En un mundo perfecto, que evidentemente no es el que nos ha tocado en suerte por mucho que se empeñe el Sr. Leibnitz en asegurarnos que es el mejor de los mundos posibles, no se plantearía esta situación puesto que si zoológica, o biológicamente que es como menos basto y más refinado, el macho y la hembra, o el varón y la fémina, están programados para complementarse para la reproducción con el señuelo del placer que el acto proporciona, y aunque ese placer no sea exclusivo de las relaciones heterosexuales, no hay que olvidar que su misión es la de convertir el coito, que en sí mismo no tiene nada de atractivo, en un episodio deseable. Si fuésemos criaturas más parecidas al ideal al que petulantemente creemos asemejarnos, la inteligencia nos aconsejaría extender este complementarse a todos los ámbitos de la existencia, a unirnos en la lucha común contra las adversidades y peligros que nos acechan desde el exterior en vez de pelear el uno contra el otro y la escucharíamos.

¿De dónde procede la animadversión entre los sexos, en que momento de la historia o de la prehistoria de la humanidad se manifiesta el conflicto para que ya aparezca reflejado en los mitos ancestrales? ¿Es el by-product de la otredad?

De las etapas previas a que los humanos pudieran dejar constancia pictórica o escrita de los sucesos de sus vidas, ni la arqueología ni la antropología, médica o forense, pueden aportar pruebas de que los restos óseos encontrados acá y allá, pertenecientes a nuestros antepasados que poblaron la tierra hace millones de años y que presentan fracturas debidas a hechos violentos fueran estos consecuencia de combates en general o de violencia de género en particular.

Si tomamos el mito paradisiaco como un punto de referencia del que sacar la consecuencia del enfrentamiento entre los sexos, podríamos deducir que allí se instaló el germen del rencor en el corazón del hombre, quien al caer en la tentación, con las consecuencias que todos conocemos: la expulsión del Edén, la obligatoriedad de ganarse el pan con el esfuerzo del trabajo y el parir con dolor, aunque esto poco le importaría a Adán porque no le afectaba directamente y encontrarse desposeído del placer del “dolce far niente”, empezó a cogerle manía a su santa por considerarla responsable de su desdicha, obviando el hecho de que de no haber cedido a la tentación seguiría tan encantado de la vida en el paraíso perdido retozando en los prados floridos, jugueteando con las bestezuelas y sin ningún problema que turbara la ingenuidad de su mente.

Se describe a la mujer como la mala de la película, la que por frivolidad tienta al buenazo del varón que se lo pasaba de muerte viviendo en la pura inopia. ¿Por qué no al revés, por qué no pudo ser el hombre el tentador, no es a quien se le supone dotado de la curiosidad que ha hecho avanzar las ciencias?… ¿Y a la mujer, sabedora de que su pareja la culpabilizaba de todas sus desgracias, no le parecería injusto su comportamiento cuando su debilidad ante la incitación le hizo sucumbir? y ¿no le echaría en cara esa debilidad como la causa real de sus desgracias? Y así, atrincherados en sus respectivas posiciones, a través de sus genes eternizarían el resquemor de uno contra otro por siempre jamás.

De la falta de entereza de los hombres o dioses para resistir las tentaciones tenemos otro ejemplo en Orfeo. Impaciente ante la lentitud de su amada Eurídice para abandonar el Hades, desoyendo la condición impuesta para devolverla a la vida, echó la vista atrás y la perdió para siempre. De no haber ido ella tan despacio la historieta hubiera tomado otros derroteros y si él hubiera sido capaz de atenerse al trato, también.

En este mito órfico se nos ofrece, además, otra  buena muestra de la maldad femenina con el proceder de las ménades. Ofendidas por la indiferencia de Orfeo a su regreso de los infiernos, sin respetar el dolor que el joven sentía por la pérdida de su amada y por su clara inclinación a la homosexualidad, se lo cargaron a golpes y dentelladas y descuartizaron su cuerpo.

