En uno de mis últimos viajes llegué a un extraño país donde casi se adoraban las calabazas. Estuve allí, sin embargo, muy poco tiempo. Sólo la estadía de un cambio de tren, el tiempo suficiente para ver que en las tiendas de la estación ofrecían, casi regalaban, calabazas de múltiples formas y colores. Había toallas con hombres y mujeres con calabazas en la cabeza. Camisas con calabazas azules y camisetas con calabazas rojas. En el plato donde me sirvieron el café también figuraba un pequeño calabacín. Y realmente no puedo decir que fuera una gran sorpresa encontrar una encantadora calabaza con ojos, nariz y boca dibujada en el interior de la taza. Luego supe que estaba en el país de las calabazas.

Quién me explicó la razón de esta veneración fue un ciudadano de un país vecino, cuyo nombre ahora no me viene a la mente. Este ciudadano me explicó que todo el empeño de los ciudadanos calabaceros era jugar al calabazón. Este juego consiste en lanzarse calabazas unos contrincantes a otros, hasta conseguir que los integrantes de uno de los equipos queden aturdidos por el suelo debido a los colosales golpes recibidos. Roturas de algún hueso ha ocurrido a veces. No extrañará que hablemos aquí de contusiones musculares. Por no hablar de daños internos en la cabeza y en los ojos debido a las pedradas con calabacines.

En este país es tal la adoración al dios Calabazón que los padres prefieren que sus hijos atiendan poco en las escuelas y que dirijan sus esfuerzos al deporte para ser un buen calabacero. Cierto es que hay algunos jugadores de calabazas que se han hecho de oro aunque su cuerpo y cerebro ha quedado bastante trastocado por los reiterados golpes. Pero, el aliento hacia los más jóvenes no falta. Y las multitudes cuando acuden a los campos de los calabaceros para ver a su equipo, además de llevar camisetas con la calabaza del color correspondiente, cantan himnos a su adorada calabaza que, seamos sinceros, les da identidad.

Otro de los deportes preferidos en este país es el lanzamiento de calabazas. Juego este de gran orgullo por parte de todos. Se ensalza a los atrevidos jugadores que participan y es otro orgullo de padres y madres, abuelas y abuelos, que sus retoños participen desde la más temprana edad en él. ¿En qué consiste? Es muy fácil de jugar y si quiere el lector podrá practicarlo. Sólo se necesitan algunas calabazas y se practica de forma individual. Lo que el jugador ha de hacer es lanzar la calabaza en vertical con toda la fuerza y conseguir que cuando caiga acierte en plena cabeza. ¡Qué placer obtener la victoria! ¡Que felicidad siente la familia cuando uno de sus miembros sale a campo abierto —y si hay espectadores, más placer se obtiene— y ver que después de recorrer en vertical varios metros la calabaza cae y golpea con suprema fuerza en el cráneo del jovenzuelo!

Estos juegos, todo hay que decirlo, están extraordinariamente promocionados por los distintos gobernantes, ya sea tanto del gobierno central como de los regionales y municipales. Es tal la pasión que siente la población con los juegos con calabazas, que ningún gobernante se atrevería a prohibir tan estúpido recreo.

Pero, me seguía contando el ciudadano del país vecino, resulta que recientemente había aparecido la tristeza y el enfado entre los ciudadanos del país de las calabazas. El caso es que la economía iba mal. Los productos que fabricaban tenían poco mercado. De hecho eran anticuados y caros. Y los países que hasta ahora habían sido importadores de sus productos se habían orientado hacia otros mercados con productos más modernos y mucho más baratos. En concreto, me apuntó, se habían dirigido hacia su propio país. Sí, ahora recuerdo el nombre del país de mi interlocutor. Era el país de la ciencia. Extraño nombre también. Pero me siguió contando lo que sigue y con esto acabaré.

Ellos —los del país de la ciencia— provenían de un grupo de herederos de Francis Bacon, filósofo que había ensalzado la reflexión científica y la atención a las artes mecánicas, lo que en nuestro tiempo llamamos máquinas y tecnología. Estos ciudadanos, al contrario de los anteriores, orientaban a sus hijos a jugar con las máquinas, a crearlas y modificarlas, dando premios y honores a los que inventaban nuevos artefactos a partir de otros. Había, también en este caso, una veneración y apoyo por los creadores de los nuevos artilugios que servían para mejorar las tareas de la vida cotidiana. Enseñándome algunos de estos artilugios, me comentaba que incluso las mujeres destacaban en estas lides llegando algunas a ser primeras de grupo dado los ingenios que mostraban y las aptitudes que manifestaban haciendo andar a distancia a algunos de sus aparatos.

Vi, en las imágenes que me mostró, que algunos de los ingenios de este país se movían por el campo sin ninguna guía humana, haciendo tareas que en otros países eran aún fruto del humano esfuerzo. Cuando advertí que había de coger de nuevo el tren, después de una charla de varias horas con mi interlocutor científico, me decidí a preguntarle si no trabajaba. Él, amablemente, sin ninguna muestra de enfado por mi atrevimiento, me indicó que sólo trabajaba una hora al día aproximadamente, dedicando esa hora a inventos y reflexiones. Tenía a su disposición muchas máquinas autómatas que trabajaban para él.

Marché cabizbajo pensando hacia qué tipo de país se orientaría el mío cuando les contase estas noticias.

Antoni Albert

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