El momento actual es preclaro. Las señales, de arúspices. Las crónicas del presente poco atendidas. Las por venir, sangrantes. El momento, terrible. Ya lo describió Salviano, sin saberlo. Sí, Salviano; aquel Salvianus massiliensis. Salviano de Marsella. Aquel escritor de finales del imperio Romano que murió riéndose (“Perit ridendo“), poco después del año 470 dC.

Salviano nos dejó por escrito, casi punto por punto, una descripción de nuestra época. De nuestro más inmediato presente. De nuestro derrumbe. Pero su obra fue muy poco consultada y así nos va. Ganó en el ranking de la época La Ciudad de Dios (412-426) de Aurelio Agustín, nuestro San Agustín, escrita a remolque del saqueo de Roma por los bárbaros a las órdenes de Alarico en el agosto de 410. Eran tiempos bárbaros, de grandes cambios, de crisis y de gran inestabilidad política. Casi como ahora.

¿Qué nos dice Salviano? En su crónica, casi periodística, apunta que “en medio de estas circunstancias se saquea a los pobres, gimen las viudas, se pisotea a los huérfanos, hasta el punto de que muchos, y no nacidos de oscuro linaje sino habiendo recibido una educación esmerada, huyen hacia el enemigo para no morir ante el azote de la persecución pública; buscan junto a los bárbaros la humanidad romana, ya que junto a los romanos no podían soportar la bárbara inhumanidad. Y aunque disientan en la lengua, incluso disientan en el olor mismo de los cuerpos y de los atavíos de los bárbaros, prefieren, a pesar de todo, aguantar en medio de los bárbaros una civilización distinta, que entre los romanos una cruel injusticia. Por tanto, a los godos, o a los bagaudas o a otros bárbaros que gobiernan en todas partes, emigran y no se avergüenzan de haber emigrado. Prefieren vivir libres bajo apariencia de cautividad que bajo apariencia de libertad ser cautivos“.

¿Qué cabe destacar de ello? Que la cuna civilizatoria ya no arropa suficientemente. Sus mimbres son flojos. La educación no sirve; ya no ayuda a subir peldaños sociales. Sólo hay posibilidad de huida hacia lo exterior. Hacia lo bárbaro. Actualicemos la narración: ¿Cuántos europeos no han marchado, y están marchando, hacia nuestros actuales bárbaros, los bárbaros del Estado Islámico, ISIS, ISIL o Daesh? ¿Cuántos van abandonando estos barrios que olvidaron tener horizontes y vías de salida y se lanzan a la barbarie?

Pero Salviano no nos habla sólo de los bárbaros (aquellos enemigos exteriores), sino también de los bagaudas, que aparecieron con la crisis. ¿Quiénes fueron los bagaudas? Estos eran integrantes de bandas que participaron en rebeliones —las revueltas bagaudas— que se dieron en el Bajo Imperio romano en la Galia y en Hispania, principalmente en el siglo V. Estas revueltas fueron, en algún momento, muy cruentas; se llegó a matar al obispo de Tarazona (año 454), apoderarse de Zaragoza y al saqueo de Lérida. Estos grupos estaban formados por campesinos, libres o serviles, esclavos huidos, indigentes, colonos que huían del fisco, en suma gente que estaba gravemente afectada por la grave crisis económica vivida en la última etapa del Imperio.

¿Quiénes podrían ser los bagaudas actuales? Veamos. ¿Quiénes son los que se sienten más alejados del sistema? ¿Quiénes son los que a pesar de sus más o menos estudios no encuentran un trabajo que les permita acercarse al nivel económico imaginado y fomentado desde los medios de comunicación? ¿Quiénes son los que han ocupado viviendas inhabitadas, centros municipales no utilizados y han transformado estos lugares en zonas de refugio, encuentro y organización grupal? ¿Quiénes los que ahora atisban alguna cuota de poder político para llenar alguna arca? Seguro que varias respuestas vienen a nuestras mentes.

Así pues, a nivel interno, la disfunción que existe entre el presente de las personas —la mayoría con una preparación insuficiente y en ningún caso absorbible en la presente coyuntura tecnológica— y sus aspiraciones retributivas prometidas desde un poder y una enseñanza complaciente —aquella del “progresa adecuadamente”, sin exámenes ni exigencia de esfuerzo intelectual—, es alta. Y lo grave es que más lo será con la inminente revolución de las máquinas inteligentes, de los robots, que está al caer. Hay un amplio número de futuros bagaudas que provendrán de aquella parte del mundo laboral que está en declive. No se les ha recomendado, en ningún momento, la necesidad de reciclarse —y de hacerlo constantemente. Si se dice que el cambio tecnológico es acelerado, se ha de ser muy ciego para no darse cuenta de esa necesidad de actualización profesional; como mínimo al mismo ritmo.

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El empuje tecnológico —con la robótica, la computación inteligente, los trabajos con gran carga en ciencia de datos (big data; data scientist) — está marcando la línea de separación de grupos sociales con o sin futuro laboral. Y esta línea, si no se toman medidas urgentes —que no quiere decir subvenciones de ayuda, ya que sólo postergan el problema—, será cada vez más difícil de cruzar.

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Hay otro texto histórico, en los albores de la primera revolución industrial, que también puede ser muy ilustrativo. ¡Parece que está describiendo, en parte, nuestra época! Escrito en 1839, el historiador alemán Wilhelm Wachsmuth (1784-1866) apunta lo siguiente: “Por una parte es satisfactorio ver cómo los ingleses adquieren un rico tesoro para su vida política del estudio de los autores antiguos, aunque éste lo realicen pedantescamente. Hasta el punto de que con frecuencia los oradores parlamentarios citan a todo pasto a esos autores, práctica aceptada favorablemente por la Asamblea, en la que esas citas no dejan de surtir efecto. Por otra parte, no puede menos de sorprendernos que en un país en que predominan las tendencias manufactureras, por lo que es evidente la necesidad de familiarizar al pueblo con las ciencias y las artes que las favorecen, se advierta la ausencia de tales temas en los planes de educación juvenil“.

La ciencia y la tecnología, no hay duda, que está cambiando y lo hace velozmente. Lo que es una rémora es la parte más humana de todo ello. Las señales, como se puede ver, son claras. Las indicaciones, también. Soluciones urgentes, en espera. La ceguera, en aumento. El resultado, previsto.

ANTONI ALBERT  (a.k.a @carlesdijous)

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