Excepcionalment, publico un post en espanyol -enlloc de fer-ho com sempre en català- perquè es tracta d’un text que em va encarregar la Semana Negra de Gijón 2016 per incloure en el llibre-catàleg de la SN que enguany s’ha dedicat a Enric Sió.

Aquest llibre no es posa a la venda, es reparteix gratuitament als assistents a la taula rodona que clou la Semana i se’n reserven uns quants exemplars per l’arxiu de l’organització, Institutos Cervantes, etc.

És per aquest motiu, i en el marc de la meva lluita per reivindicar la figura del gran artista que va ser Sió, que trenco una de meves regles no escrites, publicar en català, per donar a coneixer, una mica més, a la perdsona que s’amagava rera l’artista.

En mi baño tengo linestras rosas

¿Se puede saber qué haces?, pregunta mi voz interior harta de que la tenga sentada delante del ordenador escribiendo y borrando los mismos párrafos una y otra vez. Le respondo, malhumorada, que intento escribir un texto sobre Enric Sió. Y que no me sale.

Últimamente, y por distintos motivos, he escrito varios textos sobre Enric -ya sé que como periodista debería haber escrito Sió y no Enric, pero ahora escribo no como profesional sino como su mujer y no me sale usar su apellido para referirme a él. A pesar de no saber nada de cómics, me piden aportaciones personales, que cuente cómo era Enric, no el autor sinó la persona, que rescate anécdotas de nuestra vida en común que ayuden a entender la personalidad de quien marcó un antes y un después en la historia del cómic.

Y tengo la sensación de haberlo dicho ya todo: que describir a Enric es muy difícil porque era muchas cosas a la vez, todas superpuestas en capas como en un cuadro de Feininger y mezcladas entre sí como en un Dry Martini perfecto, pero no quiero dejar que esta fantástica ocasión se me escape de las manos sin aprovecharla para contribuir a reivindicar la figura de quien hizo -realizó, decía él- novela gráfica antes de que ese término se acuñara; de quien publicó en catalán durante la dictadura franquista usando la brecha que abría una publicación -Oriflama- ligada al Obispado de Vic, primero, y después al Jordi Pujol de la Banca Catalana y a Antón Cañellas, a pesar de ser anticlerical hasta la médula, tanto que se permitía utilizar la institución para sus fines, y a pesar de ser contrario a todo aquello que quería representar lo que luego fue Convergencia i Unió, aún declarándose catalán por encima de cualquier otra cosa -“Io sono basicamente catalano” dijo en una de sus primeras entrevistas en su exilio italiano poniendo de manifesto no sólo su catalanidad sino también su por entonces escaso dominio de una lengua que acabó por ser una de las suyas- cuando este concepto de catalanidad -que entonces aún era catalanismo- parecía ser patrimonio de la democracia cristiana de nuestro país, siendo él el más de izquierdas de la clase; de quien no sólo provocó con sus declaraciones sinó que osó también experimentar con recursos técnicos diversos y por ello se ganó en algunos sectores la fama de “copiador y calcador” mientras que en otros se le aclamó como a un visionario avanzado a su época y a un genio que modernizó el concepto formal de una página de cómic.

Tal vez por alguna de estas cosas, tal vez por todas ellas, o tal vez por alguna otra, Enric no triunfó en su tierra. Fue una “celebrity”, sí, en el sentido de que acaparó páginas de prensa escrita y minutos de radio y televisión cuando no había ningún otro dibujante mediático. También en eso se adelantó a su tiempo, pero a efectos prácticos, de poco le sirvió. Le conocían, sí, pero eso no fue suficiente para que llegasen, en vida, los encargos profesionales, ni después de su muerte, los reconocimientos. Y con el tiempo, su nombre fue cayendo en el olvido salvo en círculos muy íntimos o muy especializados que no le daban de comer. Volver a Catalunya después de su paso por Italia y Francia -dónde se reconoció su talento y su capacidad para crear o recrear historias e ilustrarlas de modo magistral- no le hizo ningún favor profesional. Pero Enric echaba de menos los cipreses y las calas de Cadaqués. Y nunca se imaginó que su vuelta a casa sería tan deprimente que acabaría abandonando la novela gráfica y evolucionando hacía la fotografia, la realización de espots y que, finalmente, volvería al periodismo gráfico como él gustaba de llamar a sus colaboraciones en “El Perdiódico”, primero, y en el “Avui”, después.

Te estás repitiendo, me advierte la voz. Y le respondo que sí, que tiene razón, que ya sé que todo eso lo he dicho antes, pero la ignoro y sigo con lo mio.

Que sea la Semana Negra de Gijón quien le haga este homenaje a Enric coincidiendo con la llegada de la fecha premonitoria de “Lavinia 2016”, considerado el primer cómic político del estado español, y que nunca, ninguna institución catalana se haya molestado en recordar la figura de Enric dice mucho de la Catalunya en la que vivo. Cuidado, me advierte la voz, estás a punto de criticar a Catalunya. Y yo respondo que no, que sólo a esa Catalunya que no honra a sus artistas -ni tan siquiera a los que han recibido galardones internacionales suficientes como para acreditar su valía. Pero sé que ahora mismo Catalunya necesita de todo nuestro apoyo y que cualquier crítica, por mínima que sea, puede ser entendida como una traición. Pienso durante un rato si estoy dispuesta a airear los trapos sucios fuera de casa y decido que mayor traición sería no hacerle justicia a Enric.

