Richard Dawkins es uno de los más brillantes científicos de la actualidad (etólogo, zoólogo, teórico evolutivo y divulgador científico) que se hizo mundialmente famoso con su libro “El gen egoísta” (1977) en el que popularizó la visión evolutiva enfocada en los genes. Pero también es un ser humano y, como tal, yerra y mete la pata, especialmente en su faceta de activista político.

Ahora la ha tomado con el nuevo ministro de ciencia de Dinamarca, Esben Lunde Larsen, porqué, al parecer, no sólo es creyente sino que de algunas de sus respuestas en una entrevista periodística se desprende la sospecha que es un creacionista. Y sólo por ello es denunciado públicamente y exhibido en la picota de la posmodernidad: el muro de Facebook de la Richard Dawkins Foundation for Reason and Science.

Juzgar a esta persona antes de saber como va a ejercer su cargo es un prejuicio y una discriminación indigna. Cuándo los hechos demuestren que ha perjudicado a la investigación científica de su país a causa de su credo religioso será el momento de presentar todas las denuncias y recriminaciones que se quieran. Pero hacerlo antes, sin que medie ninguna acción, es una vileza que roza el delito. Igual que ante un tribunal de la Inquisición, el mismísimo Dawkins se atreve a denunciar a Lunde no por sus actos sino por sus creencias.

Quisiera recordar aquí que muchos de los grandes científicos de la historia fueron creyentes y que eso no sólo no les impidió realizar su labor investigadora sino que supieron deslindar su fe de su razón, desarrollando el método científico. Paradójicamente, ahora, en un época en que la gran mayoría de científicos no son creyentes, la fe, la fe política e ideológica, no sólo no se deslinda de la razón científica sino que a veces se impone a la misma generando dogmas intolerantes.

El ejemplo más paradigmático y paranoico de ello es lo que ocurre con el cambio climático. Cientos de científicos-activistas militantes no sólo ridiculizan a los que sostienen hipótesis distintas sobre las causas o la gravedad del calentamiento globlal sino que los califican de ‘negacionistas’ y ejercen una enorme presión para impedir sus publicaciones.

Esta situación ha sido denunciada recientemente por el también famoso divulgador científico Matt Ridley en éste largo artículo de lectura obligada y del que extraigo estos párrafos, traducidos en Google:

…grandes multinacionales verdes, con presupuestos de cientos de millones de dólares, ahora se han infiltrado sistemáticamente en la ciencia, así como en la industria y los medios de comunicación, con el resultado de que muchos científicos de alto perfil del clima y los periodistas que lo cubren se han convertido en animadoras de un solo bando mientras que un escuadrón de la muerte de bloggers cada vez más feroces vigila el debate para asegurar que cualquier persona que se pase de la raya sea castigada. Insisten en hacer desaparecer toda mención a la herejía de que el cambio climático podría no ser letalmente peligroso.

La ciencia del clima de hoy, como Ian Plimer señala en su capítulo de los hechos , se basa en una “conclusión pre-concebida, en la que enormes cuerpos de pruebas se ignoran y los procedimientos analíticos son tratados como evidencia”. Los fondos económicos no están disponibles para investigar teorías alternativas. Los que expresan incluso las más leves dudas sobre el cambio climático peligroso están condenados al ostracismo, acusados de estar a sueldo de los intereses de los combustibles fósiles o famélicos de financiación; por el contrario, los que toman el dinero de los grupos verdes de presión y hacen declaraciones tremendamente exageradas obtienen una lluvia de premios y son tratados por los medios de comunicación como neutrales.

La ciencia necesita de la ‘auto-correccción’, es decir, de la negación y la crítica de las hipótesis para avanzar. Sin embargo, esa regla de oro no sólo parece olvidada sino conscientemente enterrada. El ejemplo de la Royal Society es esclarecedor. Durante décadas hizo suyo el lema “nullius in verba”, es decir, no dar su opinión, como cuerpo, sobre cualquier asunto. Pero desde mediados de la segunda mitad del siglo XX cambió de criterio. Ahora, como el Vaticano, se pronuncia a favor de los catecismos que hay que creer. Thomas Henry Huxley dijo que el conocimiento científico se niega absolutamente a reconocer a la autoridad como tal. Que el escepticismo es el más alto de los deberes, mientras que el dogma y la fe ciega son el único pecado imperdonable. Richard Feynman, citado por Ridley, fue aún más contundente: “La ciencia es la creencia en la ignorancia de los expertos”.

El problema, el gran problema, es que esta ciencia dogmática suele imponer costes a la gente real en el presente por el bien abstracto de las personas en el futuro. Este planteamiento, como dice Pablo Malo, “se parece peligrosamente a las actuaciones de regímenes del siglo pasado como el nazismo o el socialismo soviético que causaron la muerte de millones de personas, siempre por un futuro mejor”.

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