El gran error de la Unión Europea ha sido no llegar a ser. Es cierto que un proyecto como éste, inédito en la historia, no podía hacerse de la noche a la mañana, pero pronto llevaremos 60 años intentándolo sin haber logrado culminarlo. La Unión Europea se ha quedado en un traje a medida permanentemente hilvanado, con costuras maestras sin zurcir que se revientan cuando el esfuerzo va más allá de posar en la foto de familia.

Esta Europa a medias que, como los gallegos, no se sabe si va o viene, con moneda única y sin política fiscal común, con retos económicos y geopolíticos drámaticos -deuda, terrorismo yihadista, refugiados, inmigrantes…- que no puede gestionar de una manera eficiente, con unos organismos que toman decisiones políticas sin haber sido elegidos directamente por los ciudadanos, con una élite muy políticamente correcta que menosprecia las culturas locales tanto como mitifica las foráneas, a las que permite, gracias a un multiculturalismo bobalicón, elevados grados de impunidad que chocan frontalmente con el principio de igualdad ante la ley. Una Europa, en fin, que abrió grandes esperanzas pero que se ha convertido, en plena era digital y de la intercomunicación global inmmediata, en un mastodonte impotente, incapaz de responder a tiempo a los requirimientos de la realidad. ¿Alguién puede extrañarse que la reacción haya sido el repliegue nacionalista, el crecimiento del populismo y de los extremismos de derecha e izquierda?

Para los que creemos que no hay alternativa razonable a la unidad europea ha llegado la hora -si es que ya no es demasiado tarde- de corregir todos esos errores y culminar de una vez por todas el llamado proceso de construcción europea. Para ello hay que recuperar el terreno perdido. Y ello no se logrará con nuevos elitismos y autoengaños. No sirve de nada ignorar el euroescepticismo poniéndole la etiqueta de fascista. Los partidos euroescépticos, populistas o nacionalistas que han surgido en todos los estados miembros son un peligro, pero en su mayor parte no són nazis ni de extrema derecha. Los hay, ciertamente, pero la mayoría no lo son. Es el caso, por ejemplo, de los populistas holandeses, como señala The Economist:

El enfoque holandés no debe confundirse con una resistencia ideológica a la integración. Es más bien la frustración de los ricos de un pequeño país, que sigue las reglas y no puede soportar a los que no lo hacen. En lugar de alejarse del club, los holandeses quieren que funcione mejor.

La unidad europea no puede consolidarse sin que se asiente en los valores fundamentales en los que se han constituido sus sociedades. Unos valores que no pueden ni relativizarse ni ocultarse ni disimularse. Y mucho menos pueden avergonzarnos. Por ejemplo. Uno de nuestros valores bàsicos es el derecho de asilo. No se puede tratar a los refugiados de la manera en que lo hemos hecho, con excepción de Alemania. Sabemos que no se puede acoger sin límite y que hay que econtrar soluciones alternativas -la primera, acabar con la guerra en Siria- que permita a esas persones estar más cerca de sus hogares, volver a su país y reconstruir sus vidas con total garantia de seguridad. Pero las personas que llegan y reunen los requisitos de refugiado deben ser acogidas en condiciones dignas.

Otro de nuestros valores básicos es la no confesionalidad del Estado. Este debe garantizar a todos los ciudadanos practicar o no su religión o ateísmo en libertad y seguridad. Exige la completa separación entre Estado y Religión, situación aceptada y asumida por la Iglesia católica pero no por el Islam (aunque sí, en la práctica, por muchos musulmanes en Occidente). Esa tentación ‘pública’ de un Islam que todavía no se ha vuelto solube en la democracia, que pide leyes específicas para los musulmanes, que territorializa zonas fieles deslindadas de las infieles, debe ser combatida sin complejos.

Un último, pero no por ello menos importante, de nuestros valores básicos es la igualdad ante la ley. Un principio que no admite excepciones por raza, género, clase o religión pero que durante mucho tiempo ha estado en suspenso para ciertos grupos etno-culturales gracias al multiculturalismo. Lo ha estado en el Reino Unido durante 16 años en los que las autoridades británicas, por no parecer racistas, permitieron el abuso de 1.400 niñas en Rotherham por grupos de paquistaníes. Lo ha estado en Suecia, que en 1975 adoptó el muticulturalismo y que en 2010 alcanzó el segundo lugar del mundo en número de violaciones y agresiones sexuales, tras Lesoto en Sudáfrica. Y lo está ahora, pública y notoriamente, en Alemania tras los acosos y agresiones sexuales de Colonia durante la pasada Noche Vieja. Si no fuese porque la gran dimensión de los mismos los hizo inocultables, no sabríamos nada. Los medios, con la excusa de no exacerbar a la extrema derecha, no hubieran publicado ni una sola línea.

Ante estos problemas, como ante la crisis económica, muchos ciudadanos europeos han creído encontrar respuestas no en las instituciones de la UE sinó entre los enemigos de las mismas. Europa, huérfana de estadistas, salvo tal vez Angela Merkel, está a la defensiva, incapaz de ofrecer la sociedad abierta continental que el futuro nos demanda y el pasado nos exige. Una Europa fuerte en sus principios y valores humanistas.

Si Europa hubiese estado realmente unida en esos valores hoy no estaríamos al borde del precipicio. La Europa Unida sería una realidad. Pero, como decíamos al principio, el gran error de Europa ha sido no llegar a ser.

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