Para justificar a mi país podría decir que tal vez esté esperando a alcanzar los objetivos nacionales por los que estamos luchando para, entre otras cosas, recuperar a quienes han contribuido a hacer de nuestra tierra una más grande. Podría ser que, ocupados como estamos con la necesaria creación de las estructuras de estado que nos permitan autogobernarnos, hayamos dejado en la carpeta de pendientes el homenaje que Enric se merece. Podría servir de excusa y entiendo, además, que el país esté por delante de cualquiera de sus ciudadanos, vivos o muertos, pero, en el fondo, sé que una cosa no quita la otra. Escudarme en el proceso para disculpar a Catalunya de no haber sabido o querido homenajear a Enric es demasiado complaciente. No lo ha hecho y punto y ahora es la Semana Negra de Gijón quien le brinda el homenaje que debería abochornarnos a los catalanes, sí, y que me abochorna, en mi calidad de catalana, pero que también me llena de orgullo en lo referente a mi faceta de salvaguarda de su nombre y su obra.

Pues dile a la Semana lo contenta que estás, me dice la voz, que se sepa. Y sí, estoy más que contenta de que a casí mil quilómetros de casa, una organización como la de la Semana Negra de Gijón -con la que Enric nunca tuvo ninguna vinculación, se haya puesto manos a la obra desde hace más de un año para poner en escena -como le gustaría a Enric este término- esta magnífica exposición, esta mesa redonda integrada por amigos y la edición de este catálogo exquisito. Gracias Gijón, gracias Ángel de la Calle. Gracias en nombre de Enric y de todos los que pensamos que la cultura es una aspecto primordial de nuestras vidas.

Llegados a este punto, respiro hondo, ya está, ya tengo el texto escrito, y le digo a la voz que me acompañe a ponerme gotas en los ojos. Delante del espejo de mi cuarto de baño recuerdo el día en que Enric me cambió la luz cenital blanca por unas linestras laterales de color rosa salmón. Llevaba días quejándome de tener mal aspecto, cara de cansada -madre mia, a la edad que tenía yo entonces- y Enric lo arregló cambiándome la iluminación. ¿A que ahora estás mucho más guapa?, me preguntó y añadió que la “trampa” no era tal porque la luz rosada no me embellecía sinó que era la blanca la que me afeaba. Pero la realidad es la que es, dije yo, práctica como siempre. No hay más realidad que la que cada uno se crea y tu realidad ahora es que estás muy guapa. Si te sientes guapa, te comportas como guapa, la gente te ve guapa y entonces el mundo es mejor.

Vaya extrapolación, pensé yo, pero Enric era así. Si algo puede definirle, quizá por encima de cualquier otra cosa, era su búsqueda constante de la belleza. De su particular concepto de la belleza, de acuerdo, pero belleza al fin y al cabo puesto que ésta se encuentra, según una leyenda en griego del siglo III antes de Cristo, en el ojo del espectador. De esta vida dedicada a encontrar y plasmar la belleza deja constancia no sólo su obra sino los objetos de los que se rodeaba: una preciosa lámpara de Jujol, diversas esculturas de tamaño reducido pero de factura modernista impecable, fotografías de Lauren Hutton y mapas del Cap de Creus adornando las paredes de su estudio, libros sobre túnicas griegas, sobre columnas griegas, sobre cualquier aspecto de la cultura griega -una cultura que él prefería en mucho a la romana- camisas blancas de hilo, impolutas siempre, camisetas negras minimalistas, el icónico cenicero de André Ricard, discretos ramos de flores de primavera o de tulipanes, un vaso con el logotipo de Bocaccio, las obras completas de Oscar Wilde, música de Johann Sebastian Bach, muebles italianos de los años sesenta, un juego de té por el que hubiesen suspirado muchas inglesas, un encendedor de plata y latón que compramos carísimo en Heidelberg sólo porqué era bonito… todo conviviendo en un caos comprensible sólo para él que creaba, sin embargo, una ilusión de estar más allá del común de los mortales. Su mundo era bello, y también culto y exquisito y también refinado y preciosista. ¡Era tan duro intentar estar a su altura! Yo ni tan siquiera entendía por qué se había fijado en mí. De todos modos, debo reconocer que Enric llevaba su vida con una tal apariencia de nonchalance que conseguía que todo ello, a pesar de intimidarte de entrada, acabara resultándote tan cómodo como si te estuvieses moviendo entre la normalidad más absoluta. Y es que él hacía de la excepcionalidad, cotidianidad.

Y trabajaba como vivía, para él no eran dos cosas distintas, una sólo era extensión de la otra. Sus obras podían ser tan opresivas como “Mara”, tan truculentas como “Mis Miedos”, tan futuristas como “Aghardi” o tan obsesivas como lo eran todas ellas, pero siempre hermosas, bellas. Mara, el personaje, es el paradigma de la belleza. Villa Hélios, despojada de sus connotaciones y desde el punto de vista arquitectónico, la casa ideal en la que hubiese querido vivir.

Y a pesar de que Enric fue el eterno Peter Pan, el niño que para no envejecer decidió morir joven, para él la belleza no era sólo juventud aunque pueda parecerlo a primera vista.

Yo animo a quines no conozcan la obra a observar con detenimiento cada uno de los rasgos de la protagonista de “Cadaqués”, una anciana hermosa, preciosa, cuyos rasgos están tomados de una persona real, Carmeta, a quien Enric sacaba los colores cada vez que iba a Cadaqués y gritaba bajo su ventana que se asomase, que había llegado su novio.

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