Aunque el término se ha prodigado muchísimo, de revolución sólo ha habido una: la revolución de la técnica. Lo que los historiadores, los ensayistas, han catalogado con suma facilidad como revolucionario, no ha sido más que transformaciones más o menos relevantes, pero de revolución sólo ha habido —y aún continua— una y es la de la técnica. La revolución de la democracia, la famosa ‘revolución francesa’, ha sido más bien una transformación cruenta que ha derivado en algo que los antiguos griegos ya habían practicado, hace muchos siglos. El socialismo —que es vestido con gran ornamento por parte de sus acólitos que no dudan en ocultar las partes más indecorosas de este tipo de régimen— también había abundado en parte en algunas de las etapas del Imperio Romano, donde el ‘papá Estado’ ejercía de protector en una especie de socialdemocracia ‘avant la léttre’. No, sólo ha existido una auténtica revolución y continúa esta imparable: la de la técnica. Y con ella los cambios industriales —las distintas revoluciones industriales— que con su aplicación se han ido generando.

¿Llaman al timbre? Por favor, abre tu móvil y mira quien está en la puerta de tu casa intentando entrar en comunicación contigo. Sí. Ya hay una aplicación para ello que acompaña a un dispositivo —una variedad de la Internet de las cosas (IoT)—, que hace poco instalaron en la puerta de acceso a tu vivienda. Por cierto, por la hora que es, ya podrías parar el aire acondicionado y abrir las ventanas para que el frescor del atardecer con su olor específico penetre en tu despacho. Y esto sin moverte de tu sitio. Sí, también en tu bolsillo, en tu smartphone, pronto existirá esta aplicación que dará aún más poder a esta varita mágica que permitirá que todos los ingenios electromecánicos de tu casa puedan ser alterados a tu gusto y saber. He ahí la revolución. Estas posibilidades nunca habían existido antes. Nunca antes te habías podido comunicar en directo, en tiempo real, y de forma visual, con tus familiares, amigos o conocidos que viven en la otra parte del globo. Y la tecnología actual sí que te lo permite y mucho más te permitirá en breve.

Comprobada la revolución que deriva de la tecnología actual —de la cual aún solo somos conscientes de forma muy leve— bueno sería darse cuenta de lo que comporta esta revolución en el ámbito del trabajo, en el mundo laboral.

Si se viese claramente lo grandioso que es el momento histórico que estamos viviendo —con estas tecnologías que están empezando a proliferar en todos los bolsillos (smartphones), en todas las casas (tablets y ordenadores de mesa), con las futuras casas inteligentes (smart homes), ciudades brillantes (smart cities), naciones sabias (smart nations) —; si se fuese realmente consciente del cambio real y profundo —eso es realmente la revolución— tal vez el horizonte visual de quien nos lee tendería a levantar aún más la cabeza para mirar mucho más lejos. Porque el futuro está en mirar lejos, mucho, mucho más lejos.

¿Lejos? Sí; más allá de Europa. Europa está cansada. Los ciudadanos europeos se han apoltronado —en líneas generales, excepciones haylas— en este estado de beneficencia donde la ciudadanía atiende y tiende al papá Estado para que le solucione los problemas que le surjan en cada esquina de la vida. Y —en una solución donde Unamuno ha ganado (con su ‘¡Que inventen ellos!”) — la revolución de las máquinas, la de la técnica, la única revolución realmente existente, se está desarrollando más allá de las fronteras de los cansados ciudadanos de la eurozona.

¿Lo dudas? ¿Cuantos revistas tecnológicas leemos semanalmente? ¿Cuántos libros sobre las TiC hojeamos en las bibliotecas a las que concurrimos cada fin de semana? ¿Qué dominio de las tecnologías tenemos? ¿Qué competencias tenemos en estos campos? ¿Campos? ¿Qué campos son los que están progresando y están creando los nuevos surcos por los que se desplazará la revolución de la técnica —que como hemos dicho no tiene visos de pararse y mucho menos con los futuros procesadores cuánticos que dejaran obsoletos —dignos de risa— los dispositivos electrónicos de los que hoy nos mostramos más orgullosos? ¿Qué grandes empresas europeas están en primera línea junto a los gigantes de la industria digital?

Trabajo y tecnología. Si realmente la tecnología está revolucionada también lo está el mundo del trabajo. He ahí otro axioma tan claro como casi desconocido por estos lares. Se oyen voces de queja pidiendo puestos de trabajo. Quejas contra y para que el Estado promueva trabajo. Y ciertamente hay un tipo de trabajo del que no hay casi vacantes. Y es el trabajo de poca o nula cualificación. En este nivel, el trabajo es y será casi inexistente en comparación al número de demandas al respecto. En cambio, sí que hay muchísimo trabajo en niveles de alta cualificación asociado a lo más avanzado de la tecnología —al big data, al mundo del cloud, al ámbito de la seguridad informática, en definitiva al mundo tech en que se irá convirtiendo todo lo que nos rodea. Y ahí sí que se necesitarán personas, con alta y muy alta cualificación, para ir adaptando el mundo físico actual al mundo tecnológico del futuro, a corto y medio plazo. Y en estos niveles sí que existe ya hoy mismo una altísima demanda de profesionales que no tengan miedo a la tecnología y quieran ponerse al frente de la misma. Ahí hay todo un mundo que conquistar. Ahí sí que hay trabajo (mucho y bien pagado) y mucho más habrá.

Pero hay, por otro lado, la resistencia al cambio —pareja a la voluntad del no al esfuerzo— que genera una ideología que con facilidad tiñe la realidad (es decir, que la oculta; que ensombrece la realidad de la auténtica revolución tech que tenemos en el bolsillo) y que prefiere orientarse hacia otra revolución —la de los grandes gritos, de las barricadas, de las protestas, donde el esfuerzo es mínimo y alta la ‘creencia’ en los milagros políticos. También son conocidos los resultados de este tipo de “revolución”. Sangre, en el peor de los casos, y alto fracaso siempre. ¿Vamos a la historia de nuevo?

De hecho todo lo anterior es equivalente a la opción entre ser adulto ante la realidad o continuar con la ingenuidad del niño que cree aún en los “reyes magos”.

ANTONI ALBERT   (a.k.a @carlesdijous)

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