Cuento setenta y siete febreros; de 1’74 cts. me he quedado en 1’72 y menguando; eso sí, los dos centímetros perdidos a lo alto los he ganado a lo ancho y apaisándome. Aunque en su día, cuando era maniquí de Pertegaz, pesaba 56 kg. y me sentía  cómoda con 58, ahora mi peso oscila entre los 59 y los 62 según mi capacidad de resistencia a las tentaciones gastronómicas que, todo hay que decirlo, es cada vez menor.

Aunque esta digresión venga o no a cuento, lo cierto es que fui maniquí por pura casualidad. Al terminar periodismo, empecé a trabajar en un periódico pegada al teletipo y cobrando una miseria. Una situación bastante frustrante. A los pocos meses, en la esquina de Rambla de Cataluña con la calle Córcega, se me acercó una pareja que me preguntó si me gustaría trabajar en Pertegaz. Pensé que por averiguar en qué consistiría mi trabajo, no perdía nada. Y Manolo Pertegaz me contrató. A mí lo que más me gustó de la oferta fue el sueldo de dos mil pesetas mensuales (hablamos del año 1959) pues superaba con creces el que me daban en el periódico. Aprendí mucho con él y le estoy agradecidísima; sus enseñanzas me han ayudado mucho para andar por la vida.

Años más tarde sí que ejercí mi carrera, aunque nunca pude ver mi nombre en letras de molde, porque fui “negro” para los demás hasta jubilarme.

A lo que iba. Tengo varices recurrentes; la cirugía las eliminó en tres operaciones distintas, pero se han recolocado; por lo visto siempre suele ser así, pero no te lo dicen cuando te mandan al quirófano y yo he tirado la toalla. Mal venidas sean, pero están aquí para quedarse.

Soy celulítica desde ni se sabe y los años han acentuado el problema.

He pasado por manos de cirujano varias veces con fines exclusivamente terapéuticos: anginas, apendicitis, un quiste de ovario, una resección fúndica de la trompa izquierda, varices, hemorroidectomía, dos legrados durante la menopausia y que recuerde nada más. ¡Ah, sí! aparte me he roto cosas: un maléolo, el peroné, dedos de los pies por mi manía de andar descalza siempre que puedo y la meseta tibial izquierda, hecha puré por una caída de lo más estúpida, es decir, otra intervención quirúrgica para intentar componerla y una más para eliminar un Morton doble en el pie derecho. Y he tenido dos hijas.

Antecedentes que me han vacunado contra la atracción del bisturí cosmético. Eso y la reflexión de la madurez. A pesar de los omnipresentes intentos publicitarios, que llegan incluso a las salas de espera de odontólogos y dermatólogos, para convencerme de que puedo “retrasar” la vejez a mi antojo, o sea, enmascararla, hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que no me interesa; decidí asumir el paso de los años con naturalidad. Lo que no ha sido nada fácil. Desde que se disparó el culto a la imagen como una obligación, aceptar el deterioro físico con ecuanimidad requiere un temple de acero y una meninge en perfecto estado de funcionamiento, amén de una cierta dosis de petulancia, lo reconozco. Porque desde todos los flancos hay un ataque constante, que no remite, contra la arruga, la flacidez, los kilos superfluos – ¿quién dictamina cuando lo son y en que se basa, cuando no se trata de morbidez enfermiza?- la celulitis, el chino, el código de barras, las cartucheras y la edad. Ya que no hay escapatoria, se puede ser mayor, pero ¡JAMÁS! conformarse y parecerlo.

Hay algún intento como el de la firma L’Oreal que ha contratado a la actriz Helen Mirren, de 61 años, para su campaña publicitaria de este año, pero lo normal es encontrarte rostros adolescentes haciendo publicidad de productos destinados a personas que pasan de los 50.

La dictadura de la moda impone cuerpos lisos, estrechos, altos, de carnes prietas, atléticos, prácticamente adolescentes, algo andróginos y con piernas vertiginosas que no acaban nunca. Bien, en el mundo entero ¿cuántas mujeres se ajustan a este patrón? Tal vez el uno por ciento… ¿el dos? Las top models, algunas “afortunadas” de a pie, unas pocas que se pasan la vida esclavizándose para conseguirlo y que la publicidad nos muestra en todo su esplendor, pasadas por un poco o un mucho de Photoshop… Caras perfectas de señoritas y mozos, con unos tipazos impresionantes para colocarnos cremas milagrosas, tratamientos prodigiosos, coches, bebidas y hasta detergentes. Ni siquiera las compañías de seguros, en sus campañas de planes de pensiones, se atreven a relacionar sus productos con ancianos y contratan gente de media edad muy bien conservada para vendernos un futuro sin problemas.

La medicina y las empresas farmacéuticas se han sumado al carro de la venta de ilusión y pagan páginas publicitarias solapadas, disimulando el objetivo con el truco de la divulgación científica. Y cuentan, y no paran, de los beneficios de la hormona del crecimiento, la serotonina, la DHEA, testosterona, melatonina, antioxidantes, botox, laser, ácido hialurónico y mil inventos más de los que se desconocen los efectos secundarios a largo plazo que puedan llevar aparejados. Se trata de enmendarle la plana a la naturaleza y sus leyes, en un intento de superarla. Pero ella siempre tiene la última palabra; se ha erradicado la tuberculosis, o eso parecía, la viruela, la peste y otros azotes; a cambio tenemos alzhéimer, sida, ictus ébola y un largo etcétera que miedo da pensarlo.

