1784). Cuando examinamos de cerca las opiniones sostenidas realmente por los “ilustrados” nos encontramos con desacuerdos fundamentales en todos los asuntos imaginables.

Una excelente guía para orientarse en las diferencias históricas entre ilustrados son los tres volúmenes de Jonathan Israel, en donde se diferencia una vertiente “radical”, liderada por Baruch Spinoza, y una vertiente dominante “moderada” de la Ilustración europea, en la que militarían Locke, Voltaire o Hume.

Ya he explicado otras veces que estas dos grandes ramas de la Ilustración estaban fundamentalmente en desacuerdo en torno a la tolerancia. Los más influyentes Locke o Voltaire defendían una tolerancia limitada (en la que no estaban incluidos los ateos) y no apoyaban la libertad filosófica de investigación, a diferencia de los “spinozistas”.

La mayoría de los ilustrados no eran “demócratas”. Para poner sólo un ejemplo, el radical Holbach, que murió antes de la revolución francesa, defendía la “etocracia” dentro de una monarquía moderada. A la mayoría de los “ilustrados” les horrorizaba la idea del gobierno popular, y la misma teoría de la soberanía popular o del “poder constituyente” revolucionario fue resistida fuertemente por los liberales e ilustrados moderados, empezando por España.

También estaban divididos en la cuestión de las razas humanas. Los había monogenistas, en una tradición que conduce a Darwin, y poligenistas como Voltaire. Algunos creían en las diferencias raciales humanas, como Kant, frente a universalistas más radicales como Herder.

No existe una doctrina “ilustrada”, unánime, sobre el gobierno, la tolerancia, la pena de muerte, la libertad filosófica o las razas humanas.

El mito de la moralidad científica

Según este audaz “proyecto Ilustrado” es posible, quizás inevitable, la universalización de la filosofía y la “racionalidad epistémica”, el “más alto nivel de desarrollo cognitivo, capaz de dejar atrás el egocentrismo y su pensamiento animista-mágico asociado”.Basándose en la unidad fundamental de la especie humana, algunos europeos cultivados han imaginado un mundo guiado por sus principios morales, jurídicos y políticos. Parafraseando a Kant, han imaginado un mundo donde la doctrina europea sea el “principio de legislación universal”. El ideal de la Iglesia Universal y la doctrina de los “derechos humanos” son quizás sus dos principales encarnaciones históricas.

El problema es que esta “racionalidad epistémica”, en la que se supone que se sustentan las doctrinas políticas de la democracia o de la economía liberal, varía substancialmente entre poblaciones humanas, como (oh, sorpresa) reconocía el mismo Piaget: “es bastante posible que (…) en numerosas culturas el pensamiento adulto no vaya más allá del nivel de las operaciones concretas [estadio 3], y no alcance el nivel de las operaciones proposicionales [estadio 4].” Esta idea posee ya sustento empírico (Rindermann et al., 2014), así como la más conocida variación poblacional de la inteligencia general (Ruhston y Jensen, 2005), cuya correlación con la racionalidad epistémica es alrededor de r=.6.

Por otra parte, el optimismo racional de Sam Harris acerca de que la ciencia llegue a “determinar” los valores morales que yo tenga noticia sólo tiene un respaldo empírico directo anecdótico (Ma-Kellams y Blascovich, 2013).

Quizás conscientes de las limitaciones inherentes de la racionalidad humana, varios autores entre los que destaca Steven Pinker están subrayando en especial el poder de la empatía. Son más bien “los ángeles que llevamos dentro” los que nos fuerzan a “expandir el círculo” o lo que Shermer parece llamar “arco moral”: “…con la expansión de la alfabetización y de los viajes, las personas empezaron a simpatizar con círculos cada vez más amplios, el clan, la tribu, la nación, la raza y quizás eventualmente toda la humanidad”.

Esto tiene antecedentes literarios. El autor de ciencia-ficción Philip K. Dick “profetizó” un futuro en el que triunfa una religión mundial basada en la empatía con los animales, y donde se desdibujan las fronteras entre la humanidad y las máquinas. Se le podría llamar “utopía mercerista”.

Con la empatía ocurre lo mismo que con la racionalidad. Nadie ha producido la “caja empática” de Dick. No sólo empezamos a conocer los mecanismos por los que los “prejuicios raciales” y el así llamado mal del etnocentrismo reducen la empatía hacia otros grupos (Xu, Xiaojing, et al., 2009; Avenanti, A., 2010), sino que no hay razones de peso para suponer que la empatía no sea en sí misma un rasgo conductual como los demás, es decir, variable entre individuos, sexos y poblaciones, altamente heredable y relativamente poco influenciable por el ambiente compartido (desde la escuela a los ensayos humanistas).

Pesimismo racional

Parte del análisis de este conjunto de autores liberales es básicamente correcto: el mundo experimenta comparativamente una “larga paz”, la violencia homicida o las agresiones sexuales han disminuído, el poder vigilante del estado funciona, nuestros cerebros se han “feminizado”, los machos (especialmente los occidentales) se han domesticado y las interacciones económicas globales han aumentado considerablemente en los dos últimos siglos.

Pero la idea de que el “progreso” es ilimitado y universalmente inexorable sigue siendo más bien mítica.

En primer lugar, lo que los europeos –especialmente del núcleo noroccidental–, llaman “progreso” no necesariamente es visto como tal por otros. Como ha explicado Jonathan Haidt, las culturas no occidentales a menudo valoran más la lealtad hacia el propio grupo, y poseen una “economía sagrada” -para decirlo con Marcel Mauss- inasequible para los ideales de compraventa. Para la gente que no es “WEIRD”, “expandir el círculo” de hecho va contra su moral, por lo que es más que racional la expectativa de duras resistencias. Un fallo sistemático -basado en el optimismo racional- a la hora de reconocer el arraigo de las diferencias humanas seguramente está detrás de fracasos geopolíticos recientes y sonados.

Finalmente, pero no por ello menos importante, como todo proceso evolutivo, el progreso moral occidental causa subproductos y consencuencias inesperadas: la destrucción de la familia biológica y el declive demográfico de los pueblos de origen europeo es quizás el más grave, pero hay otros costos a pagar: aumento epidémico de lasenfermedades depresivas, incremento en las “brechas de género” en personalidad, disminución paradójica de la movilidad social, la amenaza de nuevos patógenos (sí, los demonios existen), el infraestudiado problema del altruísmo patológico y un largo etcétera de limitaciones que sustentan el pesimismo racional.

 

Eduardo Zugasti

 

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