Sólo cinco días han bastado para demostrar una vez más que el referéndum, también llamado democracia directa, no sólo no es la máxima expresión de la democracia sino, casi siempre, la negación de la misma. El referéndum, por su propia naturaleza, es una negación de la política. Es un acto de fuerza en el que la mayoría no sólo se impone a la minoría sino que la aniquila.

En California saben mucho de ello. A base de referéndums, en los que mayorías circunstanciales han impuesto políticas concretas, se ha vaciado de contenido a los gobiernos representativos que se encuentran atados de pies y manos para poder implementar muchas de las políticas para los que han sido elegidos. En su libro “El futuro de la Libertad”, Fareed Zakaria explica que los distintos referendos sobre materia fiscal y presupuestaria celebrados en California desde la década de los ochenta, que establecieron destinos y porcentajes fijos para el gasto público, además de señalar unos máximos contributivos, han maniatado por completo al gobierno del Estado, incapaz de toda acción propiamente política.

La naturaleza totalitaria de los referéndums ha gustado siempre a dictadores y oportunistas, que los utilizan en beneficio propio cuándo les conviene y los ignoran cuándo les perjudica (ver Tsipras y el referéndum griego). Por el contrario, la democracia liberal, que es la única democracia realmente existente, se fundamenta no tanto en la aritmética electoral cómo en la garantía de los derechos y libertades de todos los ciudadanos y en la limitación del poder político. La democracia liberal no es la imposición de la mayoría sobre la minoría sino la delegación de la autoridad en las instituciones a través de los representantes electos, a quienes los ciudadanos controlan mediante el voto y la formación de la opinión pública.

Todos los que claman por profundizar en la democracia a través de la llamada democracia directa o participativa no son demócratas liberales i/o representativos. Creen en otro concepto o modelo de democracia, de la misma manera que los fascistas publicitaban la democracia orgánica o corporativa y los comunistas la democracia popular. Pero a diferencia de fascistas y comunistas que rechazaban la democracia liberal y hacían de ello una bandera, populistas y nacionalistas se presentan hipócritamente como más demócratas que nadie. Sin embargo, la duración de su interés por la democracia liberal suele estar en relación directa con lo que dura la obtención de la mayoría. Una mayoría irreversible que les sirva para proclamar un nuevo estado, sin derecho de reversión, o para imponer la dictadura del proletariado o sucedáneos bolivarianos sin billete de vuelta.

No. La finalidad de la democracia liberal no es facilitar la elección de nuestros dictadores sino la de garantizar la libertad y los derechos de todos los ciudadanos. Como apunta Zakaria, nuestros sistemas políticos, para tener buena salud política, no necesitan más democracia, sino menos.

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