La tecnología, las técnicas, la comprensión de cómo funcionan las cosas, han cambiado y lo están cambiando todo. Sin embargo, como en otros períodos de la historia, mucha gente aún está anclada a los viejos esquemas, a las costumbres de antaño —siendo este antaño, los últimos veinte o treinta años—, y ello por estar supeditados a las consignas y doctrinas de la capilla política de turno.

En la Edad Media —en un tiempo donde no existían periódicos—, la fuente básica de información sobre lo que ocurría era la tribuna de la iglesia. El cura del pueblo era, como fuente principal, el que aportaba novedades, narraba hechos ocurridos y daba consejos. También el alcalde, a través del pregonero, era otra fuente de lo que acontecía. Por ello, el tiempo parecía transcurrir lentamente. No había apenas cambios. Los viajes fuera de los horizontes pueblerinos eran escasos y las vías eran poco transitadas. En suma, la comunicación y el transporte eran deficientes. La vida quedaba la mayor de las veces paralizada en un perenne presente. Las únicas novedades podían surgir con las persecuciones de algún malvado o la quema de alguna bruja a la que se le atribuía poderes malignos que explicaban la carencia de lluvias o la existencia de enfermedades. El mundo era pequeño. Era un mundo comarcal, cerrado dentro de una pequeña esfera que sólo dejaba traslucir lo que el cielo, en todas sus formas, otorgaba.

En la actualidad, en un tiempo en que la información está a mano —a través de Internet, donde todos los periódicos están al alcance de un clic, y utilizan el idioma universal que es el inglés—, cuando parecería que se podría vivir ya fuera de la esfera comarcal, aún persiste la tentación de vivir dentro de la caverna. O mejor, para decirlo en aras de la fraternidad que desde algunos poltronas se barrunta, dentro de la capilla o iglesia política de turno. Está prohibido —como ocurría antaño— pensar por uno mismo. ¡Ay de aquel que se aleje de los designios del Señor político, porque no verá la gloria del poder! Y la mayoría de los vivientes que antes se sentían unidos en la fraternidad de la capilla religiosa, con sus ritos, procesiones y fiestas de guardar, hoy repiten los mismos esquemas con las proclamas, las frases repetidas o consignas, las festividades y las procesiones laicas que en la actualidad se denominan concentraciones o manifestaciones.

Entretanto, mientras uno se queda dentro de la capilla contemplando al vociferante que desde la poltrona del altar —o del púlpito que permite endiosar más— que no cesa en estimular el asentimiento de sus devotos, los hechos del siglo XXI van avanzando. Las técnicas, las innovaciones y sus aplicaciones se van sucediendo lejos de aquí. El progreso tecnológico va avanzando a marchas forzadas, en tanto que el devoto continúa con sus rezos, esperando que la santa política le saque del ostracismo económico en que se encuentra. Aún hay gente que cree en milagros y no le importa ir ampliando el santoral.

Pero, realmente, los únicos milagros que existen son los promovidos por la propia iniciativa y el esfuerzo. Pero estos términos parecen prohibidos por las reglas no escritas de los sacerdotes de la nueva política; de esta política que prefiere más ignorantes seguidores, y por ello vulnerables, que gente avanzada intelectualmente que les planteen retos para los que estos politicastros no están preparados para solucionar. La crisis está anunciada. Cuando más se tarde en despertar del letargo devoto al que se está adscrito y uno no se encare a la robotización de la realidad socioeconómica, a la exigencia de una más alta preparación profesional, a encuadrarse bajo coordenadas impregnadas de digitalización, más difícil será conseguir remontarse a la superficie ante el hundimiento preclaro de un presente cavernoso y medieval que desde la política espectáculo se quiere mantener a la ciudadanía. Quien siembra vientos

El reto individual está en decidir entre continuar en la caverna poblada de almas cándidas o salir a hacer frente al sol tecnológico. Decidir entre un pasado quebradizo e irrecuperable o un futuro de esfuerzo, voluntad, iniciativa y abierto a todo. Entre el seguimiento de una religión laica (siguiendo al pastor y andar junto al rebaño) o un ateísmo radical que se resume en la propia fuerza de voluntad.

En otras épocas también fueron propensos a dejar en la ignorancia a la mayoría de la población. En 1757 Soame Jenyns, por ejemplo, escribía que la ignorancia era necesaria “para todos los nacidos para la pobreza y los trabajos fatigosos de la vida… (ya que es) el único opio capaz de… (capacitarlos) para soportar las miserias de una y las fatigas de los otros…, un medicamento administrado por la graciosa mano de la Providencia de la que nunca debieran de ser privados por una educación mal entendida e impropia”. (Free Inquiry into The Nature and Origin of Evil (1756)).

Políticamente, en países como este, se ha avanzado poco, por no decir muy poco. Han cambiado los sistemas de adoctrinamiento —televisión, fútbol, política espectáculo, una educación somera del “progresa adecuadamente” y el paso de curso con suspensos—, pero las formas y los objetivos perduran. Se continua, aunque sin mencionarlo explícitamente, suministrando el opio del que hablaba Soame Jenyns en el siglo XVIII.

ANTONI ALBERT  (a.k.a @carlesdijous)

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