Se acercan las elecciones municipales y autonómicas y ya está el circo propagandístico montado a todo trapo.

Empiezo a estar hasta la coronilla de que el denominador común sean las descalificaciones de partido a partido, de candidato a candidato y de las promesas que no entran dentro del marco de la posibilidad de su cumplimiento. Parafraseando la palabreja de un ciudadano hortera y cursi, el “sumativo” de las actuaciones de unos y otros me aumenta la bilirrubina, el cabreo y la tristeza ante un panorama político tan mediocre en el fondo y en la forma.

Estamos a punto de entrar en la jornada de reflexión, que ha dejado de serlo desde que existen eseemeseses, twitters, facebooks y todas las redes sociales. Reflexionar es un verbo cuya acción se practica poco; en general no se reflexiona, no hay tiempo; se vive bombardeado por un ingente caudal de información que no se pueden verificar; información que no siempre es verdadera, ni valida, ni siquiera necesaria, encaminada las más de las veces a distraer al receptor.

Y héteme aquí, a mí sí me ha dado por ejercitar la acción de ese verbo que tan tranquilo dormita en el olimpo de la gramática, pero mi reflexión no va encaminada a enjuiciar cual va a ser mi voto, dadas las tristes ofertas que me aparecen como opciones, sino en lo poco capaces que somos de apreciar lo que tenemos y lo que disfrutamos sin caer en cuenta de que no deberíamos considerarlo como algo normal y que nos es debido por el mero hecho de ser seres humanos, puesto que muchísimos, demasiados, seres humanos carecen de todo lo que contribuyen a que la vida sea no sólo cómoda y agradable, sino vivible. Y me limitaré a poner un ejemplo. El agua. ¿Cuántas veces no nos quejamos del caudal y temperatura de la ducha, que podemos regular a nuestro antojo; de la esclavitud del lavado de la ropa, de los escapes de agua… sin pararnos a pensar en cuantos millones de personas no tienen agua no ya para lavarse sino para beber? Y como este cientos de ejemplos. Porque, en el primer ¿o es ya segundo? mundo que habitamos, hasta hace bien poco nos sobraba de todo. Vestimenta, enseres, electrodomésticos, gadgets electrónicos… El deporte de acumular posesiones ha sido practicado con verdadero entusiasmo durante un montón de años; como si tener más y de todo fuera un imperativo ineludible para alcanzar la felicidad.

Finalmente nos hemos dado cuenta de que no es la acumulación de elementos lo que enriquece la vida, pero no sé si descubrirlo ha sido gozoso o más deprimente todavía.

Sea como fuere, pensemos no sólo en lo que nos disgusta, molesta, fastidia, incomoda y solivianta, que mucho hay, sino también en el factor suerte que nos ha colocado geográficamente en un lugar donde las catástrofes naturales son mínimas; el clima es benigno sin extremos insoportables y somos capaces de sacarle punta a casi todo con un chiste.

¿Qué les parece el relacionado con las elecciones andaluzas? “Si los andaluces fueran dinosaurios, votarían al meteorito”. ¿A cuantos votantes les podemos aplicar el chascarrillo? ¿Cuántos se dejaran embaucar por la inercia o por la propaganda del pan y circo?

Non illis tantum Diis scire.

Nuria Valldaura Micó

 

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