No sé lo que opinaría Camus de esta tropa de jóvenes indignados, capitaneados por Pablo Iglesias, versión desaliñada en chándal y chancletas de hommes révoltés tan progres que no han superado a Bakunin, Arnold Ruge, Malatesta o Nettlau entre otros…

¡Vaya! Ya he caído en mi propia trampa porque si yo opino que lo mejor es que dejemos de hablar de Pablo Iglesias y sus patochadas, salidas de tono, agresiones verbales, apología de la violencia, ensalzamiento de criminales y políticas antidemocráticas, por mucho que se llene la boca con el súper abusado vocablo progresismo, que entonado por él huele a tufo decimonónico ¿por qué empiezo este artículo hablando de él cuando ya no soporto sus exabruptos? Pues porque estoy convencida de que el silencio sería la mejor defensa contra sus ataques. No entiendo cómo puede ser el niño bonito de mucha de nuestra Prensa un orador que se repite constantemente, que defiende lo indefendible, que miente cada vez que abre la boca proponiendo una serie de “reformas” que recuerdan al estalinismo más radical, que se ha permitido agredir verbalmente con el chusco estilo barriobajero que le caracteriza a un compañero periodista. ¿Por qué convertirlo en  noticia de primera página? ¿Por qué representa algo distinto de lo corriente, aunque no necesariamente mejor y sirve para llenar las columnas de los periódicos, cada vez más delgaduchos por la falta de publicidad y la competencia de Internet? Las travesuras de los niños, no por ello menos peligrosas, se comentan y se castigan pero no se glorifican. No olvidemos que lo fácil es criticar, atacar o destruir, cuando lo verdaderamente progresista es respetar, llegar a acuerdos o construir.

Que haga o diga lo que le parezca, pero no entremos al trapo y hagamos lo que se hacía en su venerada unión soviética, o actualmente en Venezuela cuando algo o alguien resulta incómodo… apliquemos la ley del silencio en lo que a él se refiere, ignorémosle, es lo que se merece. Que proselitice, ya que no se puede evitar, en sus clases en la universidad; lo lamento por sus alumnos, pero que sus diatribas dejen de ser comentadas en los medios de información como si fueran el maná salvador. Ya sé que lo que yo sugiero no va a ser posible porque, aunque Pablo Iglesias no esté de acuerdo, vivimos en una democracia activa, quizá no la más perfecta, pero infinitamente mejor que el paraíso democrático que le gustaría instaurar en España y en el que a personas disidentes del establishment, como lo es el ciudadano Iglesias, no les permitirían expresarse con la libertad que él disfruta en nuestro país.

NURIA VALLDAURA MICÓ

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