Puesta a desmontar mitos, ahora me voy a meter en camisa de varias varas intentando, como autores con más predicamento que una servidora hicieran en su día, acabar con la pretensión de que los gobiernos son entidades no obligadas a acatar las leyes que coercen al resto de las instituciones humanas y que su exclusiva misión es el acrecentamiento del poder por cualquier medio a su alcance, haciendo suya la pretendida frase de Luis XIV L’état c’est moi.

Perversa falacia que los políticos abrazan de buen grado, ahí tenemos a Trump, Ásad o Putin, por citar los más aparentes de nuestra actualidad, paradigma de lo que debería ser trasnochado absolutismo, pero que lamentablemente sigue vigente; y el pueblo, al que desde la infancia se le entrena disimuladamente a través de la ¿educación? para obedecer las órdenes que vienen de arriba, ha terminado por admitir como un mal inextirpable.

La manipulación de la mayoría de los ciudadanos acostumbrados a seguir las directrices de sus dirigentes, sin plantearse la legalidad de las mismas o sin poder hacer casi nada contra ellas, alcanza el máximo de vileza cuando el gobierno y el estado se desvinculan de cualquier control o límites institucionales y atacados por virus expansionistas, los nacionalismos- uno de los males de los que alguien dijo, no recuerdo quien, que sus mitos serán juzgados en el futuro tan malvados y destructivos como fueron las guerras de religión- o la necesidad menos heroica y más prosaica de dar salida a sus stocks de armamentos deciden en nombre del honor de la patria o de la solidaridad con países más débiles: embargarlos, atacarlos o invadirlos; maquillando la razón económica subyacente con panfletadas travestidas de ayuda y protección para esas naciones.

Desgraciadamente ejemplos no nos faltan en nuestro siglo, que no podemos calificar de las luces y sí de las tinieblas, en el que la desmesura intervencionista de los estados poderosos se traduce en actos bélicos o ucases desprovistos de ética cuyas consecuencias afligen a una gran parte de la humanidad.

En estos tiempos en los que los códigos morales prácticamente han desaparecido- demostrando que, como en las épocas que nos precedieron, no merecemos buenas notas en la asignatura “civilización”, otra utopía al parecer inalcanzable porque en cuanto a capacidad para extorsionar, sojuzgar, amedrantar, torturar o eliminar al prójimo nos llevamos la palma- el poder como un fin en sí mismo, y no como un medio, es un incentivo al que cuesta resistirse tanto más cuando su ejercicio no se ve frenado por ningún límite legal y, por lo visto, el placer que produce es incomparable a cualquier otro.

Decía Protágoras que el hombre es la medida de todas las cosas y Nietzsche que el superhombre no está sujeto a ninguna ley moral; ambas aseveraciones encajan perfectamente con la percepción que el individuo fuerte y poderoso tiene de su persona y que ejerce el poder arbitrariamente y en beneficio propio y no encaminado a la consecución de ese bien común del que hablaba Santo Tomás de Aquino y que no es sino una entelequia y una hermosa palabra para utilizar en los discursos del tirano de turno (léase cualquier jefe de estado de cualquier país porque, unos más y otros menos, todos acaban intentando saltarse a la torera las limitaciones de la ley*).

Sería conveniente acabar con la creencia de que la irresponsabilidad moral de los gobiernos y de los estados es inherente a su naturaleza, pero no parece ser que se haya avanzado mucho en este terreno y veo poco probable que esto suceda dado que la gente sufre de pantallitis aguda; la banalidad preside tertulias, seminarios, reuniones, meetings y tête à têtes y la tecnología ha desbancado casi por completo a la filosofía olvidando que ella es la madre de todo conocimiento.

* Tema este de la Ley que merece capítulo aparte; porque cuando las leyes son partidistas, obsoletas, amorales o inhumanas ¿qué se puede o debe hacer para enmendarlas o derogarlas? y si ello no es posible ¿hay que seguir acatándolas o rebelarse contra ellas?

NURIA VALLDAURA MICÓ

 

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