Al día siguiente de mi llegada, estábamos todos sentados en el porche que da al jardín del vecino, lleno de glicinas, tomando un aperitivo para disfrutar de un día primaveral que parecía de verano, cuando me di cuenta de que faltaba el pequeño limonero que siempre había vivido delante del murete que separa las dos propiedades y que, si bien nunca llegó a convertirse en árbol frondoso y ubérrimo desde que lo trasplantaron procedente de la casa de mis padres y cada vez era más escuchimizado y menor el tamaño y número de limones que recogíamos, formaba parte del paisaje. Cierto que la última vez que estuve en casa de mis hijos ya estaba el pobre muy de capa caída, pero nunca imaginé que podría dejar de formar parte del entorno habitual.

Mi padre lo plantó el día que nació su nieta, mi hija; hubiera cumplido 56 años en julio. Pero no ha sido así. A principios del verano pasado empezó a languidecer y no hubo manera de que se recuperase; el dueño del garden que se ocupa de todo lo relacionado con el jardín y huerto opinó que no había nada que hacer, que estaba muerto y que era mejor arrancarlo de raíz. Y así se hizo.

Cuando me lo dijeron, me quedé unos instantes sin poder reaccionar, mi mirada se cruzó con la de mi hija y me asaltó un pensamiento terrible: Ella tampoco cumplirá 56 años.

Y es que a mi hija le diagnosticaron en mayo del pasado año, un cáncer de ovario. Al saberlo, le envié esta nota: Un poderoso ejército de células asesinas ha invadido la estructura corporal, que tú describes como la cajita que te contiene, dispuesto a destruirla. No lo conseguirá.

Aunque con algunas bajas, ya has superado el primer asalto de este furioso enemigo que pretende minar tus defensas. Te queda por delante una azarosa travesía llena de escollos que pondrá muchas veces a prueba tu entereza. No va a ser fácil, pero, gracias a tu fortaleza, una a una, irás ganando todas las batallas que vas a librar para ganar la guerra y alzarte con la victoria. Eres fuerte, más de lo que te imaginas, joven, valiente y tienes muchas razones, de dos y cuatro patas, para tirar de ti en los posibles tropiezos.

Estamos a tu lado, te queremos y te necesitamos y nuestro amor te acompañara en cada paso. Haremos cuanto esté en nuestras manos para que el camino hasta tu completa curación sea llevadero.

Por ti y por nosotros, échale valor y no te rindas.

Pero hasta el presente, no ha respondido ni a las dos intervenciones quirúrgicas ni a los sofisticados tratamientos de quimioterapia recibidos en la clínica Quirón, que se supone es la mejor de Europa y, no obstante, sí que está sufriendo todos los efectos secundarios de los mismos.

Comprendo lo absurdo de equiparar la desaparición del arbolito con la dolencia de mi hija, pero por irrazonable que sea, no he superado la inquietud y el sobresalto que me causó. La incertidumbre ante la posibilidad de su recuperación es constante y el temor a que no sea capaz de soportar todo lo que le queda por delante es un dolor y una intranquilidad permanentemente. Y la muerte del pequeño limonero que nació con ella no facilita las cosas en mi cerebro, posiblemente, también enfermo a causa de la angustia de no poder hacer nada, de la impotencia ante un destino tan cruel: asistir al deterioro de una persona antes tan llena de vida y ahora sacando fuerzas de donde no las hay para seguir luchando. Y saber que lo único que podemos ofrecerle es todo nuestro amor y estarle agradecidos por la entereza con que ha enfocado su vía crucis personal.

Cada vez que miro el hueco que ha dejado el arbolito, que no haya aguantado hasta julio para cumplir sus 56 años, me produce un desasosiego rayano en lo morboso, pero del que no me puedo sustraer.

