Se atribuye al que fue el más grande periodista italiano del siglo XX, Indro Montanelli, la famosa frase: “Tapémonos la nariz y votemos a la Democracia Cristiana”. Al parecer, Montanelli lo dijo para movilizar al electorado conservador, erosionado por una insultante corrupción política, y evitar que el Partido Comunista de Enrico Berlinguer pudiese llegar al gobierno tras las elecciones generales de 1976.

Lejos de mi la intención de comparar la situación política de la Italia de hace 40 años con la de la España actual. Sin embargo, si creo en la vigencia de la teoría del voto con la nariz tapada. Un voto pragmático, utilitario, casi anglosajón, en las antípodas del voto militante o de la pureza ideológica. Se trata de un voto modesto, que no pretende salvar al mundo de nada; un voto usado, desgastado, con ese brillo sucio del papel manoseado que sólo quiere evitar que se hunda el mal menor cuándo la solidez de la alternativa es todavía una incógnita.

Se dirá que en esta España flagelada por la corrupción, amenazada por sediciones y radicalismos y que a duras penas sale a flote de la peor crisis que ha sufrido en 30 años no es precisamente el momento histórico de taparse la nariz y seguir votando lo mismo. Se argumentará que ha llegado la hora no ya de un simple cambio político sino de una revolución que instaure de una vez por todas esa ‘auténtica’ democracia que nos hará felices comiendo perdices. Una revolución que acabe con la causa de todos nuestros males, que al parecer son el bipartidismo, la ‘gerontocracia’ y lo que, con tan mala fe, llaman ‘el régimen de la transición’.

Ese discurso, que es el que lamentablemente tiene más probabilidades de prevalecer, es el discurso de Sísifo. El discurso del empezar de cero constantemente, el discurso del blanco o negro, del todo o nada, del borrón y cuenta nueva. Es el discurso de la eterna revolución pendiente. Y yo ya no creo, ni estoy, para revoluciones. Por lo menos en ésta parte del mundo.

La única buena revolución política que ha existido en la historia de la humanidad, que es la que consagra los derechos individuales y limita el poder del Estado, aquí ya la hemos hecho. Se hizo con reformas y con pactos que culminaron en un texto constitucional que me gusta muy poco pero que sirvió para poner a este país en el mundo civilizado y, sobre todo, para que los españoles nos reconociéramos los unos a los otros como ciudadanos y no como enemigos, para que todos sacásemos nuestros muertos del armario y pusiéramos fin a la guerra civil. Eso fue la Transición. Los textos legales que generó pueden enmendarse, cambiarse, pero no su espíritu. Hacerlo seria, lisa y llanamente, una contrarrevolución.

El PP no me gusta, pero su gobierno está sacando las castañas del fuego. Ha emprendido algunas reformas, tímidas e insuficientes, pero que van en la buena dirección. Así lo reconoce tanto la Unión Europea como el Fondo Monetario Internacional. El PP ha tardado demasiado en actuar contra la corrupción, pero finalmente ha tomado al toro por los cuernos.

Rajoy está gobernando en el peor momento de la democracia española desde los años de plomo que provocaron la dimisión de Suárez y que desembocaron en el intento de golpe de estado del 23-F. Y frente a él, el páramo, casi la nada. La insoportable levedad de Pedro Sánchez, la prédica iluminada del nazareno Iglesias y la efervescente burbuja de Albert Rivera. En el PSOE no veo nada nuevo, en Podemos nada bueno y en Ciutadans nada hecho, todavía. Rivera puede ser la gran esperanza blanca pero el melón está por abrir y puede saber a calabaza. La disyuntiva, pues, es clara: o liarse el voto a la cabeza y saltar al vacío o votar a lo menos malo con la nariz tapada.

Josep M. Fàbregas

 

 

 

 

 

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