La historia humana es bastante triste. Es muy probable que nos encontremos ante uno de los seres naturales más débil y espantadizo que hay. En especial, ante el funcionamiento de la naturaleza o del orden de como van sucediendo las cosas.

En una primera etapa, el individuo humano recurrió —sin dudar, y desde el primer minuto— al arbitrio de las divinidades, de las malignas sobre todo, al objeto de sustraer su propia responsabilidad ante los maleficios que su conducta acarreaba —en especial debido a su ignorancia, cosa explicable en las primeras etapas de su historia. Así, las enfermedades, los contratiempos físicos o psicológicos, las dolencias del ganado, las catástrofes naturales —los aguaceros, los desbordamientos de los ríos, los mares embravecidos, por no referirnos a los terribles terremotos o a las erupciones volcánicas—, todo eso y parecidas cosas, fue asignado a la voluntad de los dioses. Entiéndase aquí a la voluntad de alguna divinidad maléfica o de alguna benéfica que quería poner a prueba la fortaleza de los hombres. Este período fue muy largo y podemos decir que llega casi hasta hoy mismo, pues en algunas áreas aún perdura esta atribución de males.

Con el paso del tiempo ha habido avances en saberes, en técnicas, en posibilidades de conocer cómo funcionan las cosas, como funciona la naturaleza, tanto la propia como la de aquella naturaleza que queda más allá de nosotros mismos. Pero a pesar de todos estos avances enciclopédicos que quedan patentes en las tecnologías que tenemos al alcance, a pesar de ello, el individuo (la mayoría) sigue siendo un individuo débil, desganado, sin atrevimiento, y entonces todo lo negativo que le pasa lo atribuye a alguien ajeno a él. ¿A quién?

Hoy el tema de las divinidades ya no funciona tanto. Se ha devaluado mucho esta entidad y el nivel de creencia ha bajado del mundo sobrenatural a un mundo mucho más palpable. Pero sí que se ha encontrado un relevo, un sustituto. Hoy el papel de Dios se atribuye al Estado. Es el Estado, el gobierno de turno, el responsable de todas mis penurias, sobre todo aquellas que derivan de mis problemas económicos.

¿Que no tengo trabajo? ¡La culpa es del Estado que no hace gestiones para que tenga! ¿Que tengo poca preparación? ¡La culpa es del sistema educativo que en su momento no supo promover y estimular mi interés hacia el estudio!

¿Que tengo una carrera —de periodismo, por ejemplo— y continuo en paro? ¡La culpa es del poder que hace lo imposible para que algunas salidas profesionales no existan! No es que en su momento yo no supiera analizar cómo estaba el mercado de algunas salidas profesionales o no lo hice. ¡No! ¡Es el Estado quien me lo tiene que resolver todo! ¡Que para eso existe!

¿Que he fumado mucho en mi vida y ahora tengo los pulmones destrozados? ¡El Estado, su servicio sanitario, debería resolverme este problema! ¿Que me he adentrado en alta mar haciendo maravillas con mi barquilla, se ha levantado una tormenta y me ha expulsado de la barca? ¡El Estado, su servicio de seguridad, tiene que solucionarme las cosas y me ha de socorrer desde el primer momento!

Queda claro que se atribuye al Estado un poder casi total de la misma manera que siglos atrás se atribuía a Dios la omnipotencia. He aquí, otra muestra de la tendencia al infantilismo del individuo humano. Tendencia a querer huir de todo aquello que huela a responsabilidad. ¡Fue tan agradable el mundo de la infancia! ¿Quién no quiere volver a él?

 

ANTONI ALBERT  (a.k.a @carlesdijous)

 

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