Lo siento, pero no, No y NO. Un NO rotundo  y sin fisuras por las que pueda colarse la duda del quizás, depende o tal vez. No existe justificación, ninguna justificación, para ciertas puestas en escena de muchas óperas. La desfachatez, delirios iconoclastas, nulo talento y falta de respeto para los compositores, de lo que alardean esa pandilla de ineptos, y toda sarta de adjetivos peyorativos que les plazca adicionar, responsables de tales bodrios escénicos, es algo que me saca de mis casillas.

Que esta serie de personajillos, tanto más osados cuanto menos cultos, se conviertan en estrellas lisonjeadas del espectáculo operístico con sus producciones descerebradas; más propias de jóvenes grupos universitarios en sus teatros experimentales de vanguardia, capaces de cualquier barbaridad para llamar la atención y se hable de ellos como sublimes transgresores; sólo es posible por la mediocridad intelectual del entorno; la incultura de los políticos y responsables de velar por la excelencia de las artes; la falta de criterio de un público que, para que no le tilden de retrogrado, anticuado e inmovilista, traga con lo que le echen y, lamentablemente, por las enardecidas apologías de muchos medios de comunicación que, en defensa de una modernidad trasnochada, aplauden un acto cultural en el que prima la memez, el mal gusto y la ignorancia más vergonzante.

¿Cómo puede representarse un Cid ambientado en el siglo XIX? ¿O un Rigoletto en Las Vegas; Lohengrin, con tejanos, construyendo una casa en un pueblo bávaro; Les Troyens como la guerra de las galaxias, o una Turandot que transcurre en el año 2046, amén de un Tannhauser cuya acción transcurre en 1950, etc…? ¿Continúo?.. Creo que para “muestra” bastan los “botones” citados. Nombres como Rober Carsen, Charles Roubaud, Sasha Watlz, Pierre Audi, Gerard Mortier, Claus Guth, Calixto Bieito, la fura dels Baus y Richard Jones, entre otros , presiden la lista de los “destructores de mitos”; cualquier ópera en sus manos es una excusa para dar rienda suelta a sus peores instintos, dejándola de tal suerte que si el compositor resucitara no sólo se llevaría las manos a la cabeza, sino que, antes de encerrarse nuevamente en la tranquilidad de su tumba, se llevaría a unos cuantos por delante.

Lo que no me explico es por qué se avienen a participar en semejantes desatinos, que no son sino atentados contra la coherencia y la estética, los divos consagrados y los directores de orquesta que no tienen ni la excusa de la necesidad económica.

La Ópera es una manifestación artística, producto de la genialidad de unos compositores que merecen se respeten sus creaciones y no que se tergiversen los contenidos en aras de un épater les bourgeois, tan propio de principios del siglo pasado.

La ópera desde Wagner, que acuño el término Gesamtkunstwerk “la obra de arte total”, es el espectáculo por antonomasia que engloba todas las artes y requiere de cada elemento la debida proporción; no se puede, pues, supeditar el tempo de la música a los caprichos de los escenógrafos. La orquesta y los cantantes deben estar al servicio de la partitura del genio que le dio forma para conseguir la máxima perfección posible; no pueden ser comparsas obligados a secundar las veleidades de las estrellas de pacotilla de última hornada, que no merecen sino la repulsa unánime de quienes todavía no han perdido el juicio y no están dispuestos a aceptar por buenas las locuras de la sinrazón de unos individuos que por méritos propios seguirían relegados al olvido.

Pero, claro, vivimos tiempos en que el feísmo, la mediocridad y la cutrez campan por sus respetos; la Ópera está amenazada, no diré que de muerte, pero sí de la enfermedad de la igualación y la culpa la tenemos todos, desde los administradores que convencidos de que la provocación anima la taquilla, descuidan el resto, al ego desatado de los citados escenógrafos y modistos, sólo preocupados de ver su nombre en los rotativos; los cantantes que, obligados a salir a escena enfundados en trajes incomodísimos y en posturas inverosímiles, exigen del director cambios imperceptibles de tono que alteran el ritmo correcto de la entrada de los instrumentos y la orquesta que, harta de la situación, no siempre está dispuesta a dar lo mejor de sí misma.

Y, estando las cosas así, lo único que me queda es el derecho al pataleo.

 

Nuria Valldaura Micó

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