Toda época de cambios, y de cambios rápidos, es también una época de crisis. De crisis grave. Las cosas que hasta ahora se consideraban perennes, se tambalean y muchas de ellas se desmenuzan. Y mucho de estos hechos tienen que ver con las labores que hasta ahora eran tradicionales. Ahora de tradicional —en el mundo laboral— cada vez hay menos y cuanto más se avance en el tiempo menos habrá de tradicional. El mundo, a pesar de los intentos de cerrar los ojos, ha cambiado y lo está haciendo a gran velocidad.

El gran cambio se inició, si se nos permite ilustrar lo que queremos mostrar, con la llegada del tren —con los nuevos caminos de hierro— en la primera mitad del siglo XIX. Hasta entonces, desde la época de los romanos, y aún antes, los trayectos en las comunicaciones y transportes eran lentísimos. Se dependía de la velocidad de los caballos, de los carruajes, de los arrieros. Y del estado de los caminos; de la existencia o no de puentes; de las riadas. Por ello, lo que se conocía, como mucho, era la comarca. Y era en este ámbito donde se podía hacer —mediante ferias y encuentros festivos— los pequeños negocios de intercambio, el comercio. Para la mayoría de la gente, hasta este siglo XIX del ferrocarril, el mundo se acababa, básicamente, en la cresta de las montañas del horizonte. No salía a cuenta marchar muy lejos llevando ganado o productos de mercado atravesando bosques y montañas porque el día era corto —el viaje era lento, se podría decir— y, además, los bandoleros abundaban.

Con el tren y el barco de vapor las perspectivas visuales y vitales comenzaron a expandirse. Los primeros trenes ingleses comenzaron a circular a 58 kilómetros por hora (1830). Y el barco de vapor superó a los barcos de vela que hasta entonces habían sido los reyes del mar. En 1872 Julio Verne hizo que su héroe, Phileas Fogg, diera la vuelta al mundo en 80 días. Hoy, de Barcelona a San Francisco se necesita menos de 24 horas para llegar. Y de San Francisco a Delhi (India), algo similar. Y si la combinación de vuelos ha sido sensata, en un tercer día podemos volver a estar en Barcelona. El mundo —una vuelta al cual se hace en menos de tres días— realmente ha cambiado. Y ha cambiado porque la tecnología lo ha permitido.

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Pero a pesar de ello, la gente sigue muy a menudo con una mentalidad de comarca —la perspectiva espacial acotada al área geográfica donde se vive y la perspectiva temporal en la etapa vivida hasta ahora. Este es el error más grande que uno puede cometer, ya que realmente —lo hemos ilustrado en el párrafo anterior— las cosas son completamente nuevas. Nunca el mundo, tecnológicamente hablando, había llegado a donde ha llegado en la actualidad y esto tiene y tendrá una repercusión —ocasionará un verdadero terremoto— que si no se dedica una atención profunda a este hecho puede provocar muchos desastres a nivel personal, social y global. La preparación psicológica —y sobre todas las cosas, la preparación profesional— es de una imperativa necesidad y si no se pone el mayor esfuerzo posible se llegará muy tarde en la carrera. Y con ello habrá también una gran repercusión en el mundo de la industria y del comercio.

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¿De qué hablamos realmente? Imposible entrar en detalle sobre las grandes líneas que marcan el más inmediato presente como son la robótica y la automatización de las tareas rutinarias y más mecánicas; la introducción de la inteligencia artificial en muchas de las tareas que hasta ahora estaban en manos humanas; la desaparición de trabajos que empiezan a ser absorbidos por las máquinas inteligentes que van adaptándose a las nuevas situaciones. La inmensa cantidad de dispositivos que estarán en hogares, oficinas y fábricas conectados a Internet —la industria de la internet de las cosas (IOT)—, emitiendo y reciben datos…, nos indica que se está ya en el mundo de las grandes datos (Big data). Y, fruto de todo esto, habrá la desaparición —de forma acelerada— de muchos tipos de trabajo que hasta ahora eran faenas tradicionales, al igual que con la introducción de los grandes depósitos de agua y las canalizaciones de agua corriente hasta los hogares hizo desaparecer el trabajo que retrató Velázquez en el Aguador de Sevilla, así como la ida al gran lavadero del pueblo —el ‘común’, como en algunos lugares se llamaba— para lavar la ropa cuando no había en las casas ni agua ni lavadoras automáticas.

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¿Y los nuevos trabajos cuáles serán? Desde los que se deriven de las ingenierías y profesiones científico-técnicas, hasta aquellas tareas que sepan situarse encima de la rueda digital. Ahí reposa la idea del ser digital. Hay que entender por ello, tener una personalidad profesional que sepa enlazar el trabajo clásico con el mundo digital, y que no se contente con tener un blog o estar presente en redes profesional como LinkedIn. Esto es demasiado superficial. Sino que hablamos del profesional que procura profundizar, crear, indagar, adentrarse, inventar, en definitiva, descubrir intersticios que permitan trasvasar parte del saber profesional del mundo pre-digital a este nuevo mundo que inexorablemente está apareciendo ante nuestros ojos.

London Global leader

El nuevo mundo, el de la era de la digitalización de la realidad, que está a cinco años vista, desde un punto de vista profesional es un mundo que estará abierto a gente bien preparada en las áreas científico-técnicas (no en vano los EEUU ya hace años impulsaron el gran e inteligente programa de la STEM), que sabrán encontrar o hacerse un espacio en el trepidante mundo tecnológico. También habrá lugar para los más aguerridos de otras áreas profesionales (abogados, periodistas, etc.) que no cierren las puertas a su bautismo digital que más arriba hemos insinuado. Y los terceros que están llamados a tener un lugar específico en esta digitalización de la realidad son los artistas, los creativos. La creación es una de las áreas en la que —hasta ahora— la inteligencia artificial, la robótica, no tiene acceso. Y la creatividad será una de las puntas de lanza en el nuevo mercado digital que pronto estará vigente aquí y que ya está dominante ahora mismo en los países más punteros. La inventiva, la creación, la imaginación no tiene precio (en el sentido de que es escasa y no se puede aprender ni enseñar —o, en todo caso, no fácilmente) y el nuevo mundo, la digitalización del mundo —que quiere decir que todo está por renovarse, de un extremo al otro— tiene las puertas abiertas a los artistas y creadores que hoy parecen postergados tras los dibujos y pinturas, y que ¡tampoco! se han dado cuenta de que el nuevo mundo tecnológico tiene y tendrá mucha necesidad de ellos.

ANTONI ALBERT  (a.k.a @carlesdijous)

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