El populismo es la consecuencia -no la causa- de la interminable construcción europea

En el mercado de las ideologías se ha disparado la oferta de definiciones del populismo, de su inconsistencia teórica y sus peligros políticos. Comparto algunas de ellas. Sin embargo, muchas se quedan en meras imposturas que solo persiguen obtener una etiqueta que identifique al nuevo malvado de turno. El enemigo intrínsecamente malo que haga innecesaria la autocrítica, que nos exima de responsabilidad y que nos reafirme en la comodidad intelectual de saber que estamos en el lado correcto de la historia. En Europa, ese enemigo no es otro que el populismo euroescéptico.

La primera impostura que salta a la vista es que bajo la etiqueta populista no solo se ubican manifestaciones políticas muy distintas y contradictorias sino que se las asimila indiscriminadamente a ideologías de extrema derecha, fascistas o nazis. Cosa que es falsa en muchos casos. La segunda impostura es considerar sistemáticamente como ‘nacionalista’ todo repliegue hacia el estado-nación. Es cierto que hay mucho nacionalismo redivivo en el archipiélago populista, pero la nostalgia por el viejo estado-nación no proviene solo del identitarismo sino también del confortable cobijo democrático que proporciona. Al fin y al cabo, la democracia y el estado de derecho se construyeron sobre los cimientos del estado-nación, mientras que las decisiones tomadas en espacios más amplios -la UE, la ONU, la OTAN, la OMC…- siguen escapando al control democrático directo de los ciudadanos.

Hace casi veinte años, Ralf Dahrendorf ya constataba con preocupación que no había señales de ninguna democracia digna de ese nombre fuera del Estado nacional.

¿Qué le pasa a la democracia cuando los asuntos y las decisiones emigran desde el Estado nacional a espacios políticos para los que no disponemos de instituciones adecuadas? En los estrictos términos de nuestra definición, la respuesta tiene que ser por fuerza: la democracia se ve menoscabada. Es difícil incluso identificar qué “gobiernos” son responsables de determinadas decisiones en el campo de la economía o la seguridad, e imposible destituirlos por medios constitucionales. No hay un ámbito público real en el que se pueda mantener un debate estructurado sobre las actuaciones en cuestión. La comunidad de ciudadanos no existe como comunidad. Así, internacionalización significa invariablemente, y al parecer inevitablemente, pérdida de democracia. Lo que no se puede hacer en el seno de los Estados nacionales deja de tener que rendir cuentas ante los ciudadanos con derecho a voto que se mueven en el marco de una constitución de libertad. La democracia vive y muere con el Estado nacional.


Estas son declaraciones drásticas y quizá indebidamente dogmáticas. Entre todo tipo de objeciones es lógico que surja una pregunta en la mente de los ciudadanos de la UE: ¿Qué hay de la Unión Europea? ¿No es en potencia, y cada vez más en realidad, un ejemplo de democracia más allá del Estado nacional? No lo sé. A veces se dice de broma que mientras la Unión Europea exige a sus nuevos miembros instituciones democráticas para ingresar, ella no sería admitida si lo solicitase.

Pues bien, este es el meollo de la cuestión: no hemos sido capaces de construir en 60 años una democracia europea digna de ese nombre. Eso, y no el populismo, es la causa de fondo que ha llevado a la UE a las puertas del fracaso. El populismo, en todo caso, es su consecuencia.

¿Y por qué no ha sido posible una democracia europea? Por la resistencia de la mayor parte de la clase política de los estados miembros a ceder su poder. El suyo, como clase política, y no solo el de la soberanía nacional, a la que representan y a la que utilizan como coartada, no siempre con fundamento.

Ese interés personal y político por mantener sus cumbres de poder ha impedido culminar la arquitectura institucional de la UE y formar un gobierno común elegido por el conjunto de la ciudadanía europea. Un gobierno que habría podido hacer frente de manera rápida y efectiva a dos de las mayores crisis de la historia comunitaria: la crisis financiera y de la deuda y la de los refugiados y la inmigración masiva.

Al mercado único, el euro y la libre circulación debió seguir la unión fiscal, presupuestaria y política. Pero no ha sido así y ahora parece imposible. Cansados del alejado e interminable proceso de construcción europea, muchos ciudadanos han acabado viendo la UE más como problema que como solución. Nunca Europa había tenido tan poco futuro. Se lo ha dado a los populistas.

 

THE CATALAN ANALYST

 

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