En pleno siglo XXI querer descubrir mediterráneos en el campo de la economía es dar muestras de no haber entendido nada ante la lección de la realidad. Hay países que desde mediados del siglo XX han prosperado, mientras que otros esperan que los cielos oigan los rezos y el papá Karl Marx o sus sucedáneos les otorguen las prebendas que tanto anhelan. Los países prósperos, sin embargo, no funcionan así. Funcionan con una preparación económica de sentido común; de saber de qué se parte y adónde se desea llegar. Hay conocimiento de la realidad económica mundial y hacia este mercado se quieren de dirigir. Lo demás —la ausencia de análisis— es quedarse jugando en el patio del colegio donde las bravatas abundan y los resultados escasean.

Hay datos para ilustrar lo antedicho. Singapur nos puede servir. Esta ciudad estado en una sola generación, y no sin esfuerzo —no existen los regalos en casi ningún país; en todo caso regalos que perduren, léase carbón, petróleo o diamantes—, logró superar su estado de pobreza generalizada. Se estaba, al inicio de su historia, en los primeros años de 1960, cuando Lee Kuan Yew (1923-2015), primer ministro de Singapur durante tres décadas, logró insuflar un espíritu emprendedor a gran escala, y en la actualidad Singapur encabeza los primeros puestos de los países de Asia en bienestar económico y en el índice de desarrollo humano (vida larga, saludable y disfrutar de un nivel de vida digno).

¿Cuál fue la magia que se inoculó en esta pequeña nación que no llega a los 6 millones de habitantes? Fundamentalmente un enfoque incesante basado en la educación y una planificación meticulosa orientada hacia la economía del conocimiento. La riqueza  — ¡Oh, gran descubrimiento!— se hallaba en el saber; en la capacidad intelectual de la población. El capital básico había de residir en el talento. Y hacia esta meta se orientó todo el país. Durante tres décadas, el gobierno de Singapur, en cierto modo de forma autoritaria, encarriló a la ciudadanía hacia la meta del progreso. Progreso que se centraba en la capacidad de adaptarse  y centrarse fundamentalmente en las nuevas corrientes técnicas y tecnológicas que iban apareciendo. Fue la época que trascurrió entre 1959 y 1990. Durante este período se dejó de lado los frenos ideológicos que encorsetaban a la población con disparidades étnicas y diferencias político-partidarias. Se metió todo ello en un cajón y se hizo frente a la realidad económica. La población respondió unida al reto que se les planteó desde el gobierno de Lee Kuan Yew.

La idea básica estaba y está en la orientación hacia la creación de puestos de trabajo plausibles —esto es, con mercado potencial— y en la planificación educativa de las habilidades que deberían de poseer estos trabajadores del inmediato mañana, a unos cuatro o cinco años vista. Ante todo, si nos situamos en el presente, hay que calibrar los sectores que tienen potencial de crecimiento; analizar las riquezas propias —a nivel de terrenos, energía, etc.— y desarrollar la riqueza intelectual que se puede obtener en las aulas, en especial las de cariz técnico-científico. En este marco, hay que situar el blanco que generará la economía “super-smart”, y hay que orientar a los alumnos más jóvenes, casi párvulos, a aprender los nuevos lenguajes, como son la programación, la robótica y el inglés; además de relevantes nociones de economía. Hay que fomentar la ruta técnica. De hecho, no estamos descubriendo nada. Las habilidades profundas en tecnología digital ya se están fomentando lejos de aquí o, de forma casi excepcional, por aquí en centros privados de alta gama.

Cultura financiera

Estamos realmente ante un momento decisivo semejante al que ocurrió hace muchos siglos. Fue al final del imperio romano, en los siglo VI y VII, época en la cual la cultura feneció, según apunta el estudioso James Bowen en su trabajo sobre la Historia de la educación. La gente no sabía escribir ni leer. La oscuridad intelectual fue alta. Fue un dirigente político —Carlomagno— el que tuvo la brillantez de ver hacia donde se podía dirigir a la población. Y dio los pasos hacia esta meta. Esta era la de la renovatio. En el decreto del año 789, Carlomagno —todo un líder (leadership) con capacidad de gestión (management)— ordenaba la creación de escuelas “donde los jóvenes aprendan a leer”. El objetivo final era el de regenerar el Estado. Y a ello se dedicó con ahínco en una época en que incluso muchos clérigos y monjes no sabían latín o eran claramente analfabetos.

En la actualidad, la bifurcación es clara. O se organiza un gran empuje a favor de las tecnologías avanzadas —con una educación centrada en los cambios que están viéndose en este siglo XXI— o se regresará a la oscura Edad Media con fuertes desencuentros, muchos violentos, fruto de la desesperación y el hambre.

Lo que hizo en su momento Carlomagno con su programa de creación de escuelas —que de hecho es el inicio de la resurrección de Europa— o lo que se ha hecho en las últimas décadas en Singapur —un país que en el momento de alcanzar la independencia de Gran Bretaña, en 1965, estaba peor que Zimbabue al independizarse—, han de servir no de consejo sino de espolón para abandonar las frases huecas y emprender acciones reales de cambio educativo. Lo demás —las palabras brillantes pero vacías— es manifestación de incultura, malevolencia, ineficiencia o insensatez política (o todo a la vez) y sólo puede llevar a una peligrosa oscuridad digital.

ANTONI ALBERT  (a.k.a @carlesdijous)

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