Pero si se puede ¿por qué no detener el reloj biológico? Buena pregunta ¿por qué no? Sin ningún diploma, sin título científico que me avale, lo que voy a decir sonará a estulticia supina, pero lo digo: desafiar a la naturaleza es, en el mejor de los casos, una apariencia de ganancia inmediata para acabar pagando las consecuencias en cuanto se tome la revancha. No estoy contra el progreso en ninguno de sus campos, pero no olvidemos que, de momento y mientras no se demuestre lo contrario, somos perecederos. Mejoremos nuestra calidad de vida en general, no nos obsesionemos exclusivamente con nuestro aspecto exterior; optimicemos nuestro entorno, no lo machaquemos, pero aceptémonos en  nuestra minusculidad frente a las fuerzas cosmológicas. Seamos humildes y tal vez estaremos más contentos.

La incoherencia de la mujer actual es delirante. Nuestras antepasadas, no tan lejanas, se las vieron y desearon para conseguir el voto femenino en un enfrentamiento feroz contra la hegemonía masculina, que seguía considerando a la mujer ciudadano de segundo orden, para alcanzar un grado mayor de libertad y no hay que olvidar lo difícil que lo tuvieron para acceder a la universidad, al derecho al conocimiento filosófico y científico que les estaba vedado y a empleos dignos.

En pleno siglo XX y sin lucha violenta, la quema de sujetadores para liberarnos de lo que tal prenda significaba; queríamos ser libres. ¿Libres… para terminar esclavizándonos voluntariamente en pro de una imagen ¡maldita imagen! de falsa juventud a toda costa, constreñidas por el ”wonder bra” y haciendo equilibrios encima de esos modernos instrumentos de tortura que son los zapatos con tacones de 15 y 20 centímetros?

Nunca se ha banalizado tanto la esencia de lo femenino como en nuestros días. Ser mujer se ha convertido en ser una tía liberada sexualmente; sin ataduras ni complejos, salvo en lo tocante al cuerpo. Nos encadenamos de buen grado a unas rutinas gimnásticas, de salones de belleza, de paseos por los quirófanos para quitar aquí, añadir allí, estirar, alisar, remontar, rellenar, etc., etc., etc… Renunciamos o limitamos nuestra condición de madres para no estropear el envoltorio; apartamos a nuestros ancianos para no vernos reflejados en ellos; avasallamos, trepamos, frivolizamos lo auténtico de la vida y nos movemos en una constante exhibición de nuestros “encantos” exteriores;  desechando el misterio, el intimismo y la auténtica feminidad, que no es cursilería, ñoñería, carrocerismo, ni anti modernidad.

Soy en casi todo mediocre con aspiraciones de genio, pésima combinación; no practico ningún deporte, excepto el ajedrez y mover el caballo, que son dos casillas, ya me parece un esfuerzo desproporcionado; odio el gimnasio y detesto la rehabilitación ante la que no me queda otro remedio que claudicar; no bailo sevillanas, ni soy rumbera. Escribo. Leo mucho, muchísimo y me encanta la ópera y el jazz. Cultivo la amistad, la conversación y la familia, cada vez más reducida por circunstancias ajenas a mi voluntad, pero con la que me queda tengo la inmensa fortuna de  pasarlo bien. Y tengo debilidad, lo reconozco, por mi nieta de 19 años, que es un torbellino. Durante muchos años cuidé de mi madre, una viejecita encantadora y muy bella, que de joven era igual que Ingrid Bergman en “Casablanca”; tengo fotografías que lo atestiguan. Con su cabello blanco, brillante, que nunca tiñó; ojos grises, que antes de apagarse lucían una chispilla traviesa; menuda, delgada, con la marca de los lustros en su rostro arrugado, pero sereno, no conoció ataques de ansiedad, ni fue nunca esclava de la moda.  No tuvo tiempo para frustrarse, a pesar de la guerra; una mastitis que le dejó como recuerdo 28 agujeros en los senos, con unas curas sin anestesia y las desgracias familiares que a todos nos corresponden. Siempre aceptó las cosas tal como son y siempre se aceptó tal y como era. Vivió su espléndida vejez sin aspavientos ni estridencias. Fue un magnifico ser humano y yo quisiera llegar a ser como ella, pero dejó el listón muy alto.

Y pensando en ella, creo que ha llegado el momento de reivindicar la cana y la arruga, olvidarse del enfermizo culto corporal- nada que ver con abandonarse- y dedicar más tiempo a perfeccionarnos por dentro. Con todo lo que hemos conseguido en el terreno profesional, dejemos de pedir perdón o de desmoralizarnos por no ser como Kate Moss, Elle MacPherson, o la mujer ten del momento; aceptémonos. Ser mujer es algo más que poseer una gran fachada… Que la admiración que despertemos vaya más allá de lo que entra por los ojos y además de ser admiradas por el empaquetado, consigamos que nos respeten por el contenido; como sucedía con las damas francesas a cuyos salones acudía lo más selecto de la flor y nata política, intelectual, artística y literaria, no porque fueran bellezas deslumbrantes, sino porque poseían un intelecto digno de sus interlocutores, una educación exquisita, estaban informadas y su conversación era interesantísima. Algo que no puede suceder mientras en una fiesta mundana oigamos frases como esta “Vaya suerte las afganas, con esto del burka o el chador, no tienen por qué  preocuparse de unos kilos de más y ¡hay que ver lo que se ahorran en maquillaje!”… Sin comentarios.

Nuria Valldaura Micó

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s