Por fin ha terminado el aluvión de festejos navideños; ahora queda el numerito de las rebajas, colapsando el tráfico en los alrededores de los grandes almacenes. Y después de los gastos extraordinarios, la mayoría de ellos innecesarios, a los que nos hemos podido resistir porque el marketing, el marchandising, y todos los ings imaginables, ya se han ocupado de hacernos caer en la tentación, llega la letanía de la cuesta de enero que, como cada año, se suele prolongar hasta la primavera. Pero da igual, no aprendemos y seguiremos cometiendo los mismos errores porque el bombardeo mediático, abusivo y omnipresente seguirá embotándonos la meninge, haciéndonos creer que sólo cuando compramos somos alguien.

Las navidades de mi infancia eran algo que se celebraba en familia y tenían poca repercusión social. La costumbre del regalo a terceros, por definir a los que no eran familiares, no era corriente; quizás alguna postal navideña, antes de la invasión de los Christmas, y poco más. La gente se deseaba felices fiestas y punto. Claro que de esto hace mucho tiempo…

No había turrones de gin tonic, de frambuesas, de mojito, de chocolate con marc de cava, de queso, de patatas fritas ¡ugg! ni de salchichas ¡qué asco! Estaban los tradicionales de Jijona, Alicante, Yema y Chocolate. Y el champán, como todavía no había llegado el problema del nombre con los franceses, el cava estaba en el limbo.

En Nochebuena se iba a la Misa del Gallo y la fiesta grande era la comida del día de Navidad, con el plato estrella: Pollo o Pavo relleno. En mi casa siempre hubo árbol y los juguetes los traía Papá Nöel, lo que tenía bastante lógica porque así podíamos disfrutar más tiempo de los regalos recibidos; pero también caía algo en Reyes, generalmente prendas de vestir y zapatos. Y, por supuesto, se ponía el Belén; las figuras de los Magos se movían cada día para ir acercándolas al Portal hasta que, la noche del 5, se colocaban delante del mismo. Y esa misma noche, antes de acostarse, por cierto muy temprano, había que dejar paja para los camellos y agua para los ayudantes de los Reyes.

Y todo ello con la familia al completo.

Pero poco a poco, el formato fue cambiando: llegaron los Christmas; las comidas y cenas de empresa; la “obligación” del regalo social para quedar bien, no por cariño; las salidas después de la cena de Nochebuena y la cena de la Noche de Fin de año (antes Cotillón), festejos para lucir los trajes de fiesta y para ponerse morado de alcohol, a pesar de los controles y el espíritu navideño familiar fue desvaneciéndose, hasta llegar a esta locura colectiva. Y por si todo esto no fuera bastante, resulta que la Navidad se politiza. Los politicastros de turno se apropian de estas fechas para manipularlas a su antojo, destruyendo unas tradiciones que para muchos ciudadanos tienen importancia capital y que se supriman o se degraden las expresiones populares no beneficia ni a los que no participan de esas creencias. Durante muchos años las iluminaciones, los belenes las cabalgatas han sido parte del decorado de los pueblos y ciudades, del folklore del país y no ha pasado nada ¿por qué ahora este empeño en echar abajo costumbres centenarias; es que eliminando ciertos símbolos se va a arreglar el paro la sanidad o la educación, que es lo que debería preocupar a los que ocupan las poltronas del poder?

Así las cosas, creo que el problema, como casi siempre, es el papanatismo, término multivalente que se puede aplicar a muchos comportamientos.

NURIA VALLDAURA MICÓ

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