Eso respiran algunos pueblos —muchas poblaciones. Y muchas de Europa. Andalucía, por ejemplo o Grecia son claros ejemplos de llegada. Cataluña también va hacia este destino. Son dinámicas que envejecen la población que la debilitan que la corrompen que la envían a la queja y al desencanto. Son poblaciones que han perdido el horizonte. Carecen de brújula. Desconocen las tendencias. No tienen futuro. Ni lo saben. Ni lo buscan. No existe para ellas. Confían en un perenne presente que, por desgracia para ellos, la historia nunca concede. Y así sin saberlo se van hundiendo en la decadencia. Sí que habrá un período donde los demagogos, esos genios de la retórica, les ayudarán a encontrar culpables exteriores e incluso conspiradores interiores para suavizar el resquemor que conlleva estas heridas cada vez más profundas de la decadencia. Ejemplo claro y actualísimo es Venezuela. Crisis. Pasividad. Conspiración internacional. Enemigos interiores —el alcalde de Caracas— y mientras tanto los demagogos viviendo de las últimas rentas, últimas riquezas del presente y muchas veces a cuenta del futuro. ¿Qué es la deuda de un país? La riqueza que deberían tener sus descendientes —hijos y nietos— y que no verán. Estos, cuando lleguen a la edad adulta, se encontrarán dentro del pozo.

He ahí el presente de algunas poblaciones. Ceguera del presente. Huida del esfuerzo. Acogida a las sirenas del canto demagógico —sirenas de Ulises o tentación del desierto bíblica; los clásicos ya avisaron. Pero, es tan cómodo no esforzarse… Es tan razonable pedir que se reparta lo que otro ha conseguido con su esfuerzo. Sólo hay una vida y hay que disfrutarla, apuntan. Los demagogos son los encantadores de la serpiente de la pasividad. ¡Hay que vivir de renta! La que sea. Sea propia, ajena o a cuenta del futuro. ¡Viva las subvenciones! Y en el futuro Dios dirá. Así se han hundido pueblos, naciones e imperios. Hoy solo son historia. Recuerdo. Pero el transito hacia la nada fue —digámoslo claro— muy duro. Y, no lo olvidemos, en la actualidad también han aparecido ‘nuestros bárbaros’ que ponen bombas y cortan cabezas. Y, listos, saben dónde están estas poblaciones sin fuelle. El Imperio Romano de Occidente cayó pero no así el de Constantinopla, que resistió siglos. Pero ver la historia como laboratorio lleva esfuerzo. Evitémoslo. El esfuerzo y la heroicidad en el mundo económico son deprimentes. Que se esfuercen otros, que diría un Unamuno actual. Pueblos y demagogos camino hacia la decadencia.

Quien no se da cuenta de la hora que marca el reloj de la historia va hacia el declive.

 

Antoni Albert

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