Predicar es fácil. Sobre todo si uno está dotado con la oratoria, ha hecho algún cursillo Dale Carnegie o desde pequeño ha vivido en un mundillo donde se le ha reforzado la exposición pública. Predicar es fácil y también barato.

Dar trigo tiene otra urdimbre. Pero, para dar hay que tener. Y no siempre se tiene; y menos se tiene con facilidad. A veces para poseer trigo se ha recurrido al trigo ajeno, ya sea mediante el robo, la guerra o, de manera más sutil, a la incautación mediante altos impuestos.

Sembrar es de otro orden. Y mucho más costoso que el predicar e incluso el robo o la incautación (y aún la guerra cuando, desde el poder, se manda a otros a hacerla). Sembrar cuesta, acarrea esfuerzo y, sin duda, tiene poca popularidad. Traduzcámoslo: sembrar, esto es trabajar, trabajar bien, productivamente, cuesta. No es fácil. Mucho mejor es todo lo anterior.

Si es muy fácil predicar (usar la oratoria y el mensaje demagógico) e incautar (para dar a los seguidores algo de lo que se quedará el predicador con su “esfuerzo”), el sembrar, el esfuerzo, el aprendizaje, la lucha por crear productos, elaborarlos, comercializarlos, venderlos, etc., es una tarea engorrosa —según el parecer de los que predican y de los que esperan algún reparto de lo incautado— que no se recomiendan ni bajo prescripción médica.

Esta ha sido casi siempre la historia de la humanidad. Los papeles repartidos. Ya aparecen en la historia antigua, por ejemplo, la de los tiempos de Sócrates y Platón. Sócrates el que prefirió morir tomándose la cicuta antes de infringir las leyes de la ciudad —cosa que por aquí se pretende con las armas de unos votos (orientados en dirección que les leyes no permiten), para conseguir unas prebendas para los suyos y unas migajas para los seguidores. Platón ya dibujó con exactitud las cualidades de los demagogos que venden bellas prédicas. Y Aristóteles acabó con el diseño de estas actitudes políticas. Y como vemos han pasado casi 2500 años y aún hay devotos que se creen las prédicas y los cuentos de los oradores de salón. Los púlpitos, que durante siglos estuvieron dentro de las iglesias, desde donde se adoctrinaba y aleccionaba a los feligreses, hoy están en las cadenas de la televisión. Desde estas pantallas se va aleccionando al devoto actual, dotándole de unas creencias que, dado su débil espíritu crítico, seguirá con gran fidelidad.

¿Qué difunden fundamentalmente las prédicas políticas? ¿El sembrar? ¡De ningún modo! ¡Esto es horrendo! —dicen. Sin ninguna duda van orientadas a dar trigo. Y en abundancia. Otra cosa es de donde saldrá este pan. Eso no lo dicen o no lo dicen con claridad, de forma diáfana. Prometen abundante trigo a cambio de ciega devoción de acólitos y seguidores. Y venden su discurso con las consignas habituales de la pobreza, de la necesidad de repartir, de la beneficencia imprescindible, etc. Ingentes grupos políticos se aferran a este esquema, ya que la victoria —tener muchos seguidores— les dotará de fuerza para poder acceder al ámbito de la incautación legal, a la esquilmación legislada e incluso al robo. Todo ello, sin embargo, bajo el manto de una prometida beneficencia que se extenderá urbi et orbe por las comarcas de su pequeño imperio.

Sembrar. He ahí el progreso. He ahí el buen hacer. He ahí lo que se debería de predicar desde los púlpitos de los mass media. Pero, como se ha dicho, eso no es fácil. Implica esfuerzo. Más barato es hacer una huelga y cinco manifestaciones reivindicativas que ponerse a crear una start-up, una pequeña empresa.

—¿Crear una empresa? ¡Pero qué dices! ¿Estás loco? ¡Eso es cosa de burgueses!

También la historia nos alecciona —ay!, si se estudiase mejor la historia con menos páginas dedicadas a reyes y batallas y más a los procesos (¡esfuerzos!) económicos que nos han llevado hasta la actualidad—. La historia nos muestra que el nivel de vida alcanzado en el presente ha sido fruto no de los predicadores, ni de los que cogían a manos llenas los frutos creados por otros, sino de esforzados emprendedores (que los ha habido desde la edad media, si no queremos remontarnos a épocas anteriores) que se lanzaron a crear y comerciar productos ayudando a salir a sus regiones de una economía de subsistencia. Y se fueron creando empresas. Y se hicieron inventos. Y hubo descubrimientos científicos. Sin verborrea. Sin prédicas. Sin trigo ajeno. Sólo con esfuerzo. Con empeño. Y eso se hizo desde hace siglos  —a la Alta Edad Media podríamos retrotraernos, de seguir a Gimpel.

Y eso se hace también en la actualidad. Pero lejos de aquí. Aquí los púlpitos televisivos tienen secuestradas muchas mentes que cayendo en la pasividad esperan el maná del benéfico Estado según promesa del que se presenta como izquierdoso. De aquel que no ha montado ni por casualidad ninguna empresa. El que no ha tenido en sus manos ningún libro de economía histórica y por lo tanto no se ha dado cuenta de que la historia económica ha cambiado gracias a la conjunción de invención, técnica, ciencia y empresa —esta en un sentido amplio, desde las herraduras del caballo del agricultor medieval hasta el comercio electrónico.

Ah! Y por cierto no está prohibido crear empresas. Al parecer aún perdura la creencia —pesa tanto la religiosidad laica que deriva de un pseudomarxismo de fuerte efluvio religioso— que eso de las empresa es de gente adinerada. Hoy por hoy, y sirva de refutación para esa endeble tesis, las start-ups que han surgido y surgen en países que hasta hace poco estaban en la lista de países del Tercer Mundo. En estas regiones han aprendido la auténtica lección de la economía. Y el resultado ha sido espectacular. La proporción del mundo que vive en condiciones de extrema miseria, si en el año 1993 era del 35%, en el año 2011 (último año del que se tienen datos) es solamente del 14%. Y no es debido a que se haya repartido trigo. No. Por el contrario, es porque se ha aprendido a sembrar. En estos países han aprendido a sembrar y están “empezando a comerse el mundo”. Aquí, bajo la estolidez de la ignorancia —un analfabetismo funcional y político—, se continúa fácilmente comulgando con ruedas de molino que vienen a ser las prédicas de los esquilmadores de turno.

ANTONI ALBERT  (a.k.a @carlesdijous)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s