A VUELTAS CON EL FANATISMO

Ya he comentado en alguna ocasión que detesto los fanatismos y, por ende, a los fanáticos. Y que los haya habido siempre no justifica que después de siglos y siglos de pretendida civilización sigan existiendo en todo su esplendor.

Estoy totalmente de acuerdo con Nietzsche (con quien generalmente me identifico salvo en lo referente a las mujeres y con la manía que le cogió a Wagner por sus Maestros Cantores, Tannhäuser y Parsifal. Comprendo, dada su ideología, que estas dos últimas obras con su vertiente religiosa molestasen al filósofo y que la frase esperanzada: Nach Rom! Nach Rom! con la que termina el canto de los peregrinos de Tannhäuser, le pusiera de los nervios, pero considerando que al pobre protagonista de la ópera no le fue concedido el perdón por quien tenía en su mano otorgárselo, solapadamente criticando la conducta papal, las invectivas contra el músico, porque en los últimos años de su vida le dio por decantar la balanza hacia la idea de Dios por aquello de que por si acaso, son un poco exageradas)… Decía que sí, que yo, como Nietzsche, opino que el fanatismo es una enfermedad de la conciencia. El fanático, con su inmoderado arrebato por la creencia que sea, es un demente peligroso, capaz, en nombre de la Idea, de las mayores atrocidades y ejemplos no nos faltan. Pero, además, el fanático, con su monotemismo, es desesperadamente aburrido, desconoce la diversidad y eso, perdonen la flippancy, es imperdonable.

Pocas cosas hay más cargantes que escuchar los panegíricos por este o aquel régimen de adelgazamiento; las proezas de los jugadores del equipo propio al meter un gol al equipo contrario; los intentos de evangelización de cualquier secta: deportiva, artística, religiosa o política, me da igual. Es insufrible.

Sólo le envidio una cosa al fanático y es su apasionamiento; yo, me avergüenza confesarlo, soy una mujer poco acalorada y mis momentos de pasión se han circunscrito siempre a un terreno muy íntimo. Sin embargo, como de osada tengo lo justo, persevero en mantener un inquebrantable rechazo por las pasiones extremas, individuales o colectivas. No me interesan, ni comprendo el frenesí de sus manifestaciones. Es muy posible que yo me lo pierda, pero es que la reflexión me parece bastante más atractiva y donde ésta priva no hay lugar para los desmadres.

El fanático solitario importuna; un colectivo de fanáticos, ya es otro cantar, da miedo.

Quizá si no fomentáramos el culto individual a personajes y personajillos; si en las escuelas se inculcara el respeto por lo que nos es ajeno por diferente; si nos enseñaran a razonar; si no azuzáramos el espíritu competitivo que implica que sólo es bueno ser el primero en todo y siempre (con el consabido by product de las frustraciones); si además del estudio de las ciencias, se incluyese el de la filosofía y las artes para que no creáramos robots convencidos de que la técnica lo es todo; si no proliferasen los regionalismos, provincialismos, patrioterismos de todo tipo, instigados en su mayoría por intereses económicos; si no se nos aturdiera con en constante bombardeo de información innecesaria para el receptor, si … Entonces ese “mejor de los mundos posibles”, según Leibniz, que nos ha tocado en la lotería del cosmos, tal vez sería no el mejor, pero si algo menos convulso y fanáticos y fanatismos pasarían al baúl de los recuerdos.

Soñar es gratis… ¡qué no me oigan los políticos, que igual les doy ideas para un nuevo impuesto; nos colocan un chip y a pagar cada noche según la duración de nuestras evasiones oníricas!

Como me gusta terminar con alguna buena noticia, aunque directamente no tenga mucho que ver con mi artículo, informo a los que aún no lo saben que el parlamento de Mongolia ha decidido, finalmente, abolir la pena de muerte, lo que supone una victoria importantísima para los derechos humanos del país. ¡Ojalá cunda el ejemplo!

 

Nuria Valldaura Micó

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