Por otra parte, y asimismo anterior al relato bíblico, ocho siglos antes de Jesucristo, en los misterios babilónicos, Marduk, el superhéroe viril, adornado de todas las virtudes habidas y por haber y alguna de propina, tuvo que enfrentarse a la maléfica fuerza femenina de Tiamat, diosa monstruo compendio de todas las iniquidades. Y por supuesto la venció y desde entonces toda su parentela de cincuenta dioses pudo seguir gozando de paz y tranquilidad bebiendo cerveza y haciendo música sin la nefasta amenaza de la malvadísima deidad.

Y luego está el innegable ninguneo  del que ha sido objeto la mujer desde que el mundo es mundo.

La Santísima Trinidad. Veamos: Padre, Hijo, Espíritu Santo. Para que haya padre, tiene que haber hijo, no hay paternidad si no hay progenie. Tenemos pues un padre y un hijo, pero ¿no nos falta un elemento imprescindible: la madre? Está claro; no era necesaria ¿para qué? El Creador crea al hijo y punto; o éste nace por generación espontánea, pero ¿una mujer compañera del Creador? Impensable… Más adelante, cuando para seguir con la historia es necesario que el Hijo divino se haga hombre mortal, entonces sí que nos sacamos de la manga la figura de María. El hijo humano necesita una madre, el hijo divino no. Pelín clasista y machista ¿no?

Y también es posible que en el momento en que el varón se percató de que el milagro de la maternidad no era autónomo, que la mujer no podía gestar sin su colaboración, por mínima que ésta fuese; después de tanto tiempo de considerarla superior a él, decidiera relegarla a un segundo término acabando con el matriarcado de facto o implícito.

Fuese como fuere, lo cierto es que la mujer no tenía ni voz ni voto, ni fortuna propia, ni acceso a la educación, ni capacidad para decidir su destino; dependía del capricho del padre, de los hermanos o del marido. Hubo excepciones, poquísimas. Si poseían algún don, para trascender al ámbito familiar hacían falta situaciones extraordinarias o personajes con tal fuerza que era imposible enmascarar su valía. Safo, María de Francia, Leonor de Aquitania, Roswitha, Elisenda de Montcada, por citar algunas.

En la Edad Media cuando los hombres se iban a sus juergas guerreras, a las justas a pegarse mandoblazos, o a las Cruzadas a países exóticos para hacer acopio de indulgencias de todo tipo y donde, afortunadamente, recuperaron la costumbre de bañarse, las mujeres se quedaban al cuidado del hogar, la hacienda o el palacio y no lo hicieron del todo mal, pero cuando regresaba el héroe, vencedor o vencido importaba poco, la mujer era devuelta al gineceo.

Cuando una mujer era capaz de utilizar las propiedades de las hierbas para remedios, cocimientos y lo que se terciase, se la consideraba bruja peligrosa, pero si era un hombre, un sabio.

Desde la más remota antigüedad, Mesopotamia y Egipto fabricaban cerveza y las encargadas de tal menester eran las mujeres que mantuvieron la tradición a lo largo de los siglos hasta que los monjes, metidos a licoreros, monopolizaron su fabricación en la Edad Media.

Detalle curioso sobre Egipto es que quienes se ocupaban de los negocios eran las mujeres, mientras sus consortes se quedaban tejiendo en el hogar, pero ellas no podían ser sacerdotisas, ni tomar parte en los embalsamamientos, esto era prerrogativa en exclusiva de los varones; eran asuntos demasiado importantes para dejarlos en manos femeninas.

Siglos y siglos de tener que alcanzar las cosas por la vía del disimulo, la coba y la lisonja, sin poder acceder a ellas directamente por méritos propios, imagino que fueron dejando un poso no muy sano.

