Jordi Pujol ha sido el Donald Trump de Cataluña. Pujol comparte con Trump una personalidad fuerte, desacomplejada y autoritaria. Ambos están convencidos que la imagen que han construido de sí mismos resulta más atractiva que los gestos impostados por un asesor de imagen. Los dos son nacionalistas. El uno, de la nación (aún) más poderosa de la tierra. El otro, de no se sabe muy bien qué.

Pero hay una diferencia importante entre ellos. El discurso personal y político de Trump no se presta a confusión, no necesita disfrazarse de ‘liberal’ o de Hillary Clinton para obtener más apoyos, no engaña a (casi) nadie. Pero Pujol, sí. Durante muchos años, Jordi lució un bronceado ‘progre’ que le identificaba como simpatizante del ‘modelo socialdemócrata sueco’, como ‘europeísta’ convencido más que como nacionalista catalán o como el autonomista singular que salvaba la estabilidad de España. Pero sobre todo, Pujol fue el gran hipócrita que nos engañó a (casi) todos presentándose como faro de la moralidad política y personal.

Pujol gobernó Cataluña como quién administra una finca particular. Como un padre padrone que procura ante todo por la família, la propia. Y si sobra, para la familia de los demás, en orden y fila india. Pujol, a pesar de su pose abierta y europeísta, ensimismó a la sociedad catalana, la vampirizó haciéndola cada vez más parasitaria del poder político y fomentó su narcisismo tribal a niveles sin precedentes.

Pujol destruyó, paradójicamente, la independencia de la sociedad civil catalana, plural y cosmopolita, para uniformizarla y asentar sobre ella los cimientos de su poder. De su poder personal, del poder de la Generalitat autonómica o del futuro poder de una hipotética República catalana. Es la paradoja que va de la independencia del rebaño al rebaño independiente.

Tuvimos lo que nos merecíamos. EEUU tiene ahora lo que se merece.

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Derrotada y deprimida la corrección política, los deplorables han alcanzado sus primeros objetivos

En su discurso de toma de posesión como 45 presidente de los EEUU, Donald Trump dijo lo que había dicho durante la campaña electoral y lo que sus seguidores querían escuchar. Pero lo dijo mucho mejor, sin su caótica oratoria habitual. Se erigió como presidente indiscutible de los trabajadores, de las clases medias venidas a menos, de los pobres y de los deplorables. Tanto, que hubo momentos en que me pareció estar escuchando a Fidel Castro o a su caricatura celtibérica, Pablo Iglesias.

Sin embargo, a pesar de sus llamadas optimistas a hacer América grande otra vez, su discurso me pareció más nostálgico que esperanzado. Más que andar por nuevos caminos hacia un futuro brillante pero imprevisible, Trump desandaba el viejo camino para regresar a un pasado que ve esplendoroso y seguro. A un pasado que siempre parece mejor, aunque pocas veces lo haya sido.

Esa vuelta al pasado, ese supuesto regreso a la medicina del útero materno protector, puede ser peor que la supuesta enfermedad de la globalización. Pero para avanzar en la historia algunas veces es necesario dar un paso atrás. ¿Será este el caso? No tardaremos en saberlo. Y puede que las noticias no sean buenas. Como pasó con Berlusconi.

De momento, sin embargo, sí hay una cosa positiva: el fin institucional de la corrección política. O dicho de otra manera: el principio del fin de ‘30 años de imposición de cuestiones convertidas en moral para hacerlas indiscutibles‘. Eso se acabó. Derrotada y deprimida la corrección política, los deplorables han empezado a alcanzar sus primeros objetivos.

 

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