¿Vale la pena levantarse cada mañana para echarle un pulso al devenir y seguir enfrentándose a la realidad cotidiana?

El panorama es desolador. En política, ya que todos son tan listos y conocen la solución a los problemas de la ciudadanía, no comprendo cómo hemos llegado a este caos; en economía los gurús de Wall Street, del FMI, de los distintos mercados y bolsas internacionales, tan preparados ellos, nos han llevado a la ruina, excepto a unos pocos, los mismos de siempre, que “a rio revuelto…” ya saben. En el ámbito artístico, como no hay nada nuevo que merezca la pena, lo “in” es cargarse lo establecido. Teatro al revés, ópera desmitificada y sacada de contexto; en cuanto a la música  y la pintura ¡válgame Dios y que me perdonen los fanáticos de los “ismos”! parece ser que la entronización de la disonancia sigue estando de moda, al igual que llenar los lienzos de trazos inconexos y sin estructura, pero titulándolos arteramente con fórmulas pseudo matemáticas, versos sueltos de algún poema de Ezra Pound o rocambolescos ripios. ¿La novela? Entre la falsamente histórica, la gore, la romanticoide y poco más, el inventario es descorazonador; hay excepciones, oasis que se agradecen entre tanta sequedad, pero son las menos. ¿El lenguaje? ¡Cómo hablamos, cómo escribimos; qué asesinato del idioma, qué desconocimiento de la sintaxis, qué pobreza de vocabulario, qué desastre!

¿Sigo? El cambio climático, los refugiados, los conflictos bélicos acá y allá que no acaban, los asesinatos de periodistas, las matanzas a manos de fanáticos religiosos, las primaveras que no han llegado a veranos, por ejemplo la árabe. Afganistán, Egipto, Siria, Oriente Medio, Oriente Lejano, sí, pero no menos conflictivo. Asesinos a sueldo. Las amenazas del nuevo Islam. El Sr. Trump, tan moderno él, casi casi, como el Sr. Iglesias ¿o prefiere camarada Iglesias?; los dictadores, los paramilitares, los niños soldados, las niñas prostitutas a los diez años, o menos; el zika, los desmadres de la nueva gastronomía ya anticuada, pero persistente en su manía de deconstruir los alimentos y los snobs que la siguen; la cutrez, el adocenamiento, el imperio del feísmo, la mediocridad intelectual; el sistema ineducativo, la Sanidad amenazada, la obscenidad del lujo en los tiempos que corren. Motivos suficientes para darse la vuelta, taparse con la manta hasta las cejas y pasar de todo.

Pero luego me da un ataque de reflexión y me digo ¿tengo derecho a quejarme cuando la mitad de las razones expuestas para no querer enfrentarme a un nuevo día sólo las sufro de segunda mano? Es decir, no soy una refugiada, todavía. Aunque entre todos se hayan empeñado en empobrecernos y lo hayan conseguido, yo puedo comer tantas veces al día como lo desee o, incluso, permitirme el lujo de dejar de comer porque no quiero seguir acumulando gramos en mi figura. Si bien es cierto que la oferta de la buena literatura es cada vez más escasa, puedo dedicar tiempo a esta afición y disfrutar del placer de la lectura olvidándome de lo publicado recientemente y acudiendo al acervo cultural de los siglos que nos han precedido y escuchar música enlatada cuando me apetece, o armarme de valor y presenciar en directo alguna ópera pese a lo descerebrado de su presentación escénica y no pongo ejemplos por no repetirme porque en otro artículo ya aludí al dislate que supone un Cid en el siglo XVIII, un Rigoletto en Las Vegas, Lohengrin en Baviera con tejanos y construyendo una casa en escena, Il Trovatore en una sala de estar y en el siglo presente, o alguna Carmen como para salir huyendo, entre otros muchos igual de absurdos.

Cierto que el terrorismo islámico, o el pretendidamente tal, puede atacarnos en cualquier momento, pero hay otras amenazas igualmente probables con las que convivimos sin prestarles mayor atención: las enfermedades, los accidentes automovilísticos, la contaminación, la manipulación de alimentos y prendas de vestir con un alto índice de toxicidad, etc. Y, aunque ningún gobierno de ningún estado tiene las manos absolutamente limpias, aquí no sufrimos las patadas en la puerta de nuestras casas en la madrugada para llevarse detenidos a miembros de la familia; aún podemos criticar lo que nos viene en gana y este país, de momento, no es la versión moderna del far west donde todo se dirime a golpe de pistola. Nos guste o no, tenemos un sistemas bastante democrático en el buen sentido de la palabra, esta pobre palabra tan abusaba y mal usada, que casi ha perdido su significado primigenio.

Y me doy cuenta de que para lidiar con la rutina del día a día tengo casi más motivos que para no hacerlo y más si le sumo los de carácter afectivo: los familiares queridos, no siempre lo son todos, pero esto sería otro artículo que no viene ahora al caso y los buenos amigos, muy pocos, pero incondicionales.

O sea, que mientras el cuerpo aguante y sobre todo la mente, pues eso, a seguir en la lucha, y agradecida por todo o que podría perder y sigo disfrutando, porque la tan ansiada paz y tranquilidad la tendremos sobrada una vez fenecidos.

 

NURIA VALLDAURA MICÓ

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