Las voces que proclaman que Francia ya no es un lugar seguro para los judíos y que por lo tanto éstos deberían emigrar, cometen un peligroso error: si Francia no es segura para los judíos, entonces el futuro mismo de Europa —y del mundo entero— está en peligro.

La historia ha demostrado que los judíos son el proverbial “canario en la mina de carbón” del mundo: tal como los canarios mueren en las minas de carbón antes de que los humanos perciban la existencia de gases tóxicos indetectables —como metano y monóxido de carbono—, y su muerte sirve de advertencia sobre un inminente desastre, de la misma forma el estado en que se encuentran los judíos en sus sociedades respectivas sirve de prueba respecto a la seguridad que existe en aquel lugar. Si los judíos de alguna sociedad particular están, al igual que los canarios, cantando y prosperando, entonces todo está bien. Pero si no, entonces implica una alerta temprana sobre el peligro que se avecina. A veces las amenazas no son notorias. Los mineros confían en sus canarios y el mundo debería confiar en la posición de los judíos para evaluar el nivel de amenaza que existe en cualquier sociedad civilizada.

En 1933 aún no era claro el peligro que significaba Adolf Hitler para la humanidad, pero cuando los judíos comenzaron a sentirse inseguros en la Alemania de Hitler, entonces eso representó una señal sobre las toxinas de odio que se estaban filtrando al mundo, toxinas que lamentablemente pasaron desapercibidas hasta que ya era demasiado tarde, y que eventualmente sumieron a la humanidad en una guerra que acabó con la vida de 60 millones de personas.

El apuro en el que se encuentran los judíos de Francia le indica al mundo la existencia del mal.

Las toxinas del islam radical no eran evidentes allí en un inicio. Pero luego los canarios dejaron de cantar y comenzaron a morir. Hace pocos años se perpetró el asesinato de Rav Sandler y de los pequeños en el colegio de Toulouse, el cual vino seguido de otros muchos ataques en contra de la judería francesa, todos los cuales eran señales tempranas de la amenaza letal del islam radical. Una sociedad en la cual los judíos no están seguros tampoco será segura para los periodistas, ni para la libertad, ni para cualquier valor de la decencia humana. Por lo tanto, las dos atrocidades acontecidas recientemente —el salvaje asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo y de los judíos en el supermercado casher— están profundamente conectadas.

El escalofriante e irónico símbolo de conexión es la Gran Sinagoga de París. En el Shabat posterior a los ataques, la sinagoga estuvo cerrada y no ofreció servicios por primera vez desde la ocupación Nazi de Francia. Una sociedad en la cual las sinagogas no pueden abrir libremente y en la cual los judíos no están a salvo, es una sociedad que en sí misma está en peligro. Si Europa se vuelve judenrein nuevamente, entonces el mundo civilizado habrá sucumbido ante las peores fuerzas de barbaridad y salvajismo.

La judería mundial debe pararse hombro a hombro con la comunidad judía de Francia, pero así también debería hacerlo toda nación civilizada de la Tierra, pues el futuro del mundo entero depende de ello.

El verdadero mensaje es que Francia debe volverse un lugar seguro para sus judíos si es que el mundo pretende derrotar a las fuerzas radicales del islam que buscan su destrucción.

Cualquier país en el que un judío no puede vivir seguro y en paz es una señal premonitoria de que las fuerzas de la libertad, tolerancia, dignidad humana y santidad de la vida se encuentran bajo amenaza, y de que existen fuerzas tóxicas, lo cual socava la supervivencia misma de la sociedad.

Las señales globales no son buenas. El hecho de que prácticamente toda institución judía —sinagogas, escuelas, centros comunitarios— a lo largo del orbe tenga que contar con elevadas medidas de seguridad en contra del terrorismo islámico es una señal de los peligros que enfrenta el mundo civilizado por parte de estas ominosas fuerzas. El hecho de que no pueda haber judíos en lugares como Pakistán, Arabia Saudita y otros tantos países musulmanes es una desgracia moral que presagia un peligro para el futuro mismo de la humanidad.

Las señales de alerta han sido evidentes por muchos años. Y la misma relación que guardan los judíos con las sociedades en las que viven es paralela a la relación entre el Estado de Israel y la comunidad de las naciones. Israel es el “canario en la mina de carbón” de la comunidad internacional. Los terroristas suicidas atacaron primero a los ciudadanos israelíes y al estado de Israel, y luego vinieron los ataques del 11/9 en Nueva York, del 7/7 en Londres, de Bali, y en otros muchos lugares. El violento extremismo de Hamás y de Hezbolá fue dirigido originalmente en contra del estado judío, pero ahora hay fuerzas similares amenazando y poniendo en peligro la existencia misma de Irak, Siria, Nigeria y otros.

Y mientras los grandes poderes del mundo negocian con la República Islámica de Irán, deberían darse cuenta de que a pesar de que actualmente sus ambiciones nucleares se encuentran dirigidas en contra de Tel Aviv y Jerusalem, la historia ha enseñado que mañana sus objetivos serán París, Londres, Nueva York y El Cairo.

Los gases venenosos abundan en el mundo. En la semana que antecedió a los ataques de París, 2.000 personas fueron aparentemente asesinadas por Boko Haram. Y luego, en la semana de los ataques, hubo niñas de 10 años que fueron enviadas como atacantes suicidas a los mercados de Potiskum, Nigeria. Y esto ocurrió unas pocas semanas después de que unos bárbaros asesinaran a más de 200 niños en Peshawar, Pakistán. Estos ataques muestran el serio peligro de un brutal y salvaje movimiento que amenaza a todos los habitantes del mundo civilizado.

Ahora es el momento de actuar.

El futuro del mundo civilizado está en juego. Una alianza global de países y personas de todas las creencias —judíos, musulmanes y cristianos, todos juntos— debe formarse en conjunto para defender a la civilización humana de la barbarie yihadista. La prueba de la victoria será la situación en la que viven los judíos. Cuando la gente alrededor del mundo declare “Je suis Juiff” (Yo soy judío), estarán relacionándose con una profunda verdad de la cual depende la supervivencia de la humanidad. Cuando los judíos —al igual que los canarios de las minas de carbón— canten y progresen, y puedan caminar nuevamente con tranquilidad por las calles de París, y de toda Europa, abierta y orgullosamente; cuando las sinagogas y las escuelas judías no necesiten guardias armados para estar seguras; cuando el estado de Israel no se vea enfrentado constantemente a enemigos mortales que buscan su destrucción, entonces sabremos que el mundo civilizado es un lugar seguro.

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