Los restos de la izquierda que naufragó con la caída del muro de Berlín han sido reflotados a la superficie en las aguas agitadas por la crisis económica y financiera. Y lo han hecho como caricatura populista y vergonzante de un ideario marxista-leninista enterrado en el lodo de la historia.

Esos desperdicios, ese desguace ideológico, se presenta como algo radicalmente nuevo y -¡cómo no!- radicalmente democrático. Desencantados por el poco fervor revolucionario de la clase obrera y escarmentados por los fracasos de la lucha armada en países altamente desarrollados, o con un cierto nivel de desarrollo, han aceptado de momento cambiar las balas por votos. Un cambio que sería digno de elogio si no fuera porque solo entienden los votos como balas.

Su objetivo, con urnas o con pistolas, sigue siendo el mismo de siempre: tomar el Palacio de Invierno para imponer a todos los ciudadanos su modelo de sociedad, su modelo económico y su modelo de ‘democracia’. Un modelo en el que el sujeto revolucionario ya no es tanto la clase trabajadora como un conglomerado variopinto tejido de retazos de feminismo, ecologismo, liberación gay y lesbiana, antimilitarismo o autodeterminación. Un modelo que acepta transitoriamente las reglas del juego hasta que, tarde o temprano, se llega a la ruptura inevitable con la democracia liberal y el Estado de Derecho, gracias al cual la izquierda populista ha podido expresarse, organizarse y llegar al Gobierno.

Este planteamiento ni es nuevo ni original. Lo intentó en Chile Salvador Allende en los primeros años setenta del siglo pasado con el resultado de todos conocido; chocaron con él los intelectuales del eurocomunismo en los ochenta y posteriormente fue desarrollado como neopopulismo postmarxista por el matrimonio de profesores argentinos Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. La izquierda puede renunciar a sus medios tradicionales como la lucha armada y optar, redefiniendo al ‘sujeto político transformador’, por la vía electoral para alcanzar el poder, pero no puede renunciar a sus fines, que no son otros que liquidar el estado burgués y su democracia formal.

Actualmente, un discurso parecido se escucha en Chile. El profesor Fernando Atria, miembro del equipo de Bachelet para una Nueva Constitución, se ha empeñado en lograr la convocatoria de una asamblea constituyente a fin de poder crear, mediante una nueva Constitución, un modelo de sociedad que supere ‘la democracia formal’, rompa con los pilares del desarrollo chileno de las últimas décadas y abra las puertas a la búsqueda de ‘una sociedad donde la riqueza, la democracia y la cultura sean socializadas’, como dice el Manifiesto de la Izquierda Socialista, la corriente de opinión del Partido Socialista de la que Atria es figura emblemática.

Atria cree que existe una institucionalidad ‘tramposa’ que impide, mediante ‘los vetos de la minoría’, todo cambio verdaderamente profundo. Por ello, ‘el problema constitucional chileno es algo que tendrá que resolverse por las buenas o por las malas‘.  En palabras de Mauricio Rojas: “Es decir, como ‘por las buenas’ no es posible crear una Constitución genuinamente nueva habrá que hacerlo haciéndole trampa a la ‘institucionalidad tramposa’ en vigor y actuando de una forma que se salga de su radio de acción, pero sin caer en una abierta ilegalidad. Es lo que Atria llama ‘volar bajo el radar del derecho’, en una zona gris entre legalidad e ilegalidad”.

La revolución izquierdista ha pasado del ‘hard’ al ‘soft’ pero, como se ve, solo aparentemente. Han cambiado de táctica y de actores, pero su estrategia, su objetivo, no ha cambiado. Siguen haciendo el mismo diagnóstico de la realidad, las mismas críticas al sistema y siguen dando, aún que con menos coherencia, las mismas fallidas alternativas de siempre. Siguen en su tediosa necedad, sin querer aceptar que la democracia liberal ha dejado obsoleta a la revolución y que la política es una actividad limitada.

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