El actual mundo plano —llano porque todo está al alcance: a nivel de información (con la inmediatez de Internet) y a nivel de transportes, en especial aéreo— nos permite tener a mano un auténtico laboratorio socioeconómico e histórico como nunca se ha podido disfrutar. Si repasamos las informaciones, ya no hay duda en hablar de la existencia en el presente de múltiples universos económicos, unos en pleno siglo XXI, otros en las postrimerías del siglo XX. Y aún otros que están en plena transición hacia el siglo XX —y eso que para todos el calendario marca la segunda década del siglo XXI. Así que tenemos ante nuestros ojos unos pueblos, regiones y países en plena decadencia, de vida lánguida y procurando pervivir; mientras que otros están con una iniciativa sorprendente y con un coraje envidiable. Realmente se cumple lo que dijo el poeta: hay otros mundos, pero están en este.

Hay, también, diferentes percepciones de la realidad: unas más atrevidas, mientras que otras son soñadoras y pasivas. Dos son, en todo caso, los talantes humanos a reseñar y que tienen diferente sujeción sociopolítica. Activos y pasivos. Activos que querrían que las barreras, las trabas, fueran mínimas. Y los pasivos que desearían que el Estado les arreglara el problema de su carencia de salida vital y profesional. Dos actitudes que han sido muy presentes en la historia, desde la antigua Grecia pasando por aquella Roma que mantenía la paz social con las frecuentes donaciones gratuitas de trigo.

En paralelo hay que reseñar también la máquina imparable de la historia económica. El mundo industrial, catapultado a primer plano a partir del ingenio y la ciencia,  aprovechado todo ello por los emprendedores, ha dibujado una dinámica que, si se examina un poco a fondo, no tiene secretos: el cambio es constante. Las variaciones son relevantes. Y estos cambios —cambios en último término científicos y tecnológicos— son los que si en un momento catapultaron a las máquinas de vapor, más tarde éstas quedaron arrinconadas con la introducción de la electricidad. Y cada vez que hubo la entrada de un nuevo ingenio, la industria se resintió de una forma u otra.

Así, con el tiempo, las máquinas fueron quedando obsoletas —sin embargo, a finales del s. XIX y durante el siglo XX, el tiempo transcurría lentamente. Cuando las nuevas industrias aparecían con nuevas máquinas de mayor potencial productivo e innovador, mandaban a la cuneta histórica a aquellas viejas empresas que malvivían, productivamente hablando. Los industriales que fueron atrevidos ante esos cambios supieron saltar sobre la onda expansiva y prosperaron con ella llegando hasta nuevas arenas. Pero en tanto que onda, se dieron cuenta también que si no continuaban saltando hacia una ola nueva, terminarían como aquellas empresas que ellos habían ayudado a arrinconar. Un ejemplo clarísimo de ello lo tenemos a mano con la experiencia industrial y comercial de Apple que no se quedó con el ordenador de mesa —el Macintosh—, sino que pronto introdujo el iPhone, el iPad, entre otros productos llamativos. El caso contrario es Microsoft que si no ha desaparecido hoy todavía es porque su sistema operativo —Windows— ha dominado hasta ahora los PC, pero, hasta ahora, sin cambios en lontananza para ampliar su terreno comercial.

Tenemos, pues, por un lado dos tipos de actitudes, activa y pasiva. Por otra, una dinámica económica industrial que sin parar va profundizando sus investigaciones técnico-científicas, lo que conlleva una aceleración del ritmo del cambio. Ahora la velocidad del cambio empieza a ser vertiginosa; cinco años de vigencia de un producto tecnológico es algo inverosímil.

Ante este terremoto puede resultar esclarecedor ver lo que está pasando en el mapa actual. La riqueza, la prosperidad, es básicamente digital. El mundo digital está cambiando las formas de hacer, ampliando mercados, innovando técnicas, exigiendo nuevas y profundas preparaciones profesionales. Y eso —no nos engañemos— asusta. Y asusta por dos razones: 1) Por ser un momento innovador y exigente: se exige un espíritu de preparación constante ya que todo cambia rápidamente. Cambian constantemente los sistemas, los procedimientos y las herramientas del nuevo mundo económico digital. 2) Porque hay mucha gente que sufre lo que en psicología se llama ‘resistencia al cambio’. Estos fueron educados para vivir en una sociedad tipo siglo XX y la del siglo actual les resulta aterradora y, muchos, huyen hacia el pasado o adoptan técnicas defensivas más o menos cruentas para obtener alguna porción del nuevo pastel.

Situemos más elementos que Internet nos ofrece en directo y en especial de cariz socioeconómico y político: la crisis económica de Grecia —un país que ha vivido de la subvención desde hace décadas—; el paro perenne de Andalucía —que serviría para suspender al partido que lo ha gobernado durante casi tres décadas; el papel de Rusia en la guerra de Ucrania; la cruzada islámica del IS o el EI contra Occidente; la cruzada paralela en el África subsahariana del grupo Boko Haram; el populismo griego y español, y el nacionalismo independentista catalán … Todos son diversos tipos de respuesta al presente socioeconómico que hemos dibujado.

