El clásico dejó escritas estas palabras: “Todo pueblo tiene el gobierno que se merece”. Y al respecto podríamos decir que esta máxima queda confirmada tanto por los avatares de la España del siglo XIX como los de la España actual, la que irá a las urnas el próximo diciembre. España es un caso perdido podría decir cualquier analista que examinase los bajos fondos, y no tan fondos, de la historia de los dos últimos siglos —aunque tal vez se podrían salvar unos pocos años; seamos magnánimos—, al darse cuenta de los contubernios que existieron en los distintos gobiernos habidos, por más que se presentasen con la pompa del progresismo, del espíritu reformista o del republicanismo. Hoy, cambiando los nombres, casi se podría decir que se está en más de lo mismo. En un casi idéntico escenario donde por un lado van las palabras y por otro los hechos.

Empezando por lo más próximo, las últimas décadas vividas han sido fértiles en corrupción; corruptelas que no han cedido, sino que se han procurado mantener semiocultas, por aquello de no mirar por el lado del estercolero. Los ERE de Andalucía, capitaneados por el PSOE; las corruptelas de miembros del PP, en Madrid, Mallorca o Valencia; o los negocios históricos —porque tienen una historia que se remonta a la de Banca Catalana— de la familia Pujol y el “tres por ciento” de comisión atribuido a CDC, son claros ejemplos de una enfermedad recurrente en nuestra historia política. Ello no es, repitámoslo, una cosa nueva, sino que nuevos personajillos de la política reinventan negocios fraudulentos procurando equipararse a personajillos de siglos anteriores.

El siglo XIX puede ser un buen ejemplo de ello. Algún historiador de la economía española de este siglo no ha dudado en ir tirando de la manta y hacer bajar de los altares —cosa fácil en este país el encumbrar al más vociferante, sin darse cuenta de lo que ocultan sus bellísimas palabras— a los supuestos prohombres históricos. Así —recojamos una muestra— a partir del fracaso de la constitución de 1834 la burguesía abandona todo esfuerzo para encabezar el desarrollo económico y se decanta por un programa que se concreta en “vender el país al capital extranjero”. Y será este capital extranjero el que entre el país aprovechando la incapacidad intelectual de los politicastros del momento de llevar a cabo el proceso de transformación burguesa de la sociedad; es decir, de tomar las riendas de la industrialización propia a semejanza de la que en otros países se está en estos momentos llevando a cabo.

Un nombre propio puede ser Mendizábal, el ministro de Hacienda, el de la desamortización que entregó las fincas de los eclesiásticos, hospitales, hospicios, colegios mayores, etc., no a los pequeños agricultores sino a las clases pudientes, adineradas, y que lo único que consiguió fue reforzar el latifundismo. Este Mendizábal, apuntemos más a fondo, fue el que a cambio de un empréstito —es decir, ¡deuda!— autorizó a los industriales ingleses a vender tejidos de algodón en detrimento de los intereses de la industria española. Hay quien apunta, por otro lado, que Espartero, durante una de las guerras carlistas, bombardeó las fábricas de Sabadell y Tarrasa al objeto de suprimir a competidores de los ingleses.

Se ha escrito que la revolución política de 1854 hay que verla realmente como una brecha nueva para facilitar la entrada de capital extranjero en el país. Estaba aquella encabezada por un grupo “moderado” que estaba muy cercano al negocio bancario y al de los ferrocarriles de base francesa. Y ello en contra de los intereses de los “progresistas” españoles más vinculados con el capital y negocios provenientes de Gran Bretaña. Los vaivenes de unos políticos y otros, en este siglo XIX nefasto por el retraso que ocasionó, derivaron de los intereses económicos —y no de los idearios patrióticos— que pugnaban por hacer prevalecer o engordar.

PedroVoltes

A propósito de la “famosa” revolución de setiembre de 1868 un historiador la ha caracterizado con estas palabras que no dudaríamos de considerar, en parte, aún vigentes para la actualidad: “Durante tal experimento continuó la tutoría extranjera sobre los dirigentes burgueses de la política, y el pueblo trabajador, inculto, pueril, primario, se entretuvo y contentó al principio con un trastrueque de símbolos y unos juegos verbales, mediante los cuales se demoraban y diluían las cuestiones vitales pendientes”.

Ayer como hoy. Hoy en las paradas del mercadillo político, algunos políticos venden quincalla —el PSOE con su Estado Laico y su preocupación por la erradicación de la religión de los estudios. Como si fuese ese el principal problema que tiene un país que está industrialmente anclado a un lejano siglo XX y con una juventud sin formación adecuada para los nuevos tiempos, que empiezan a no ser tan nuevos: en cinco años, la digitalización, automatización y robotización de empresas y labores dejarán en el paro a muchos de los estudiantes actuales de unas universidades con programas obsoletos. El PP con unas orientaciones también ajenas al empuje de la nueva industria 4.0 y todo lo que ello comporta. No digamos qué quieren ofrecernos Ciudadanos, partido del cual sólo se tiene noticia de sus supuestas buenas maneras y su ansia de reformar la constitución, como si ello sirviese para poner el país a punto en la competencia industrial y comercial que se avecina. De Podemos sólo decir que es labia e incultura fina en grado sumo. Su modelo, Venezuela, está en el presente con una inflación —subida de precios— galopante (del 80 por ciento) y se calcula que en 2016 sea del 60 por ciento (cifras oficiales). Todo un modelo que vender. (Y lo grave es que hay gente con ansia de comprar).

Maduro

“El pueblo trabajador, inculto, pueril, primario, se entretuvo y contentó al principio con un trastrueque de símbolos y unos juegos verbales”. Parte de este espectáculo ya se ha visto en Cataluña, con la actitud mostrenca de los que, angelitos, sueñan con épocas gloriosas. Las promesas de gloria siempre tienen mercado. Repitámoslo. Lo decía el clásico, “todo pueblo tiene el gobierno que se merece”. André Malraux lo modificó al decir que no es que “…los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen”.

Por culpa de los políticos del siglo XIX se llegó tarde a la revolución industrial. Ahora también hay políticos que no dan la talla y se llegará tarde a la revolución de la industria digital. Una lástima.

ANTONI ALBERT (a.k.a @carlesdijous)

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