Hay un cuento tierno y delicioso de O’Henry, La última hoja, que relata un retazo de la vida de tres personas que viven, muy a principios del siglo pasado, en el Village de Nueva York cuando éste era un barrio bohemio donde se instalaban los artistas con muchas ilusiones  y pocos medios. Dos jóvenes deseosas de convertirse en famosas paisajistas compartían buhardilla y estrecheces económicas en un antiguo edificio en el que un viejo pintor fracasado, que vivía en el piso bajo, se ganaba la vida como podía mientras, sin intentarlo, esperaba pintar su gran obra maestra y ayudaba, en la medida de lo posible, a las dos muchachas.

Desde la ventana del dormitorio donde yacía Johnsy, aquejada de una neumonía que estaba haciendo estragos entre la población en el frío otoño neoyorkino, se veía un patio desvencijado y la pared de ladrillos de la casa de enfrente con una enredadera de hiedra medio podrida que trepaba hasta la mitad del muro.

El fuerte viento, que no dejaba de soplar, había arrancado ya casi la totalidad de las hojas de hiedra, quedaban muy pocas amarradas al tronco achacoso y endeble y Johnsy, para desesperación de su amiga Sue y del médico que la visitaba, se entretenía contándolas convencida de que cuando cayera la última ella moriría.

Sue, preocupadísima por la actitud de Johnsy, viendo que sólo quedaban dos hojas en la rama y el viento seguía arreciando, se lo comentó al viejo pintor, a quien le pareció un disparate el comportamiento de la enferma. Procuro calmar a ambas; después de hacerles tomar una taza de tila caliente y cerrar los postigos de la ventana, les dio las buenas noches y se marchó.

A la mañana siguiente, Sue, muerta de miedo, temiéndose lo peor, abrió la ventana, pero vio que la hoja seguía pegada a su tallo; el viento no consiguió arrancarla. Johnsy decidió, entonces, que si una débil hoja de hiedra no había sucumbido a los embates de la tormenta, ella no cedería a los de su enfermedad y por primera vez en muchos días pidió un desayuno sustancioso, tomó su medicina sin protestar y llena de esperanza empezó su recuperación.

El médico no salía de su asombro congratulándose de la mejoría de la joven; no así de la suerte de su vecino pintor, a quien de madrugada habían encontrado muerto en el patio con sus útiles de pintar desparramados por el suelo. ¡Cómo pudo ocurrírsele semejante tontería, salir a pintar, mayor, sin energías y medio borracho como de costumbre, Dios sabría qué, en semejante noche de frío y tormenta!

Sue comprendió que su viejo amigo había pintado, por fin, su obra maestra, salvando una vida a costa de la suya, porque la hoja que se mantenía incólume era una hoja pintada en la pared de la casa de enfrente.

Para nosotros no hay pintor o escultor que, aunque reprodujese el limonero, pudiera hacer nada para salvar a mi hija (el maldito sarcoma se ha extendido, hay metástasis por todas partes; no es posible ni la micro, ni la macro cirugía y el pasado viernes ha empezado con paliativos. Está ingresada para estabilizar la medicación y pueda tener un simulacro de vida normal) sólo un milagro podría hacerlo. Y yo, para mi desgracia, no creo en ellos. Ya sé que de nada sirve llorar, pero las lágrimas fluyen a su antojo en los momentos menos oportunos; que no hay culpables contra los que dirigir la ira, la rabia, la desesperación, la inmensa tristeza por la sensación de pérdida; que en la lotería del destino no llevamos el boleto ganador, ni la pedrea y que la Naturaleza sólo se preocupa de la especie y no de los individuos, cargándoselos con total indiferencia cuando no pueden resistir sus ataques.

