Vamos a hablar de Rusia, pero se podrían cambiar tanto el paisaje como los protagonistas por otros más cercanos y conocidos. Algunos sentados incluso en las poltronas de nuestras comunidades autónomas y ayuntamientos.

Vladimir Putin apareció en la palestra política con muchas promesas bajo el brazo, entre ellas las de restablecer el orden y la estabilidad. Estos valores los rusos los entendieron fácilmente cuando vieron que las pensiones y los salarios iban subiendo. Y sobre todo cuando la gente amplió su bienestar pudiendo comprar electrodomésticos e incluso viajar al extranjero. Putin inició su tarea política, pues, como un populista moderado, tenía a mano los atributos económicos que le proporcionaban los altos precios del petróleo y eso le ayudó a cumplir sus promesas electorales e incluso a superar en cierto modo lo que la gente esperaba de él.

Pero, como ocurre en cualquier economía que se circunscriba fundamentalmente en un “monocultivo”, en nuestro ejemplo el petróleo ruso, las cosas empezaron a no ir bien. Los precios del petróleo bajaron y las promesas de gozo fueran desapareciendo de las mentes de la ciudadanía, lo que llevó a un aumento del descontento y a la aparición de políticos opositores con cada vez mayor audiencia.

Salario mínimo

Ante la dificultad, por parte del régimen, de seguir alimentando las ansias materiales de la población, Putin hizo un giro hacia los “valores tradicionales”, los “vínculos espirituales” y las “tierras sagradas”. Es decir cambió la estrategia del pragmatismo basado en lo material —mayor bienestar económico, regado con las ventas petrolíferas— por un enfoque espiritual y moral. Empezó entonces a construirse una imagen del líder ruso como líder moral y nacional, según el caso. Con anterioridad, durante la segunda guerra de Chechenia, Putin ya se había vestido con la túnica nacionalista. Ahora, con mayor fuelle, la máquina de propaganda —uno de los ejes fundamentales de toda política, y sobre todo en países de bajo nivel democrático, si se nos permite el eufemismo— reconstruyó un modelo que se centró en el siguiente simbolismo: “Si no hay Putin, no hay Rusia“, según máxima de Vyacheslav Volodin, portavoz de la Duma.

Putin

Desde este marco, no ha de extrañar que empezase una especie de beatificación del líder político por parte de diversos sectores de Rusia, al encumbrarle por sus cualidades personales. Desde inicios de 2010, máquina propagandística a tope, los valores morales y de la tradición rusa del presidente no han hecho más que encumbrarle. Y sus discursos políticos han estado trufados con términos relativos a lo “tradicional”, lo “sagrado” y lo “espiritual”. Algo clásico de la Rusia de siempre.

Para ilustrar qué significa lo espiritual, recordemos que la población valoró positivamente la postura del gobierno ruso ante la anexión de Crimea (2014) —una nueva forma de acentuar los lazos espirituales con la gran Rusia. O los apoyos a los separatistas y prorusos de la región de Donbáss de Ucrania. Todo ello, a modo de disfraz o gran disimulo, para ocultar el fracaso y la paralización del bienestar económico. Así como la ausencia de proyectos de gran alcance orientados hacia la digitalización de la industria (industria 4.0) y la consecuente preparación de la fuerza laboral que debería, en cinco años, de ponerse al frente de la misma. Lo material (más caro; más exigente) se ha trastocado por lo espiritual (más asequible, aunque puedan haber pérdidas humanas). Y este tipo de política, basada en lo moral o espiritual, sólo acepta dicotomías: o estás conmigo o estás contra mí. La del amigo y la del enemigo. Sin término medio ni grados. Dicotomía que también aparece en otros países, como en Corea del Norte, y en algunos muy cercanos. Mientras tanto otros están empujando, aunque sea en subida, hacia el futuro.

China

Sin embargo, jugar con las emociones tiene una contrapartida inesperada. Las emociones pueden cambiar con rapidez. Sobre todo cuando el bolsillo empieza a tener agujeros por donde desaparecen los rublos y se ha de recortar el gasto diario, reducir el uso del teléfono móvil o gastar menos en transporte, como indicaron los resultados de investigación de la consultora rusa ROMIR. En paralelo, un estudio del Instituto de Sociología de la Academia Rusa indicó que el número de personas que esperan que el gobierno inicie reformas económicas ha crecido del 30 al 44 por ciento en tan solo dos años.

Alekxéi Navalny

La desaparición de las emociones, su trastrueque, el paso del “buen Putin” al “mal Putin“, conllevará, según acostumbra a suceder, a un recambio de ídolo. Y por ahora el descontento por la política de gestos —aunque alguno sea belicista, y tenga como antagonista al poco sólido y preparado Donald Trump— está dando aire a los nuevos políticos populistas —aquellos que lanzan grandes promesas a los hambrientos de ilusiones— que, como Alekxéi Navalny desde Youtube, ya están prometiendo una tasa de interés hipotecario del 3 por ciento y un salario mínimo de 25.000 rublos al mes. Las ansias de felicidad fácil y gratuita son omnipresentes. Una actitud no exclusiva de los rusos.
ANTONI ALBERT (a.k.a @carlesdijous)

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