Grecia, en plena decadencia, no ha sabido salir del pozo en que desde la época romana se adentró. En las últimas décadas, manipulando sus datos económicos engañó a los países de la Unión Europea que la ayudaron económicamente, confiando en que se actualizaría y avanzaría en el mundo donde hay unas reglas económicas que sucintamente se reducen a dos: esfuerzo y vender cosas atractivas en el mercado. Ninguna de estas reglas respetó y así está, en estos momentos, en caída libre.

Andalucía, donde los índices de desempleo son altos desde hace muchos años. Las subvenciones, el PER, la compra del voto, la corrupción a gran escala, y la propagación del ‘catecismo’ socialista han ido enredando toda una región que ha sido más crédula que inteligente. Andalucía es nuestra Grecia peninsular.

Rusia y Ucrania. ¿Alguien conoce algún ingenio tecnológico ruso? Algún lector tiene en su casa un dispositivo que ponga en la carcasa ‘made in Russia’. Este es el problema de la Rusia postsoviética. Rusia hoy es antigua. Está iniciando una lenta decadencia. No tiene —a menos que el proyecto tecnológico de Skolkovo sea algo que haga milagros—, no tiene un lugar en el mundo digital. Está fuera del tiempo. Está en pleno siglo XX y tiene poco empuje para avanzar industrialmente hacia el siglo XXI. Y sus gobernantes quieren calmar su población inventando gestas históricas y adversarios. Ese papel ahora lo tiene asignado Ucrania. Más tarde, Europa será el enemigo —a menos que el ingenio de los rusos y su preparación puedan situarlos en la revolución de las máquinas inteligentes (estamos ahora en esta etapa, apenas iniciada).

Los cruzados islamistas del ISIS (IS, Daesh, etc.) —si uno se fija bien— son los marginados del presente. Son jóvenes —la mayoría— que se ven distanciados de un mundo laboral y profesional que les permita prosperar dignamente como ellos quisieran. Cierto que tampoco tienen la preparación que la industrialización y el comercio digital requieren, pero ellos son hijos de finales del siglo XX y quieren participar —como sea, cortando cabezas si es necesario— de la riqueza creada en este siglo XXI. Lo mismo se podría decir de su versión africana, los del Boko Haram. Ambos grupos visten ideológicamente —para hacerse más presentables— con el catecismo islámico, pero su intención es preclara: repartir lo que otros están produciendo con su esfuerzo.

Los partidos populistas —griego y español— son otra clara muestra de estar fuera del carril del presente. Cierto que el presente está abierto a múltiples iniciativas empresariales. Pero, ¡ay!, eso requiere estudio y esfuerzo. Más aún: mucho estudio y mucho esfuerzo. El mercado es mundial —lo hemos dicho antes— y la competencia también lo es. En el mercado ahora vienen vendedores y compradores de todas partes y se requiere una importante preparación. Y, ¡ay! no todo el mundo se ha educado para este tipo de sacrificio. Mejor —¡es más fácil!— es exigir que se reparta lo que otros han sembrado y recogido. Así son los nuevos populistas, léase Podemos.

Como se habrá captado, nunca los grupos políticos dominantes o con aspiración a dominar enseñan claramente las cartas. Por el contrario procuran vestir sus intenciones —disfrazarlas—- con ropajes que proporcionen tanto la sorpresa y benevolencia como la envidia de los demás. Uno de los casos más preclaros es el vestuario utilizado en Catalonia, país donde el trapo de una bandera está sirviendo desde hace varios años para tapar las vergüenzas corruptas de sus gobernantes.

Ciertamente —es de libro, ¡hay que subrayarlo!— estos políticos han buscado un enemigo exterior: ‘España nos roba’. Y una vez detectado este supuesto culpable —en la Alemania nazi los causantes de la crisis económica fueron “los judíos”— ya solo queda llamar a la ciudadanía para que solamente se preocupe por alcanzar el paraíso de la independencia. Una vez obtenida esta, los panes y los peces se multiplicarán diariamente (y los casos de corrupción, con una judicatura catalana, quedarán desvanecidos). Si levantamos la lupa de este caso, veremos que la ciudadanía de Catalonia dibuja una pirámide invertida vertiginosa. Muchos jóvenes tienen una preparación más que deficiente si lo medimos con la demanda de habilidades y formación del tipo de industria y comercio que hoy se necesita. Nada de esto se procura arreglar. Todo se envuelve con la bandera y “dentro de diez o quince años” ya se arreglarán los que vengan, parecen decir los políticos que hoy controlan los medios de comunicación, es decir, las conciencias.

Mientras tanto, los días pasan a gran velocidad. Por estos lares manteniendo una mentalidad comarcal que solo se da cuenta de lo que pasa, como mucho, a una distancia de 600 kilómetros. Sin embargo, Internet va dando noticias del nuevo ciudadano —el del siglo XXI—: en Inglaterra y en Francia ya se enseña programación a los niños en las escuelas. Intel, en Egipto, ha preparado a 500.000 maestros en temas de programación. En Corea del Sur hay un espíritu formativo y profesional envidiable. ¿Cuántos dispositivos tenemos en casa fabricado en Corea del Sur? Por aquí todavía discutiendo si se deben hacer unas pocas horas más de inglés y de matemáticas. ¡Siglo XX!

¡En algunos países todavía no han comprado el calendario del nuevo siglo y ya han transcurrido quince años desde su inicio!

Antoni Albert

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