No puedo precisar, con precisión, en que momento preciso me adentré en la senda del desencanto jalonada por las noticias de todas las corruptelas, grandes y pequeñas, que ha conformado, y conforman, la historia de la política española de los últimos años; no importa la ideología ni el partido al que pertenecen los que las practican porque, para desgracia y vergüenza de nuestro país, esta gentuza está en todas partes.

Como a todo se acostumbra uno, tampoco puedo precisar, con precisión, en que momento preciso tal estado de cosas dejó de sorprenderme, aunque no de indignarme, puesto que a diario se destapaban nuevos delitos, que esto es lo que son semejantes conductas, más imperdonables todavía en quienes se dedican a la res publica en beneficio propio, aprovechándose de las oportunidades que les brinda el ejercicio de su profesión de privilegio y, para más inri, en la mayoría de los casos sin que lo justifique la necesidad y no quiero decir con esto que condone malversaciones, acaparamientos, prebendas ilegales, distracción de fondos, sobornos, etc. en ningún caso, pero cuando el motivo es la mera avaricia entonces es absolutamente inexcusable y repugnante. Claro que yo fui educada por mi padre en un concepto del honor y la rectitud muy distinto de lo que se lleva hoy en día.

Por uno de esos surrealismos que tiene la vida, papá estuvo encargado, en el campo de concentración donde era prisionero, de parte del avituallamiento del mismo. Disfrutaba de pases y permisos para viajar y disponía de medios para realizar las compras necesarias. En una ocasión un proveedor le regaló una pluma estilográfica Parker de plata; papá al llegar al despacho de su capitán se la entregó junto, como era habitual, a todas las facturas pertinentes. El capitán le miró con asombro y no la aceptó, le dijo que se quedase con ella. Pocas semanas después otro proveedor le hizo una proposición: si le encargaba a él todo el material necesario del pedido, en vez de acudir a varios proveedores, le daría a mi padre un pequeño porcentaje. Mi padre contestó que se lo compraría todo a él si el tanto por ciento ofrecido lo descontaba del total del importe. Cuando muy encantado consigo mismo por haber conseguido el descuento se lo le contó al capitán, éste le miró por encima de las gafas y le dijo textualmente “Burro”, a pesar de lo cual mi padre no aprendió la lección. Un hombre que se consideraba obligado por la palabra dada y el apretón de manos que la sellaba… Eran otros tiempos.

Pero volviendo al tema de mis imprecisiones, en estos momentos sí sé perfectamente en que instante preciso he vuelto a subirme por las paredes hecha un basilisco como, imagino, la mayoría de mis compatriotas y ha sido cuando se han dado a conocer las sentencias que han recibido algunos de los muchos condenados por sus flagrante corrupciones y que adornan con sus titulares las cabeceras de los periódicos y son señuelo de las ciento de inútiles tertulias televisivas.

Y estoy que trino, y no puede ser de otro modo, cuando leo que a Rato, no merece siquiera el calificativo de señor, sólo le han caído cuatro años o así y cuatro años en prisión en un régimen que, supongo, no tendrá mucho que ver con la del resto de los reos… Es que una es muy mal pensada. Y peor, pero que mucho peor, es el trato exquisito que recibe Undargarín, ganas me dan de quitarle hasta la mayúscula, el antes yernísimo y ahora cuñadísimo que, sin tener ni siquiera que pagar fianza, seguramente no pisará la cárcel (y eso que ¡manda narices! y perdonen la vulgaridad le permitieron, incluso, elegir en qué centro penitenciario deseaba cumplir condena y el mozo, naturalmente, ha preferido cumplirla en su domicilio) y pasea su cínica sonrisa por Suiza tan ufanamente. Es pues un agravio comparativo con los que sí la pisarán, seguro que durante poco tiempo por aquel eufemismo de la buena conducta (que sería la primera vez que la practicasen) y que deja a la ciega Justicia todavía más ciega. Y me asalta una pregunta muy ingenua ¿los encargados de aplicarla han estado en el caso del marido de la infanta (quien también debería pagar o por colaboración en los delitos) sujetos a presiones del tipo que sea y por parte de quién y ese quien, o quienes, tiene tanto predicamento para que los jueces agachen la testuz y acaten unas órdenes a todas luces injustas, o es por voluntad propia que han llegado a tales decisiones? Creo que prefiero no saberlo para que no me dé un ataque de asco.

NURIA VALLDAURA MICÓ

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