Las reacciones al informe Chilcot muestran hasta qué punto Tony Blair se ha convertido en el chivo expiatorio de una clase política que, incapaz de defender las razones que la llevaron a apoyar la guerra de Irak, elude su responsabilidad gracias a la crucifixión del que fuera el líder del Nuevo Laborismo.

Blair, que no se desdice de su decisión, fue la niña de los ojos de la intelectualidad y de los medios de comunicación cuando llegó como un mesías al número 10 de Downing Street en 1997. El líder de un New Labor que defendía, con el aplauso entusiasta de la progresía, la ‘injerencia humanitaria’ en la soberanía de los estados cuando estos vulneran los derechos humanos. Ese era el caso del Irak de Saddam Hussein, un régimen que había utilizado agentes químicos y biológicos contra su propia población y que tras 15 años de incumplir las resoluciones de la ONU sobre sus programas de armas de destrucción masiva y de jugar al gato y al ratón con los inspectores se convirtió en una amenaza imprevisible después de los atentados del 11S.

El peligro era evidente, pero en realidad nadie sabía a ciencia cierta cuál era el arsenal de ADM de que disponía Saddam en ese momento. Y no se sabía por qué los servicios secretos occidentales, durante décadas concentrados en la Unión Soviética, no disponían de agentes infiltrados en los regímenes de Oriente Medio. Se sabía, gracias a informaciones facilitadas por distintos desertores (incluídos unos cuñados de Saddam), que Irak había fabricado y usado armas químicas y biológicas y que disponía del conocimiento, la tecnología y las instalaciones necesarias para hacerlas en cualquier momento.

Eso llevó a los servicios secretos a construir hipótesis, cuándo no fabulaciones, más o menos racionales para justificar su incompentencia en esa parte del mundo. La invasión corroboró que había existido un programa de ADM pero no encontró ningún almacén con esas armas ensambladas y a punto de ser filmadas por las cámaras de televisión de todo el mundo. Las armas habían desaparecido, destruidas por el propio Saddam, ocultadas o ‘exportadas’. Pero ya sabemos que la verdad no existe si no puede mostrarse por televisión.

Esa ausencia de ADM en activo no hizo menos justo y necesario el derrocamiento de Saddam, pero evidenció que tal vez no era tan urgente. La intervención condujo a una cruel y larga guerra contra la insurgencia que finalmente perdió Al Qaeda, pero que la precipitada retirada ordenada por Obama dejó en la cuerda floja. Sin embargo, Blair es el único culpable de todo. Un malo de película, una caricatura sacada de su contexto histórico y político.

Un contexto en el que se olvida que 244 parlamentarios laboristas y 139 conservadores votaron a favor de la guerra de Irak. Se olvida que 557 diputados británicos, contra 13, votaron por bombardear Libia en 2011. Y que se olvida que 1999 el Reino Unido participó en los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia durante la Guerra de Kosovo. Unos bombardeos que se realizaron también sin autorización previa del Consejo de Seguridad de la ONU.

¿Por qué se criminaliza, pues, a Blair por la guerra de Irak y no por los otros conflictos? Pues porque las intervenciones militares en Yugoslavia y en Libia tenían el apoyo de la internacional mediática y la de Irak, no. Puede parecer redículo, per es así de simple. El Reino Unido tiene necesidad de demostrar justícia y transparencia, de quedar bien con el mundo. Especialmente ahora, tras el Brexit.

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¿Qué es el Informe Chilcot?

El informe Chilcot es una investigación exhaustiva que ha tenido lugar durante los últimos siete años sobre la decisión del Reino Unido para ir a la guerra en Irak en 2003. Se centra en las decisiones políticas tomadas entre 2001 y 2009 relacionados con el período previo a la intervención del Reino Unido, la propia acción militar y las secuelas del conflicto.

Principalmente, lo que el informe Chilcot pretende es averiguar qué lecciones importantes para el país se puede aprender de la invasión de Irak y cómo éstas se pueden aplicar en el futuro.

Entre 2009 y 2011, se tomó declaración a los políticos que fueron miembros del gobierno laborista que tuvo el Reino Unido durante la guerra, así como altos funcionarios militares y diplomáticos. Entre los políticos se encuentran el ex primer ministro Tony Blair, su ex ministro de Asuntos Exteriores, Jack Straw, y Gordon Brown.

¿Por qué se ha hecho esta investigación?

La investigación Chilcot se puso en marcha debido a la decisión del Reino Unido de invadir Irak junto con los EE.UU. y otros países en una de las decisiones de política exterior más polémicas de la historia del país. 217 miembros del parlamento votaron en contra de la intervención militar, incluyendo varios miembros del gobierno laborista que dimitieron en señal de protesta, entre ellos el ex ministro de Asuntos Exteriores, Robin Cook. 396 diputados votaron a favor de la guerra.

En el transcurso del conflicto, un total de 179 militares británicos murieron y decenas de miles de civiles iraquíes perdieron la vida. La intervención fue exitosa para poner fin al reinado del brutal dictador Saddam Hussein, pero no pudo lograr la estabilidad en la región. Hoy, Irak sigue siendo uno de los países con más problemas de la región.

El argumento principal citado por Tony Blair para ir a la guerra fue que Irak poseía armas químicas y biológicas. Sin embargo, tras la caída de Saddam, solo se encontraron restos de los antiguos programas de armas de destrucción masiva (ADM) así como la capacidad para fabricarlas de nuevo, pero no se pudo demostrar que en ese momento Irak tuviese operativas ese tipo de armas. Eso echó una capa adicional de duda sobre la legitimidad de la invasión.

¿Quien ha hecho la investigación?

La investigación fue encargada a Sir John Chilcot, que la ha presidido durante todos estos años. Los otros miembros del comité son Sir Lawrence Freedman, Sir Martin Gilbert, Sir Roderic Lyne y la baronesa Usha Prashar.

¿Por qué ha tardado siete años en ser completado?

El tiempo que ha durado la Investigación Chilcot ha sido objeto de intensas críticas. Se señala a menudo que la evaluación ha durado más tiempo que toda la guerra.

La etapa inicial fue una serie de audiencias públicas en las que Blair y Straw, junto con los comandantes militares y diplomáticos, fueron cuestionados. Éstas terminaron en febrero de 2011. Sin embargo, todo se retrasó por un enfrentamiento entre el Comité de Investigación y el gobierno británico sobre la conveniencia o no de publicar material clasificado, lo que provocó gran malestar entre los familiares del personal que murió en el conflicto.

¿Cuáles serán las consecuencias?

Activistas contra la guerra han pedido desde hace tiempo que Tony Blair sea juzgado por crímenes de guerra en el Tribunal Penal Internacional (TPI). Sin embargo, aunque se espera que el informe Chilcot condene enérgicamente las decisiones de Blair entre el 2001 y 2009, no está claro que el TPI pueda juzgar a Blair.

Por otro lado, el informe puede tener importantes consecuencias en la crisis que actualmente se está desarrollando en el partido laborista.

Jeremy Corbyn se mantiene como líder a pesar de que la gran mayoría de sus propios parlamentarios le piden la dimisión. Corbyn es un firme opositor de la intervención militar y votó en contra de la invasión de Irak en 2003. Angela Eagle, que está a la espera de lanzar un desafío al liderazgo de Corbyn si no dimite, votó a favor de la invasión de Irak.

Vía Business Insider

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