La radiografía es diáfana. Los síntomas son claros. Las constantes se repiten. Las ensoñaciones se van elevando hacia cumbres oníricas. El sujeto —los sujetos, mejor dicho— está con una taquicardia pronunciada. El paisaje se va borrando de su mirada. Apenas atisba lo más cercano. Empieza a sentirse extraño. Casi es huérfano del presente. El futuro no existe. La huida a su interior, como un caracol en plena sequía, es cercana. No atisba más allá de la esquina de su calle. El mundo se le cae encima. El coma socioeconómico le está carcomiendo. Todo ello es resultado de la ceguera pronunciada que no ha querido reparar. Ceguera ante lo más presente a nivel tecnoeconómico y profesional: la revolución tecnológica de la industria 4.0. El futuro le está cerrando las puertas. El hoyo se va agrandando y cada vez más, las fuerzas atractivas quieren abrazarle para su adentro.

Ceguera. Ceguera y ceguera. ¿Cómo lo explicarán los historiadores de nuestro presente dentro de veinte años? ¿Cómo podrán explicar que en plena sociedad de la información —información en la palma de la mano— con las sirenas tecnológicas cantando a toda potencia, se ha atado él mismo al poste del pasado, para no caer en su seducción? La culpa, sin embargo, siempre es de los otros. De aquellos que pudiendo, no quisieron informarle de lo que se avecinaba. De lo que estaba en el inmediato acontecer. El hecho es  —dirán— que no habían llegado a sus oídos las noticias de este gran cambio. Que se confiaba que las cosas siguiesen como siempre.

Qué ingenuo nuestro personaje creyendo que existe un “siempre”. Este término sólo es válido para el cambio. Siempre se cambia. Siempre hay cambio. Algunas veces es lento. Pero en el presente, el cambio es acelerado. Lo que hoy está en boga, dentro de 5 años será obsoleto. Y los ambientes, las cosas tecnológicas, los trabajos habituales también irán cambiando y con rapidez.

La automatización, la robotización, de muchas tareas llevará a la calle a miles y miles de trabajadores que creyeron en leyendas que podían ser útiles en el siglo XIX, cuando surgieron unas ideas aglutinadoras en torno a sindicatos y partidos. Hoy estas misivas son caducas. Hoy, con un planeta que se puede recorrer con avión en pocos días, las comunicaciones, los transportes, los negocios, las compras, las ventas, las manufacturas y los trabajos son muy cercanos. Todo está interrelacionado. Si estos cambios tan obvios en transportes y comunicaciones —que hacen que el mundo sea una comarca— son patentes para cualquiera, es difícil entender como no se traslada esta nueva realidad a todo el abanico de relaciones sociolaborales y económicas en las cuales todo hijo de vecino está inserto.

En otras palabras; para nuestro personaje, su sitio socioeconómico está en peligro de extinción. Y por más proclamas que se hagan; contubernios que se monten o motines que se generen, a muy corto plazo —el cambio es acelerado, como se ha dicho, y la tecnología imparable lo va confirmando— no habrá quien pueda continuar deleitándose con cantatas políticas de ferias novecentistas ni con cartas a unos Reyes Magos que nunca han existido.

Hoy, por dar alguna pista breve, quien no se oriente con esfuerzo continuado y sin demora por el idioma universal, la lingua franca global que es el inglés, y por enfilar peldaños en programación, como mínimo, estará yendo sin freno hacia un callejón sin salida y en cuesta abajo. Salir de él será casi —por no decir, del todo— imposible. He ahí el mapa de los desplazados del presente. El de los desplazados del futuro, tendrá que ver con la irrupción en todos los frentes de la inteligencia artificial. El cambio es de vértigo. La ceguera voluntaria es una rémora de un infantilismo suicida. Los hechos son imperativos. La realidad, obstinada. El futuro, cierto.

ANTONI ALBERT  (a.k.a @carlesdijous)

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