Tal vez ya va siendo hora de hacer un repaso del momento presente y para cotejarlo puede ser útil tomar elementos del desastroso siglo XIX español. Un siglo en el que se dió, con todo el empuje posible, “el fracaso de la revolución industrial”, tal como lo presentó en su momento el historiador Jordi Nadal con su estudio de 1975. El siglo XIX fue un fracaso, un desastre para el país, un ejemplo de terribles desencuentros alimentados por camarillas políticas más interesadas en llenar sus bolsillos que en hacer progresar un país. En la actualidad, a las puertas de otra revolución industrial (¿qué es si no el empuje tecnológico de la inteligencia artificial, la robótica, las machines learning, la industria 4.0, la Industrial Internet of Things, etc., que están empezando a proliferar más allá de nuestras fronteras?), nuestros capitostes flaquean de lo mismo que escaseó entre las inteligencias del siglo antedicho. Y, para ocultar estas debilidades, hinchan los deseos de las masas, tan saturadas de orgullo como carentes de competencias aptas para hacer frente a lo que está al llegar.

Ya Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales, recordando el siglo XIX, había hecho una buena descripción de una serie de personas que servían, ora sí ora también, para rellenar cualquier hueco que, ante un combate previsible, podía servir para obtener gratificaciones fáciles y suculentas. Se trataba de “contrabandistas, granujas…, holgazanes convertidos en guerreros al calor de aquel fuego patriótico —el que tocase según el momento, añadimos nosotros— que inflamaba el país”. Fijémonos que aquí, el autor, además de insinuar el sistema básico para conseguir algún sueldo, apunta a un componente emocional que servía para remover cielos y tierra, con ayuda del trabuco, llegado el caso.

Sí, el siglo XIX de esta España irredenta fue un siglo de constante provocación bélica, una vez fue descubierto el sistema de la guerra ‘nacional’ (una guerra donde los militares profesionales dejaban de ser el factor primordial, y accedían al frente, que era múltiple, las masas ‘enfervorizadas’). Así, la guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas sirvió de aprendizaje para la guerrilla, que se convirtió en un género de vida que, bajo distintos nombres y objetivos políticos —partidas contra los franceses napoleónicos; partidas absolutistas durante el trienio liberal (1820-1823), partidas carlistas durante la guerra civil de los Siete Años (1833-1840)— fue un sistema de práctica laboral que adoptaron extensos sectores de la península durante la mayor parte del siglo.

Hablar del siglo XIX para entender estos inicios del siglo XXI catalán puede ser motivo de sorpresa. No lo será tanto si examinamos lo que se puede leer en algún libro que haga mención de las contiendas provocadas por los rebeldes carlistas que, sin ningún escrúpulo en utilizar las armas, no dudaban en pretender trastocar las leyes por la vía de la fuerza.

El historiador M. Torroella, en su Història de Palafrugell i la seva comarca (1924), rememora el movimiento carlista que tuvo cierta incidencia en esta zona geográfica a partir del año 1822. Al respecto, reseña los incendios de la localidad de Pals y de Romanyà, en el año 1833, y añade el siguiente párrafo que no deja de ser en algunos puntos extraordinariamente actual:

“La discordia no estaba solamente en el campo de batalla. Los padres daban muerte a sus hijos y los hijos vertían la sangre de los padres por una causa que tan justa creían unos como los otros.

Estas discordias tal vez eran aún más grandes, y sostenidas con más furia y rencor, en los pueblos y municipios, y muchas veces presentes dentro del cobijo de una misma familia”.

rancunia segle XIX
Elementos a retener de este siglo que examinamos: baja preparación, ‘sueldos fáciles’, momentos heroicos (emociones y ‘autoestima’), discordias y desencuentros (arrebatos emocionales, muy poco controlados por la reflexión). Hete aquí elementos presentes en la actual Cataluña donde a sus principales líderes, por hablar de las primeras figuras, se les supone un nivel y un saber del que realmente carecen, aparte de dominar las soflamas para arrebatar corazones entusiasmándolos con cuatro entelequias, ninguna comprobación y promesas de cariz infantil.

Muchos de los actuales ‘dirigentes’ que calientan sillones municipales o parlamentarios no pasarían de una primera entrevista en los departamentos de RR HH, y los tenemos —cual castigo divino— afianzados en distintos niveles del poder. ¿Para cuándo un sistema de selección, mediante currículums contrastados y hojas de servicios en puestos de dirección de equipos y empresas, para nuestros futuros gobernantes? ¿Es posible que para adquirir una plaza de directivo empresarial se haya de superar distintos filtros profesionales, mientras que para dirigir una empresa de centenares o miles de funcionarios —como son las administraciones públicas—, cualquier hijo de vecino, sin más currículum que, tal vez, haber encabezado una protesta, pueda acceder a este liderazgo?

Y en lo más actual, los intentos de tejerazo a la catalana —el teniente coronel Tejero en 1981 también quiso cambiar la Constitución sin seguir los mecanismos que la propia Carta Magna ofrece para su modificación— están repitiendo esquemas vistos en el siglo XIX. Así tenemos cantamañanas aspirando a sitios de altura en el poder; estar al acecho del 3% intentando ocultar las manchas negras del inmediato y mediato pasado; intentar otros seguir fruyendo de la caja del Estado… Y también abundan los rencores entre familias; los silencios en mesas de café; las rencillas entre compañeros de trabajo… Un déjà-vu que empieza a repetirse en demasía, mientras que una vez más, soñando con las candilejas del poder o de los nuevos poderosos, se va alejando la posibilidad de la puesta de largo de la nueva revolución industrial. Aquí, sueños de gloria y cantatas de madrugada política; allá esfuerzo y tecnologías robóticas con la inteligencia artificial en vanguardia. Aquí, la inteligencia poca y reposada, no sea que se malgaste.

AI
Hacer gestos y grandes declaraciones es mucho más fácil —ello congenia con su nivel de preparación— que diseñar las grandes líneas para transformar la industria y el comercio de Cataluña, anclados mayoritariamente en modelos made siglo XX, encarrilándolos hacia un modelo de industria red (nertworking industry) y comercio online. Y, complementariamente, gestionar con rapidez el cambio en la formación de los trabajadores del futuro —futuro casi inmediato— que deberán tener una preparación que ha de ir más allá de saber memorizas cosas y mover escobas en la calle.

ANTONI ALBERT (a.k.a @carlesdijous)

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