¡Con todo lo que está sucediendo en el mundo y yo dispuesta a hablar de pequeñeces sin la menor trascendencia!

Hay, entre otras, cuatro cosas que me encantan: los puentes, los faros, el otoño y la niebla. Será por ese côté romántico de mi cínica naturaleza. Sí, porque los seres, paradójicos y plurales en nuestra composición, podemos ser al mismo tiempo, sucesiva o alternadamente, lo uno y lo otro; lo cual no simplifica la relación ni con el prójimo ni con nosotros mismos. Pero no es de la compleja maquinaria del ser humano, en su parte material y espiritual, o como quieran designar la capacidad emocional, intelectual y creativa, de lo que quiero hablar, sino de puentes, faros, otoños y nieblas.

Claro que lo que yo sé de faros y puentes, lo pueden encontrar en Internet y lo que yo siento respecto a ellos es tan subjetivo que me da un poco de corte comentarlo. Me hechizan los puentes y los faros porque mi medio gramo de romanticismo no puede sustraerse al encanto de estas construcciones. Sólo veo en ellos lo que de positivo suponen: acercar, unir, tender tentáculos para el entendimiento entre distintos pueblos, los primeros; servir de guía a los navegantes, los segundos.

Sé que los puentes se han utilizado para invadir, masacrar, desunir, pero no fueron ideados para tal menester; las “necesidades” bélicas históricas se aprovecharon de su existencia o los construyeron con finalidades adulteras antes de que la aviación se convirtiera en arma mortífera adicional y muy eficiente. Lo que no quita para que existan especímenes de indiscutible belleza, tanto antiguos: el Pont du Gar, el Ponte Vecchio o el Tower Bridge, como supermodernos, con tecnologías que quitan el aliento: El Puente Rolling, que se enrolla hasta que sus dos extremos se tocan; El Puente de Oliveira, el primero del mundo en forma de X; el Puente de Agua de Magdenburgo, el más largo de Europa en su género; el puente Millau, más alto que la torre Eiffel, el puente de vehículos más alto del mundo y algunos puentes construidos en China: el Sidhue, el de la Bahía de Qingdao y el Xihoumen, impresionantes, verdaderos milagros de la ingeniería.

Y luego está el humilde puentecillo construido con dos traviesas sobre un riachuelo por donde transitan, haciendo equilibrios, los jóvenes y viejos del lugar para pasar de orilla a orilla cuando el reguero no anda crecido y que, cuando sí, se lleva por delante la pasadera que será nuevamente instalada en un perpetuo ciclo de arrastre y colocación hasta que un puentuco, sin el menor interés, sustituya las vigas tradicionales y el folklore de las sencillas historias de todo lo relacionado con las crecidas del riachuelo desaparezcan de la memoria colectiva.

Y ahora, los faros.

También Google informa ampliamente sobre su historia y enumera desde los más antiguos (el de Sigea, 650 a.C.) a los de última generación. Por cierto, España cuenta con el faro más antiguo en funcionamiento, la Torre de Hércules en Galicia, y uno de los más innovadores, el nuevo faro de Valencia construido con fibra de carbono y de vidrio limitando así su peso a 3000 kilos en lugar de los 21.000 que pesaría si la estructura fuera de acero.

Pero a mí lo que me gusta de los faros es su arquitectura tradicional, porque en los últimos años se han construido pocos faros. Y su ubicación; generalmente se yerguen solitarios, como testimonios pétreos de un tiempo que ya no es, en impresionantes parajes, aislados del tráfago cotidiano. Fueron lo que fueron, reemplazando a las antiguas torres vigías contra piratas, luz guía para aquellos navíos que osaban surcar los mares. Y, sobre todo, me gusta que hayan servido de inspiración a mitos y leyendas de piratas, naufragios, ninfas, entrañables guardafaros solitarios, etc. Aunque ahora su función orientadora no es exclusiva, porque la gente de mar dispone de instrumentos mucho más sofisticados y precisos, siguen cumpliendo su misión.

Cierto que hoy muchas de estas bellas reliquias del pasado, altivas atalayas con su cabeza en las nubes y los pies cerca o en el mismo mar, son monumentos que han tenido que incorporar las nuevas tecnologías para seguir en activo, pero en activo siguen, amigos leales que ayudan al navegante a evitar los peligros en su singladura.

En los faros, vivían los fareros, algunos de ellos con su familia. Incomunicados gran parte del tiempo por el difícil  acceso de los caminos debido a las condiciones climatológicas y obligados a mantener el sistema de vigilancia activo las 24 horas del día, su vida diaria no era ni cómoda ni fácil. Al principio eran dos los fareros que se turnaban para el mantenimiento y la limpieza del faro y el funcionamiento de sus rudimentarias instalaciones luminosas. El libro de orto y ocasos les indicaba la hora exacta en la que el faro tenía que comenzar a dar luz para guiar a los marineros. Pero con aparición de la energía fotovoltaica sólo se necesitaba una persona. En la actualidad, los faros que siguen en uso se controlan de forma automática y a distancia. La figura del farero está a punto de convertirse en obsoleta y hay faros que ya han quedado en desuso; algún excéntrico los ha convertido en vivienda; a veces son oficinas de turismo, restaurantes, hoteles con encanto, bares de copas, pequeños museos de la vida marinera y siempre ventanas abiertas al inigualable espectáculo que ofrece el mar.

Mi deseo más vehemente es que los relatos que les conciernen, las leyendas a las que han dado vida, se perpetúen para goce y disfrute de las generaciones futuras.

Otoño. Soy otoñal, no porque mi vida ha entrado en su etapa senescéncica; siempre me ha parecido más hermoso el otoño que la primavera, que es la estación del año más exhibicionista, excedida y presuntuosa. La sensación, vagamente onírica, de pasear sobre una alfombra dorada y vegetal; bajo una bóveda arbórea multicolor que se resiste a despojarse de su atavío, aunque sus hojas, ya agostadas, van desprendiéndose de las ramas y, bailando con el viento, caen en forma de lluvia para mullir el tapiz que cubre las calles, me produce un placer difícilmente comparable. Además, me complacen los días húmedos y grises y no me incomoda que llueva, incluso en la ciudad. En otoño todo es suave, atenuado, tranquilo; la sangre parece aquietada; es tiempo de recogimiento y meditación, de bienvenido letargo tras los excesos del estío.

La niebla es ese fenómeno atmosférico que consiste en nubes muy bajas, cerca o a nivel del suelo, formadas por partículas de agua de pequeño volumen en suspensión. Pero esta definición no refleja para nada la realidad de la niebla porque cualquier tipo de niebla, sean bancos, bosques nubosos, niebla, baja, alta, helada, tiene el vaporoso encanto de un sueño. Igual que contemplar el fuego, el mar y un campo de trigo, puede mantenerme absorta durante mucho tiempo, igual sucede con la niebla. Porque la niebla, con su capacidad de deslimitar contornos, difuminar paisajes, circundar alcores, oteros, collados y montañas es mágica. Pura poesía. No sé describirla mejor.

Nuria Valldaura
 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s