No cabe la menor duda de que siempre han existido personajes capaces de crear y vivir su propio mito, convenciendo y arrastrando tras de sí a una legión de fervorosos seguidores. Alejandro Magno, Gengis Khan, Napoleón o, en el próximo pasado siglo, Hitler son algunos de los ejemplos por antonomasia. Pero hay otros tal vez menos conocidos y no por ello menos dotados de esa capacidad de fascinar incluso a preclaras mentes a las que se les supone, en principio, el raciocinio suficiente para no dejarse encandilar ni por verborreas ni puesta en escena. Algunos, como Dalí, fueron genios que se reinventaron a sí mismos para seducir al personal sin que ello tuviera ninguna consecuencia negativa. Otros, sin embargo, utilizaron esa habilidad en beneficio propio y perjuicio ajeno. Tal es el caso del, en su día, carismático presidente de USA, Theodore Roosevelt, “Teddy”, (adelantándose, aunque solo de boquilla, al populismo) uno de los mejores relaciones públicas de todos los tiempos. Un hombre capaz de proyectar una imagen que nada tenía que ver con la realidad de sus intenciones, pero que consiguió obnubilar a casi toda la población, al ejército y a los intelectuales y que tuvo la osadía de saltarse las leyes vigentes para llevar a cabo sus proyectos que, por su desconocimiento de la historia y cultura de otros países, esparcieron la semilla de la desconfianza y el resentimiento hacia Estados Unidos.

Sus discursos precedieron en 60 años a los de Hitler, pero se pueden equiparar ambos por sus contenidos y lo más llamativo es que fueron aplaudidos entusiásticamente por militares, representantes de la iglesia y renombrados escritores que aleluyaban cada frase como si de la Biblia se tratase.

Todo esto me viene a la memoria, gracias a un interesantísimo libro “The Imperial Cruise” escrito por James Bradley, que desmonta el mito de este presidente a quien la historia siempre ha presentado como un gran estadista, un político respetuoso con las leyes, preocupado por los problemas de países “colonizados” Cuba, Filipinas, Hawái, a los que había que ayudar a librarse de los yugos colonialistas que les mantenían oprimidos, cuando la realidad es muy distinta.

Teodoro Roosevelt fue un ser ególatra, exhibicionista, indocto, mal padre; un hombre que ocultó al Congreso y al Senado de los Estados Unidos decisiones que no debía tomar en solitario; un espíritu imperialista donde los hubiera. Convencido hasta extremos inconcebibles de la supremacía de la raza blanca anglosajona, sólo comparable, una vez más, a Hitler para quien las limpiezas étnicas eran un imperativo ineludible, se arrogó la misión de “civilizar” al resto de razas haciéndoles acatar lo que él proponía y eliminarlas si no obedecían sus mandatos, maquillados de preocupación por la salvación de sus almas cuando no eran otra cosa que intereses económicos.

¿Les suena la excusa para masacrar indígenas en Sudamérica cuando llegamos allí los españoles con la cruz redentora y el resto de invasores que les siguieron?

El tratamiento que sufrieron los indios americanos es repugnante. El paso de Roosevelt y el de sus hombres, por Cuba, Filipinas, Hawái dejó un reguero de muertos y de odio que se exacerbaría con el paso de los años y en el caso de Japón se materializaría en su entrada en la segunda guerra mundial. Como diplomático, dada su escaso conocimiento de los países con los que se relacionó, metió la pata hasta el mismísimo corvejón. El libro aporta datos estremecedores que durante años permanecieron velados al público y que el autor ha dado a conocer, incluyendo algunas fotografías espeluznantes de las torturas y masacres infligidas a los nativos de los territorios “liberados”.

Y considerando que la nación americana, o parte de ella, ha elegido a Donald Trump como su presidente y, aunque no haya empezado su labor presidencial hasta el 20 de enero de 2017, por sus declaraciones xenófobas, sexistas, homofóbicas, racistas, etc. me atrevo a crear un paralelismo entre ambos presidentes. Cierto que han pasado algunos años y que, en teoría, ya no está de moda el frontier man retratado con un rifle, pero los sentimientos negativos que provoca la otredad sí siguen estando latentes y sólo falta que alguien con poder los instigue y los apruebe para que afloren en toda su capacidad destructiva, llámense Ku klux klan o como se denominen en estos momentos los grupos más ultra de la ultraderecha nacionalista.

¿Tendrán el Senado y el Congreso norteamericano bastante fuerza para contrarrestar las delirantes propuestas de su presidente, hombre de escasa cultura general y política que se atreve a opinar sobre todo aquello que desconoce, por ejemplo de Europa, con la contundencia de los ignorantes?

No olvidemos que USA no es Nueva York, Washington, Chicago, Boston, San Francisco, y, tal vez, Miami y que la América profunda tiene mucho que ver con nuestro Puerto Hurraco; que la incultura, el derrumbe del sueño americano, la crisis económica que también les afecta, la destrucción de las Torres Gemelas, constatando a su pesar que son vulnerables como nunca antes lo habían sido, sufriendo en sus carnes lo que ellos infligieran fuera de sus fronteras; el orgullo desmedido por su nacionalidad y el desprecio más o menos velado por el resto de la humanidad, son caldo de cultivo para aceptar como razonables, necesarias e incluso morales propuestas por insensatas que sean si vienen de su presidente y más cuando lo que propone es reavivar el espíritu de aquel trasnochado frontier man, todo virilidad y el lema de Monroe “América para los americanos”.

¿Cómo es posible que haya llegado a presidente de los Estados Unidos de América, crisol de libertades, con una Constitución modélica, semejante esperpento, un hombre que parece la caricatura de sí mismo, que tiene la sensibilidad de un cocodrilo y los modales de un mafioso?

Yo no entiendo nada, cada vez menos y me desconcierta el desmorone de lo que sucede en la actualidad con la política en todo el mundo. Cada vez se parece más a una ciénaga y los políticos… casi ninguno puede presumir de aquello de la erótica del poder porque en su mayoría son patéticos y lo que es peor, peligrosos. Y confirmando lo que digo tenemos lo de Erdogan amenazando a la Unión Europea con enviar a todo sus refugiados si no le apoya en sus deseos de convertirse en mandamás absoluto. Y de momento Europa calladita… ¡Ug, qué asco!

Nuria Valldaura

 

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