Mi hija me hizo prometer en su día que, si a pesar de todo no salía adelante, no nos empeñaríamos en prolongarle la vida artificialmente, que cuando ella dijera ¡basta! acataríamos su voluntad. La promesa, difícil como era, en aquel momento parecía mero trámite, pero ahora que la vida se le escapa con cada gota que entra en sus venas, es desesperante. No se ha inventado la palabra que describa la intensidad del dolor, la frustración, la angustia, la tristeza, el desánimo… Y tanto más cuando nuestra relación ha sido mucho más que la de madre e hija; hemos compartido viajes; asistido juntas a conciertos y a la Ópera; las dos escribimos y publicamos y nos criticamos o alabamos mutuamente nuestros respectivos trabajos; nos gustan casi las mismas cosas, excepto el sushi que yo no soporto y menos después de haber visitado Japón tres veces; los mismos vinos; los libros; la pintura, desde los primitivos italianos, pasando por Piero de la Francesca, Vermeer, etc. hasta los expresionistas alemanes. Ella adora a Chagall, yo prefiero a Kandinsky; a veces no necesitamos hablar para saber lo que pensamos de algo o de alguien; hay una complicidad muy gratificante que incluye a su marido, quien para mí es más que un hijo por como se está comportando con su enfermedad. Sus pruebas de AMOR, así con grandes mayúsculas, han sido constantes. Le decía  que no se preocupe por la calvicie, que estaba bellísima y que es algo muy erótico, de hecho las egipcias se rapaban y sólo usaban pelucas en público, en la intimidad la calvicie era afrodisiaca; la mimaba, haciéndole guisitos para estimular su apetito, menguado por la medicación y el sabor metálico que deja la misma; pasan juntos la mayor parte del tiempo posible. Al conocer la tremenda noticia de la imposibilidad de salvarla se derrumbó por completo. Me dijo que no se podía hacer a la idea de una vida sin  Carmen, que para él es su faro, su guía, su luz, su brújula, su norte…

No puedo seguir, me cuesta creer que haya podido escribir todo esto. Y me pregunto, como tantas otras veces, si escribir ayuda. ¿Se puede establecer distancia entre lo real y el hecho de traducir esta realidad en palabras? ¿En el momento de escribir se es espectador más que protagonista? Lo ignoro, pero escribir obliga a desmenuzar concienzudamente circunstancias y sentimiento en toda su multiplicidad y mientras se está en ello, por muy dolorosos que sean, el ejercicio atenúa momentáneamente la lacerante pesadumbre de la situación, para recaer en ella en cuanto cesa la escritura.

Los rigores de la miseria, el sufrimiento, el miedo, la desesperanza, y otros muchos son circunstancias todas ellas que ayudan al escritor; quizá más que los instantes felices; cuando uno está contento, o sea, en paz consigo mismo y con lo que le rodea, no siente la necesidad de ponerse a llenar folios; el disfrute del bienestar no deja espacio para otros menesteres. Y tengamos en cuenta que escribir es como vomitar, desagradable, pero beneficioso. Aunque en este caso, sirve de bien poco.

Le echó valor, no se rindió, pero pudo más el maldito ejército de voraces células asesinas y voló en esas Alas de Cristal, título de su última novela, que en este caso y a pesar de ser de cristal, fueron capaces de levantar el vuelo y llevársela lejos de nosotros, pero que nunca podrán arrancarla de nuestro corazón.

Murió el 18 de abril de 2017, a la edad de 55 años; hasta el último momento dando ánimos a los demás, serena, tranquila y sin miedo a la muerte. Al médico que le preguntó si estaba angustiada, le contestó que no, que lo único que lamentaba era el dolor que nos causaba. Sabía que iba a morir, como lo tenían pactado, pero qué angustia podía sentir si estaba acompañada de las dos personas a quienes más quería y que más la querían.

A su marido y a mí nos han faltado, por lo menos, otros treinta años para compartir con ella las aflicciones y los regocijos; las menudencias y los momentos enriquecedores de la cotidianeidad, que los hubo. Lo más difícil de soportar es que a los buenos recuerdos no podremos añadir ninguno nuevo.

No puedo leerte este artículo para que me digas qué te parece, pero te lo dedico; se lo dedico a quien fue una buena persona, una excelente compañera de trabajo, una magnifica escritora; una mujer excepcional que llenó la vida de su marido con su mente, su corazón, su cuerpo y ese algo que llamamos alma y una hija como la que quisieran tener todas las madres del mundo.

Te queremos.

Te quiero.

 

NURIA VALLDAURA MICÓ

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