No cabe ninguna duda de que el motor del progreso es la curiosidad; de no haber existido en el hombre ese gusanillo que le impulsa a descubrir lo que se le oculta, a indagar hasta las últimas consecuencias lo que no ve claro, seguiríamos en las cavernas.

La capacidad de asombro y el placer de manifestarse espontáneamente nos distingue del mundo animal regido sólo por el instinto. El hombre piensa, siente, recuerda, elige, pregunta y se expresa según su estado de ánimo; influyen en él emociones y sensaciones que no están determinadas por un rígido código del que no puede escapar. El hombre es, hasta cierto punto, un ser libre sorprendente, en constante evolución intelectual. Y este milagro que se repite todos los días se da con más fuerza en los primeros años, cuando de niños nos adentramos en el vértigo de confrontar la relación del mundo exterior con nuestro “yo” recién descubierto. De manera que es deseable y necesario que se estimule su actividad creadora precisamente en el momento de sus vidas en que la capacidad de asombro, curiosidad y espontaneidad están en su punto culminante.

Los mayores, los adultos, estamos muy lejos de aquellas primeras experiencias rotundas, exultantes y opulentas; a partir de cierto momento todo se repite y si bien es cierto que nos ha tocado vivir en la época de los múltiples hallazgos científicos y de los inventos espectaculares y que hoy somos capaces de contestar a una serie de preguntas que siglos atrás no tenían respuesta, no lo es menos que nada es comparable con el fenómeno de la capacidad de asimilación, elevada al más alto exponencial, de nuestra infancia. Y es bueno y, por ende, recomendable, que todo el cúmulo de sensaciones recién estrenadas, de conocimientos recién descubiertos, de la imaginación desbordándose por los estímulos que recibe constantemente, tenga una válvula de escape, un medio de expresión; así que es imprescindible fomentar en los niños el amor a las artes desde que tienen capacidad de comprensión.

El mundo está lleno de colores y formas; de sonidos: palabras, música; de armonía… ¡Qué nuestros escolares dibujen, pinten, escriban, bailen o aprendan a tañer un instrumento! Con sus trazos y frases; mediante el manejo de unos pinceles, la combinación de los juegos de palabras o sonidos y la euritmia serán capaces de expresar todo su mundo fantástico, mágico, sus anhelos, esperanzas, ilusiones, o incluso miedos; los reflejarán en unas cuartillas o en una concentración de formas y colores, capturados en un espacio que no es real. Y cuando esto suceda, oigámosles. Prestemos atención. Nos regalan fantasía.

En certámenes organizados por juntas municipales, en colaboración con grandes almacenes, algún texto y bastantes de los dibujos presentados, apuntaban a unas dotes artísticas que sería lamentable se perdieran, se quedaran en nada, en el camino.

La formación escolar deja poco tiempo para el cultivo y ejercicio de las aficiones. Las formas de vida actuales, tan dependientes de este invento, magnífico o terrible, que es la telefonía y la televisión y sus derivados, acaparan mucho más de lo que es aconsejable del ocio de los estudiantes de cualquier edad, por tanto es conveniente que se les ofrezcan alternativas para que ese ocio no se convierta en una pérdida de tiempo, que una vez malgastado es irrecuperable y puedan, por medio de una actividad divertida y atractiva, iniciarse en los gozos del espíritu, cosa que en la actualidad, con la desmesurada servidumbre a la especialización técnica, es cada vez más difícil.

Los padres trabajan; las escuelas están saturadas; los planes de estudio colmados de asignaturas que hay que aprobar; el alumnado en general es indisciplinado, rebelde o apático; los profesores no dan abasto y al camino del placer que depara el disfrute del Arte en cualquiera de sus manifestaciones, ya citadas, se llega con mucho retraso y a los jóvenes, al no tener costumbre, les supone un esfuerzo extraordinario.

Desde el principio. El mejor momento para empezar es cuanto antes. Para que ellos y ellas se familiaricen con las maravillas de la creación artística que los hombres han ejecutado, y de la que tan orgullosos podemos sentirnos, es preciso empezar con los primeros pasos de la enseñanza, paralelos a ella. El amor a las artes se debe promover al tiempo que se aprenden las tablas de multiplicar, si es que todavía se aprenden, o su equivalente.

La iniciativa de las juntas municipales al organizar los certámenes a los que aludía para que los niños y los no tan niños se comuniquen y nos comuniquen sus secretos, aspiraciones, su alegría de la vida, su sentido de las cosas, demostró muy buen criterio y una sensibilidad poco común. Sería ventajoso para todos que el ejemplo se propagara más allá de la circunscripción de los distritos y que Madrid, España entera (si es que conseguimos mantenerla unida y que no se nos convierta en los Reinos de Taifas) destinara tiempo, dedicación y algunos dineros (que mejor empleados estarían que otros muchos desaparecidos en faltriqueras conocidas y en otras todavía sin identificar) a despertar vocaciones en los escolares, que son el caldo de cultivo de donde van a surgir los nuevos Cervantes, Goya, Quevedo, Zurbarán, Antonio y Antonio Gades, Tamara Rojo, Plácido Domingo, la Caballé, etc. porque está muy bien disponer de una nutrida cantera de ingenieros técnicos en todo, pero no olvidemos que son igualmente necesarios los poetas del pincel, de la palabra, del pentagrama o del movimiento rítmico y que están ahí, a la espera de ser descubiertos, ocultos tras los balbuceos que nos presentan cuando les damos la oportunidad.

No hay labor más meritoria que abrir horizontes, descubrir caminos, entregar llaves, iniciar andaduras que mantengan en perpetua tensión a las fuerzas de la imaginación, sin las cuales toda creación es imposible.

¡Ojalá de entre los escolares de hoy surjan en el futuro hombres y mujeres que unan a su formación universitaria la capacidad de disfrutar de la poesía del universo y de traducirla artísticamente. Y que sus muestras precoces, maduren y se conviertan en riqueza que a todos enriquece porque el tesoro de la humanidad está formado por la contribución a las artes de las obras de los grandes genios que también un día fueron niños y comenzaron pintando un barco, un pájaro o un caracol; cantando en un coro, bailando en los actos de fin de curso de los colegios o escribiendo un cuento que empezaba así “Érase una vez…”!

Nuria Valldaura Micó

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