Las mujeres han sido el reposo del guerrero, fuentes de placer para saciar la concupiscencia masculina, esclavas sexuales, floreros, entretenidas de lujo o sufridas amas de casa sin derecho alguno. De sol  a sol, sin vacaciones, ayudaban en el campo, arreglaban la vivienda, criaban hijos, se ocupaban de darle gusto al marido y aún les quedaba tiempo para ir a la iglesia a que les comieran el coco explicándoles que la mujer había venido a este valle a sacrificarse por los demás.

Y así un año y otro año hasta que en el siglo XIX, para abreviar me salto unos cuantos siglos, un grupo de ciudadanas inglesas con un par de, encabezadas por Panhurst, se lanzaron a la consecución del voto; no para arrebatarles nada a los hombres, sino para que las considerases sus iguales y no ciudadanas y personas de segunda o tercera clase. Se las conoce como sufragistas; el desarrollo de los acontecimientos es suficientemente conocido para no repetir lo que significó para estas mujeres conseguir que se las escuchase. No luchaban contra el hombre, exigían unos derechos que sistemáticamente les habían sido negados, la educación, el voto y ser, finalmente, dueñas de sus vidas. El maltrato, vejaciones y torturas a las que se vieron sometidas es una de las páginas más vergonzosas de la historia.

Con las dos guerras mundiales, la mujer se echa a la calle; es enfermera, aprende secretariado, sustituye en las fábricas a los hombres enviados al frente, conduce ambulancias y, si es necesario, camiones. Se acortan las faldas, desaparecen los polisones y los corsés, se rebajan los tacones; son admitidas en las universidades, terminan sus carreras, consiguen sus títulos y puestos de trabajo de la misma responsabilidad que los varones y llegan cada vez más lejos en sus logros, demostrando que su capacidad es idéntica a la de sus compañeros. Tienen que reconocer, a regañadientes, la valía de las mujeres, pero… los salarios no son iguales. Hay discriminación salarial y en muchas ocasiones paternalismo encubierto o acoso descarado.

El hombre ve amenazado su “status”. Y para colmo, llegó la píldora. Ya no es dueño del cuerpo de la mujer, ésta tiene capacidad de decidir si quiere o no quedarse embarazada y lo que es más, si no es viable llevar a término el embarazo, interrumpirlo. Demasiados cambios en muy poco tiempo para que los varones hayan tenido tiempo de digerir la nueva situación; la criada les ha salido respondona, acostumbrados como estaban a ser el rey de la casa. No es, pues, de extrañar que en el siglo XX se pusiera de moda el feminismo, reivindicando nuevos derechos que hasta entonces eran exclusivamente masculinos.

Y llegamos a nuestros días; siglo XXI y ¿qué sucede? Más de lo mismo y un nuevo escenario. La mujer se masculiniza en sus comportamiento y el hombre se afemina; en apariencia el unisex gana terreno, pero el  enfrentamiento entrambos sigue latente. Y hay una escalada en la violencia domestica que se traduce en el asesinato. Estamos como al principio. No hemos aprendido nada, seguimos manteniendo posiciones en la discordia.

Por supuesto hablo exclusivamente de la mujer occidental, para quienes no existe el chador, burka, nikab, hiyab, shayla, etc. O por lo menos no existe físicamente, porque pregunto yo, con lo que ha costado llegar a donde se ha llegado ¿Cómo es posible que vivan esclavizadas a la tiranía de la imagen que las obliga a montarse encima de tacones vertiginosos, a llenarse el cuerpo de botulina, a encorsetarse en un wonderbra? El señuelo de la eterna juventud es la nueva religión. Se puede ser mayor, pero jamás parecerlo. ¡Qué lamentable!

Olvidamos el cuidado de la mente, su alimento; apenas hay filósofos en los últimos años, ni hombres ni mujeres, y sin mentes claras nunca encontraremos una solución para terminar con el desgaste de esta  guerra de sexos que seguirá eternizándose por los siglos de los siglos.

 

Nuria Valldaura Micó

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