El último domingo de noviembre, Madrid vivió una batalla campal que acabó de forma trágica. Un hincha del Deportivo de La Coruña murió a primeras horas de la tarde tras ser arrojado al río Manzanares en las inmediaciones del Calderón por seguidores violentos del Atlético de Madrid. Este hecho luctuoso dominó la temática de las tertulias televisivas y radiofónicas posteriores. Los periódicos se lanzaron a comentar exhaustivamente el triste acontecimiento. La pregunta generalizada es, como es usual, la siguiente: ¿Cómo pueden ocurrir este tipo de cosas en una sociedad supuestamente avanzada como la nuestra?

Tertulianos y opinadores se esforzaron en dilucidar las motivaciones de la violencia urbana y no fue el vericueto menos corriente el de la pretendida “politización” o “radicalización” de estos grupos de aficionados. Al parecer, exhiben parafernalia y vagas argumentaciones que permitirían clasificarlos como de “ultra derecha” o de “extrema izquierda”.  Sin embargo, la endeblez de simbologías y discursos ponen en duda ese afán de clasificación que más bien obedecería a las propias necesidades de periodistas y políticos por encontrarle al asunto, sin excesivo esfuerzo, algo de orden y sentido.

Sin embargo, muchos investigadores se inclinarían a pensar que la mayor parte de “causas” que parecen promover movimientos y actitudes violentas son en realidad elaboraciones a posteriori. Naturalmente que existen alborotos que vehiculan protestas por condiciones de vida precarias o por motivos ideológicos. Pero hay razones para considerar falsa esa idea en la que insisten algunos pedagogos o educadores sociales de que la agresividad es una “desviación” promovida por el entorno social. Existen fundamentos más estructurales, en el sentido biosocial, que no se suelen tener en cuenta. Los antropólogos, los neurocientíficos o los biólogos evolucionistas saben que existen “trazos de conexión”[1] entre los hábitos agresivos de ciertos primates, las hordas ancestrales y los grupos, tribus o gangs urbanos de tipo gangsteril, ideológico o puramente vandálico de nuestras sociedades. Napoleón Changon[2], dice los siguiente respecto a los Yanomamo: “…los jóvenes (normalmente solteros) constituyen un problema social en casi todas las aldeas;.. Nuestro equivalente cultural serían los delincuentes juveniles o los pandilleros.”

En nuestra experiencia más directa y actual, vemos que los jóvenes varones suelen reunirse en la adolescencia (y, a veces, aún más tarde) en bandas en las que suelen crearse de forma espontánea o, heredada de otros culturas (como las de grupos latinoamericanos), fratrías donde se juramentan entre ellos y en contra de arbitrarios enemigos. Y los hombres tienen más tendencia a dejarse llevar por el entusiasmo, a consentir en la guerra, las violaciones o los impulsos asesinos, a sentirse estimulados en involucrarse en interacciones violentas cuando van en grupo. Por otro lado, las etiquetas, adscripciones y asociaciones ponen en marcha sentimientos ancestrales de adhesión al grupo que establece distinciones profundas entre “los nuestros” y “los otros” como bien sabemos que ocurre en muchos lugares de España. El nacionalismo permite aflorar esa bolsa de disponibilidad para las tendencias violentas que pueden expresarse tanto en un discurso supremacista y despectivo como en el uso físico de la violencia.

No siempre la inadaptación o la injusticia social son “motivos” para la violencia,

aunque recurramos a ellos para justificar cosas que nos parecen tan incomprensibles como que unos tipos la emprendan con la integridad de las personas o de sus bienes. Si somos realistas, hemos de considerar la posibilidad de que los que cometen actos vandálicos sean simplemente unos gamberros que quieren descargar la presión del ímpetu de su edad o de su lealtad de grupo en las espaldas del resto de la sociedad. Y esto tanto vale para analizar la estructura psicológica de los miembros de la Kale Borroka como la de una banda latinoamericana o la de los hinchas desmadrados de un equipo de fútbol como el Depor o el Atlético. Es decir, que la disponibilidad para la violencia es previa a la supuesta ofensa, ultraje, indignación o humillación. Porque en el fondo lo que subyace es lo mismo: la agresividad que provocan los out-group más una tendencia masculina al riesgo que optimiza las posibilidades de reproducción a cambio de vivir menos. Los datos que señalan la conexión entre la agresividad y la testosterona son apabullantes.

 

Teresa Giménez Barbat

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