Yo no quería hablar de las elecciones; me había propuesto no comentar nada sobre este tema suficientemente manido, pero no puedo dejar de comentar algo que me perturba sobremanera.

Damos por sentado que todos los políticos mienten como bellacos sin el menor pudor; los unos y los otros; estos y aquellos; los situados a la derecha, a la izquierda, en el centro o donde haya un resquicio para instalarse; los radicales y los consensuantes; los tibios y los acalorados; los de traje y corbata y los de la manga arremangada, incluso los que alguna vez echaron mano del desnudo “quasi” integral; mienten los uniformes, mienten las sotanas; la Mentira y la Política son inseparables y todos los votantes lo sabemos, pero… pero… hay quien sabe vender su artículo mejor que sus contrincantes, porque no nos engañemos unas elecciones son una lucha sin cuartel en la que, desgraciadamente, todo está permitido. Y porque todo está permitido el espectáculo que ofrecen los candidatos es lamentable y bochornoso.

Pero no es del circo electoral de lo que quiero hablar, sino de la aceptación de la propaganda más descabellada, e imposible de aplicar, por parte del electorado. Que España es un país sin ninguna educación política como pueda ser Gran Bretaña, Inglaterra o El (de momento) Reino Unido, como prefieran llamarle; Francia; los países escandinavos; Suiza y Alemania, lo sabemos de sobra y por ello en España, como en USA, se vota más al personaje que a su programa y se le vota porque es guapo, porque grita más que los demás, por el cambio, por la continuidad, para castigar a los otros candidatos, por, y por y por… que nada tiene que ver, o poco, con la única razón por las que hay que votar a alguien, porque nos gusta su programa, porque es factible, razonable, encaminado a solucionar los problemas y  las necesidades del momento y está basado en la posibilidad de aplicarlo si gana.

Aquí, como más cantantes, toreros, actores famosos hagan campaña a favor de uno, esto suma votos. Somos revanchistas, alborotadores, no sabemos comportarnos, ni nos interesa; incívicos, confundimos la buena educación con la memez, pero, lo que es peor, somos como los niños del cuento “El flautista de Hamelin”. Nos dejamos cautivar por la encantadora música de las palabras sin pararnos a pensar a donde nos conducirá la flauta. Es el peligroso canto de las sirenas, porque cuando se está harto de todo la hartura nos empuja al adormecimiento del raciocinio y a creer posible lo que no lo es. En las promesas incumplibles por parte de quien las esgrime. Valga un sencillo ejemplo, dos. Podemos y PSOE nunca iban a aliarse… la señora Aguirre no pensaba pactar con nadie y… ¿Para qué seguir? Con tal de llegar al poder se casarán con quien haga falta porque como muy bien decía Nietzsche lo único que mueve al hombre es la voluntad de poder.

Nuria Valldaura Micó

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